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sábado, 11 de abril de 2026

EL NACIMIENTO DEL LOGOS

La comprensión del nacimiento del logos requiere un análisis exhaustivo de su génesis lingüística y su evolución semántica en el seno de la cultura helénica. El término logos (λóγος) surge como el resultado de una ramificación compleja de la raíz indoeuropea leḡ, la cual posee el sentido original de "recoger junto", "reunir" o "agrupar". Esta acción de recolectar se entendía en la Antigüedad como una operación intelectual que imponía un criterio selectivo al acto de agrupar elementos diversos. Por esta razón, el término derivó tanto en el griego como en el latín en acepciones relacionadas con el discernimiento, la selección y la elección racional. Esta base etimológica vincula directamente al logos con la capacidad humana de clasificar y conferir un orden inteligible a lo que inicialmente se presenta como una multiplicidad desordenada.

En su uso más elemental y arcaico, el logos se definió como la palabra meditada, reflexionada o razonada, distinguiéndose de otros vocablos como mythos (narración sagrada) o epos (palabra cantada o épica). A diferencia de éstas, el logos implica necesariamente una estructura intelectual mediada por el pensamiento, lo que permite su traducción en múltiples dimensiones: habla, discurso, razonamiento, argumentación, instrucción e inteligencia. El paso de la palabra como mero sonido expresivo a la palabra como vehículo de una estructura lógica marca el primer hito en la constitución del pensamiento occidental. Esta transición semántica refleja una transformación en la autoconciencia del sujeto griego, quien comienza a percibir que su capacidad de articular sonidos está íntimamente ligada a su capacidad de comprender la estructura de la realidad.

La evolución del término desde la "palabra razonada" hacia la "razón universal" constituye uno de los procesos más fascinantes de la historia de la filosofía. Se trata de un desplazamiento ontológico donde el logos deja de ser una facultad puramente subjetiva del ser humano para transformarse en una propiedad objetiva del Cosmos. Esta inteligencia sustancial, presente en todas las cosas, se entiende como el principio de racionalidad de lo real, una ley o legalidad del ser que permite que el Universo no sea un caos, sino un sistema ordenado. La tradición filosófica coincide en que el logos representa la base del mundo, la necesidad universal y la ley del ser.

La multiplicidad de acepciones (que según algunos autores supera las treinta variaciones) debe interpretarse como una riqueza conceptual que permitió al logos actuar como el puente entre la mente humana y el orden del Universo. El nacimiento del logos es, en última instancia, el descubrimiento de que la realidad es pronunciable y, por tanto, inteligible a través de la razón.

El surgimiento de la racionalidad logocéntrica estuvo profundamente condicionado por las transformaciones materiales, políticas y culturales de la Grecia arcaica, específicamente en la región de Jonia, en la costa de Asia Menor. Durante el siglo VI a.C., ciudades como Mileto alcanzaron la cima de su desarrollo económico y comercial, convirtiéndose en puntos de encuentro entre las tradiciones de Oriente y Occidente. Este contexto de prosperidad y contacto multicultural fue el terreno fértil indispensable para que la curiosidad intelectual se desprendiera de las explicaciones mitológicas tradicionales.

Uno de los factores determinantes en este proceso fue la expansión del comercio marítimo, que no solo facilitó el intercambio de bienes materiales, sino también de sistemas de creencias y conocimientos técnicos provenientes de Egipto y Babilonia. Los navegantes y comerciantes jonios, al observar la diversidad de mitos y costumbres de otros pueblos, comenzaron a cuestionar la validez absoluta de sus propias tradiciones sagradas. Este relativismo cultural incipiente promovió la búsqueda de explicaciones que no dependieran de dioses locales, sino de principios naturales universales que pudieran ser observados y verificados en cualquier lugar del Mediterráneo. La introducción de la escritura alfabética y la acuñación de la moneda también jugaron un papel crucial al fomentar formas de pensamiento más abstractas y sistematizadas.

