El título Lycisca, inspirado en el alias que adoptaba Mesalina para entregarse a una vida secreta y transgresora, es una clave fundamental para interpretar el libro como un manifiesto metapoético. La figura de Mesalina como "Lycisca" se convierte en una metáfora del propio acto creativo: un abandono de las reglas establecidas, una búsqueda instintiva y arriesgada que explora los límites del lenguaje, el deseo y la identidad.
El nombre Lycisca simboliza el gesto del poeta de adoptar un rol distinto para explorar territorios poéticos desconocidos. Así como Mesalina abandonaba su identidad imperial para devenir en otra, el poeta abandona la voz convencional para sumergirse en el caos, la sensualidad y la subversión del lenguaje. La metapoética en el libro se expresa como un ejercicio de doble vida: el poeta y su alter ego lírico conviven, cuestionándose y tensionándose mutuamente. Esto se refleja en versos que alternan entre lo sublime y lo grotesco, lo sagrado y lo profano.
Si Mesalina usaba su cuerpo como medio de expresión y poder, en Lycisca el cuerpo se transforma en el equivalente del poema. La carne, el deseo y la violencia corporal se representan como metáforas del proceso de escritura. En poemas como "Oda al martirizador" y "Postuma necat", el lenguaje es tratado como un cuerpo vivo que se destruye, se lastima y se transforma para dar paso a una nueva creación. El acto de escribir es tanto un placer como un sacrificio.
Al igual que la búsqueda erótica de Mesalina encarnaba un deseo insaciable, el libro plantea la poesía como un espacio de pulsión inagotable. Cada poema es un amante conquistado, un encuentro único que redefine al poeta y al lector. Este deseo creativo se entrelaza con la tensión entre control y abandono, mostrando cómo el poeta persigue tanto la estructura como la improvisación en su lenguaje.
La adopción de un alias refleja la necesidad de esconderse tras una máscara para descubrir verdades más profundas. El poeta, como Mesalina, se camufla en el artificio para alcanzar un plano de autenticidad que sería inalcanzable desde una posición de seguridad. Este juego de máscaras y roles dialoga con tradiciones literarias de transformación y ocultamiento, evocando el simbolismo, el decadentismo y el surrealismo.
Así como Mesalina cruzaba límites morales y sociales, el poeta de Lycisca cruza los límites del lenguaje. El uso de imágenes fragmentarias, simbólicas y a menudo crípticas refleja una escritura que no teme al caos y al exceso. La poesía es presentada como un ritual que mezcla elementos de sacrificio y éxtasis. La "Lycisca" poética no teme mancharse con el lodo de lo vulgar ni ascender a las alturas de lo sublime.
Las referencias a figuras como Claudio, Pasífae o Acteón en el libro no son solo decorativas, sino que establecen paralelismos entre los mitos clásicos y el rol del poeta. La relación de Mesalina con Claudio, por ejemplo, se refleja en la tensión entre el orden establecido (representado por el lenguaje normativo) y la ruptura que propone el poema.
En Lycisca, Javier Gato despliega un universo metapoético donde la poesía es un acto de transgresión, deseo y transformación. La figura de Mesalina, con su doble vida y su búsqueda insaciable, se convierte en una metáfora rica para el proceso creativo. La escritura es, en esencia, un abandono de los palacios seguros del significado convencional para aventurarse en la intemperie del deseo, donde el poema es amante, máscara y sacrificio.

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