La estructura social de la polis griega permitió una transformación mental sin precedentes. A diferencia de las teocracias orientales, donde el saber estaba monopolizado por una casta sacerdotal al servicio del soberano, en Grecia la relación con los dioses era un asunto más familiar o comunitario, lo que brindó un margen inusual para el pensamiento autónomo. La política, entendida como una actividad colectiva lúcida, convirtió a la sociedad en un proyecto de autonomía donde la palabra dejó de ser un instrumento de mando para transformarse en una herramienta de deliberación. El nacimiento de la filosofía aparece, por tanto, como solidario de la constitución de la ciudad griega y de la publicidad del saber en el espacio del ágora.

Este entorno cultural favoreció lo que Aristóteles denominó el asombro o la admiración (thaumazein), el motor que empuja a los hombres a filosofar tanto en el principio como ahora. Al fallar las creencias tradicionales y volverse los dioses figuras más literarias que opresivas, el griego se vio obligado a "fabricar ideas" para habitar un mundo que se presentaba como un enigma. El asombro ante la regularidad de los ciclos naturales, como las estaciones o el movimiento de los astros, condujo a una indagación racional que buscaba la estructura profunda de lo real más allá del relato histórico de los nacimientos divinos.

El primer movimiento formal del logos se manifiesta en la denominada Escuela de Mileto, integrada por Tales, Anaximandro y Anaxímenes. Estos pensadores, a quienes la tradición denomina "físicos" (physiologoi) por su preocupación central en el estudio de la physis o Naturaleza, inauguraron una nueva forma de interpretar la realidad basada en la búsqueda de un principio único y primordial denominado arché (ἀρχή). El paso fundamental consistió en sustituir los principios míticos por un principio material y racional que explicara el origen, la formación y la persistencia de todas las cosas.

Tales de Mileto, tradicionalmente considerado el primer filósofo, propuso que el agua era el arché fundamental. Su razonamiento se apoyaba en observaciones empíricas: la vida surge de la humedad, las semillas tienen una naturaleza húmeda y el agua es el único elemento capaz de presentarse en los tres estados clásicos de la materia (sólido, líquido y gaseoso). Lo revolucionario de Tales fue la afirmación de que el origen del mundo podía explicarse a través de una sustancia física observable sin necesidad de recurrir a la intervención caprichosa de los dioses. Además, Tales introdujo la noción de hilozoísmo, la creencia de que la materia está dotada de una fuerza vital interna, lo que permitía explicar el cambio y el movimiento como propiedades inmanentes de la naturaleza.

Anaximandro, discípulo de Tales, llevó la abstracción del logos a un nivel superior al postular que el principio de todas las cosas no podía ser un elemento determinado como el agua o el aire, ya que estos son limitados y entran en conflicto entre sí. En su lugar, propuso el apeiron (ἄπειρον): lo indefinido, infinito e indeterminado. El apeiron es concebido como una masa originaria eterna, inmortal e indestructible que lo rodea y gobierna todo. Anaximandro explicó el origen del mundo a través de un proceso de separación de contrarios (calor y frío, seco y húmedo) que surgen del apeiron en un ciclo de justicia cósmica. Su habilidad para aplicar el razonamiento lógico a preguntas cosmológicas le permitió sugerir incluso que la Tierra permanece en equilibrio en el espacio por su equidistancia de todas las cosas, una proeza notable en la aurora del pensamiento racional.

Anaxímenes, el último de los grandes milesios, intentó dar un carácter más científico y demostrable a la teoría del arché al proponer el aire como elemento primordial. Según su visión, el aire es una sustancia viviente que, a través de procesos físicos de condensación (que genera nubes, agua, tierra y piedras) y rarefacción (que genera fuego), da lugar a toda la diversidad del Universo. La importancia de Anaxímenes radica en que intentó explicar diferencias de cualidad a través de diferencias de cantidad (densidad), un principio que sigue siendo fundamental en la física moderna. Los milesios, en su conjunto, sentaron las bases de la investigación científica al rechazar la superstición y sustentar sus proposiciones únicamente en la observación y el análisis racional de la naturaleza.

Con Heráclito de Éfeso, el concepto de logos adquiere una profundidad metafísica que trasciende la búsqueda de un sustrato material simple. Para Heráclito, el logos es la ley universal, eterna y necesaria según la cual todo sucede. Su filosofía se centra en la realidad del cambio y el flujo constante (pánta rheî), pero insiste en que este devenir está regido por una racionalidad inmanente que el ser humano debe saber escuchar. El logos es la inteligencia que dirige y ordena el Cosmos, manteniendo la unidad y la armonía en medio de la lucha de contrarios.

La doctrina heraclítea del logos se articula en torno a la unidad de los opuestos. La realidad es concebida como un campo de tensiones donde el conflicto (polemos) es el motor de la existencia; sin embargo, esta lucha no conduce a la destrucción, sino a una armonía superior. El fuego es la metáfora central de este proceso: un elemento que sólo existe en la medida en que se transforma, encendiéndose y apagándose según medidas. Para Heráclito, el logos es común a todos, pero la mayoría de los hombres viven como si tuvieran un pensamiento propio, prisioneros de una percepción sensorial superficial que no capta la estructura profunda de la realidad.

La intuición fundamental de Heráclito es la de una realidad sujeta a cambio, pero sujeta a la vez a un orden que es él mismo una justicia o medida (metron). Esta visión introduce la noción de que la verdad está "escondida" (physis kryptesthai philei) y que el filósofo debe realizar un esfuerzo de introspección y escucha para descifrar el mensaje del logos. El logos heraclíteo nombra la racionalidad de un devenir que sólo adquiere sentido al objetivarse a través de la tensión de los contrarios, estableciendo que la contradicción es la estructura misma de lo real.

Frente al flujo incesante de Heráclito, Parménides de Elea representa el momento de la identidad absoluta y el nacimiento de la ontología pura. Parménides sostuvo una postura radicalmente opuesta: el movimiento y el cambio son imposibles desde un punto de vista lógico. Su argumento se basa en la premisa irrefutable de que "el ser es y el no-ser no es". De este axioma deduce que el ser debe ser uno, eterno, inmóvil e inmutable, ya que si cambiara o se moviera, tendría que dejar de ser lo que es para convertirse en algo que no es, lo cual es una contradicción lógica insalvable.

Para Parménides, el logos es la facultad de la razón que nos obliga a aceptar la verdad necesaria del ser, descartando el testimonio de los sentidos como una ilusión engañosa. El camino de la verdad (aletheia) es el camino del pensamiento puro, mientras que el camino de la opinión (doxa) es aquel que siguen los mortales que creen en el nacimiento, la muerte y el cambio. Esta escisión entre el pensamiento y la percepción sensorial fundó la tradición del idealismo occidental, estableciendo que la verdadera estructura de la realidad sólo es accesible a través del intelecto y no de la experiencia empírica de la multiplicidad.

La tensión entre la vía heraclítea del devenir y la vía parmenideana del ser estático constituye la escisión originaria que dio forma a la dialéctica filosófica. Aunque tradicionalmente se presentan como opuestos, lecturas contemporáneas sugieren que ambos compartían el objetivo de superar la visión fragmentaria del mundo cotidiano para acceder a una comprensión de la realidad como una unidad inteligible a través del logos. Mientras Parménides se enfoca en la identidad de lo mismo, Heráclito se enfoca en la transmutación de lo mismo; ambos coinciden en que la verdad no está en lo que vemos cambiar, sino en el principio racional que da sentido a esa visión.

El nacimiento del logos fue consustancial al surgimiento de la democracia ateniense y la invención de la política como proyecto de autonomía. En la polis, la palabra dejó de ser el secreto de los reyes o el misterio de los adivinos para convertirse en el patrimonio común de los ciudadanos en el ágora. El logos político se caracteriza por ser una herramienta de deliberación, donde la fuerza de la razón sustituye a la violencia y al mando arbitrario.

Dos conceptos clave definen esta relación: la isonomía (igualdad ante la ley) y la isegoría o isogoría (igualdad en el derecho a hablar en la asamblea). La democracia ateniense se definía por la participación directa de todos los ciudadanos en la discusión de los asuntos comunes (koinon). El logos se convirtió en el medio para construir la koinonía (comunidad), permitiendo que los individuos escaparan de sus intereses privados (idion) para observar, interpretar y organizar la realidad social de manera colectiva. Esta transformación del lenguaje de un instrumento de mando a una herramienta de consenso es el núcleo de la racionalidad política griega.

En este contexto, la retórica emergió como la técnica del logos aplicada a la vida pública. Aristóteles situó al logos como uno de los tres pilares de la persuasión, junto al ethos (credibilidad del orador) y el pathos (emoción del oyente). Sin embargo, a diferencia de la mera manipulación, el logos aristotélico busca que los argumentos suenen razonables basándose en premisas aceptadas y en la lógica del entimema (silogismo retórico). La democracia griega fue, por tanto, la única forma de gobierno que "escuchó a la inteligencia", desplegando por primera vez al homo politicus como un ser definido por su virtud cívica y su capacidad de unir la acción (praxis) al discurso racional.

El nacimiento del logos marca también el inicio de lo que hoy denominamos ciencia, un saber sistematizado que busca la inteligibilidad de los procesos naturales renunciando a recurrir a entidades extranaturales. Los presocráticos, al buscar la unidad subyacente a la multiplicidad, establecieron la distinción fundamental entre la apariencia (lo que nos muestran los sentidos) y la esencia (la verdadera realidad captada por la razón). Esta convicción de que hay un logos u orden del mundo que puede ser descubierto llevó a la adopción de una "actitud teórica", donde el ser humano se sitúa ante la Naturaleza como un espectador capaz de descifrar sus leyes.

Aunque los presocráticos seguían siendo especulativos, sentaron las bases del método científico al utilizar la observación crítica y sistematizadora de la realidad. Anaxímenes, por ejemplo, fue el primero en hablar de cambio o movimiento como tal, explicándolo a través de procesos observables de rarefacción y condensación. Pitágoras y sus seguidores introdujeron la noción de que el Cosmos es un orden bello basado en proporciones matemáticas, sugiriendo que la estructura de la realidad es numérica e inteligible. La ciencia griega nació así de la duda sobre los sentidos y de la confianza en la capacidad de la razón para formular hipótesis sobre el origen y la estructura del Universo.

La filosofía nació en Grecia como una indagación libre y autónoma que no aceptaba nada por sentado según la tradición. Los primeros filósofos, al cuestionar las creencias de su sociedad y buscar principios materiales o abstractos mediante el logos, declararon al hombre soberano en el momento preciso en que aceptó estar sometido a la ley de lo común. Esta "razón humanizada" permitió que el pensamiento se convirtiera en una forma cultural que reflexiona sobre todas las demás, tomando como materia la religión, el arte y la técnica para transformarlas en un sistema de conocimiento coherente.

La trayectoria del logos experimentó una transformación trascendental durante el helenismo y el surgimiento del cristianismo. Los estoicos desarrollaron la intuición de Heráclito, denominando "logos" al destino y a la razón mundial que rige tanto el mundo físico como el espiritual en una unidad panteísta. Para el estoicismo, el logos es el principio divino que domina la Naturaleza, y la virtud consiste en vivir en armonía con esta razón universal. Esta visión preparó el camino para la integración del concepto en la teología monoteísta.

Filón de Alejandría, representante de la escuela judeoalejandrina en el siglo I, fue el arquitecto de una síntesis fundamental al concebir el logos como el conjunto de las ideas platónicas y la fuerza creadora mediadora entre Dios y el mundo creado. Esta interpretación fue adoptada y transformada por el cristianismo primitivo, alcanzando su máxima expresión en el Prólogo del Evangelio de San Juan, donde el Logos (Λóγος) se identifica con la Persona espiritual que estaba con Dios en el principio de la Creación y que se hizo carne. En la Vulgata latina, el término se tradujo como Verbum, consolidando la idea de que la Razón es la energía del Universo y el fundamento de toda existencia.

Hacia la Modernidad, el logos se secularizó nuevamente bajo la forma de la Razón absoluta en el sistema de Hegel, donde se entiende como el autodespliegue del Espíritu a través del tiempo. Sin embargo, incluso en la psicología contemporánea, como en la logoterapia de Viktor Frankl, el término retoma su significado original de "sentido de la existencia", situando la búsqueda del logos en el centro del trabajo terapéutico para encontrar significado a la vida. El nacimiento del logos, por tanto, fue la apertura de un horizonte de sentido en el que la humanidad occidental continúa habitando y definiéndose hasta el presente.

El nacimiento del logos constituye el desplazamiento fundamental de la sabiduría trágica y mítica hacia la reflexión filosófica, marcando el inicio de la edad de la razón en Occidente. Este proceso debe entenderse como un cambio radical de matrices de racionalidad: del mythos alegórico al logos sistemático. A través de las contribuciones de los milesios, la tensión entre Heráclito y Parménides y la institucionalización del debate en la polis, el logos se consolidó como la instancia decisiva para conocer el ser y el no-ser.

La herencia de este nacimiento se manifiesta en tres pilares fundamentales que sostienen la cultura contemporánea. En primer lugar, la convicción de que el mundo es un Kosmos, un sistema ordenado y regido por leyes que la mente humana puede descubrir y comprender. En segundo lugar, la valoración de la palabra y el diálogo como los medios legítimos para la resolución de conflictos y la construcción de la sociedad, alejándose de la arbitrariedad del poder absoluto. Y finalmente, la creación de un pensamiento autónomo y crítico que no se conforma con las verdades heredadas, sino que busca constantemente dar razón (logon didonai) de la realidad y de sí mismo.

El logos griego (esta razón humanizada) permitió al ser humano sobrepasar el reino de la pura necesidad biológica para crear modos libres de existencia y vinculación. Al identificar el orden humano con el orden del mundo, los griegos fundaron un humanismo donde la libertad se conquista a través del conocimiento y la responsabilidad ética ante los demás. El nacimiento del logos es, en última instancia, el descubrimiento de que el hombre es el ser que posee lenguaje y, por tanto, el ser que tiene la capacidad y el deber de habitar un mundo que tenga sentido.


viernes, 10 de abril de 2026

MITO, COMUNIDAD Y LEGITIMIDAD

La tríada conceptual constituida por el mito, la comunidad y la legitimidad constituye el eje gravitacional sobre el cual se ha edificado la teoría política desde sus orígenes hasta la complejidad del siglo XXI. En la intersección de estos tres vectores, el pensamiento político contemporáneo ha intentado resolver una paradoja fundamental: cómo sostener un orden social que, habiéndose declarado racional y secular tras el proceso de modernización, sigue dependiendo intrínsecamente de estructuras narrativas, simbólicas y afectivas para garantizar la obediencia, la cohesión del grupo y la estabilidad institucional. La legitimidad, entendida sociológicamente no como una justicia abstracta sino como la probabilidad de que un mandato sea obedecido por un colectivo determinado, se nutre de la sustancia mítica que dota de significado a la convivencia comunal.

La obra de Max Weber marca un hito en la comprensión de la política al desplazar la pregunta por la validez moral absoluta hacia la pregunta por la creencia en la legitimidad. Para el sociólogo alemán, la dominación es la probabilidad de encontrar obediencia dentro de un grupo para mandatos específicos, y esta obediencia no descansa únicamente en la coerción física, sino en un "motivo de obediencia" que los actores sociales consideran válido. La legitimidad, por tanto, se construye políticamente en la relación entre dominantes y dominados, alimentando la continuidad de la relación en tanto orienta el sentido de la acción de unos y otros.

Weber identifica tres tipos ideales de dominación legítima, cada uno fundamentado en una "creencia" específica que justifica el ejercicio del poder. Estos tipos no se presentan en estado puro en la realidad histórica, sino que se amalgaman en configuraciones híbridas que definen la textura de la autoridad en diferentes épocas.

En la dominación tradicional, el mito se manifiesta como la sacralización del pasado. La autoridad es legítima porque "siempre ha sido así", y el linaje del gobernante actúa como el portador de una dignidad heredada que no requiere justificación racional. Por el contrario, la dominación carismática es intrínsecamente inestable y "revolucionaria": el líder debe dar pruebas constantes de su poder (milagros, victorias, prosperidad) para mantener la creencia de sus seguidores. Si el mito del líder se desvanece, la legitimidad desaparece de inmediato.

La Modernidad se caracteriza por el ascenso de la dominación racional-legal, donde la legitimidad tiende a confundirse con la legalidad. El ciudadano no obedece a una persona, sino a una norma positiva que ha sido promulgada siguiendo un procedimiento formalmente correcto. Sin embargo, Weber advierte que incluso este sistema requiere una aceptación interna de la creencia en la corrección formal. Este proceso de "desencantamiento del mundo" no elimina la necesidad de principios de justificación, pero los traslada a un ámbito burocrático donde el sentido de la acción política corre el riesgo de reducirse a una técnica administrativa.

La dominación legal-racional se materializa en el cuadro administrativo burocrático, cuyas características aseguran la previsibilidad y la impersonalidad del poder. Según Weber, los funcionarios en este sistema se distinguen por cumplir sus obligaciones de cargo de forma libre, estar integrados en una jerarquía rigurosa, poseer competencias fijadas por ley y ser nombrados sobre la base de una calificación profesional.

Este sistema separa los medios administrativos de la vida privada del funcionario, lo que constituye un "mito de objetividad" esencial para la legitimidad del Estado moderno. La confianza del ciudadano no se deposita en la virtud moral del burócrata, sino en la infalibilidad del procedimiento y en la documentación escrita que respalda cada acto de autoridad. La paradoja es que, si bien este modelo busca la racionalidad absoluta, su fundamento último (la validez de la norma básica que otorga poder al legislador) sigue siendo una presuposición que el positivismo jurídico no puede explicar totalmente sin recurrir a elementos extrapolíticos.

Frente al intento del positivismo jurídico (representado por Hans Kelsen) de reducir el Estado a un sistema de normas puras, Carl Schmitt sostiene que la base de la legitimidad es siempre una decisión política que no puede ser derivada de una norma previa. En su obra Teología política, Schmitt formula su tesis central: "Todos los conceptos significativos de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados".

El concepto de soberano en Schmitt no es el de una autoridad que aplica leyes, sino el de aquel que decide sobre el "estado de excepción". La excepción tiene en la jurisprudencia un significado análogo al milagro en la teología: es el momento en que la normalidad del orden jurídico se suspende para que el soberano actúe y restablezca la unidad política.

La disputa entre Schmitt y Kelsen es fundamental para comprender la tensión entre legalidad y legitimidad. Mientras Kelsen busca una "teoría pura del derecho" depurada de elementos sociológicos o políticos, Schmitt argumenta que el normativismo es insuficiente porque las normas no pueden aplicarse a sí mismas. Para Schmitt, la fuerza jurídica de una decisión es distinta del resultado de su fundamentación lógica; en términos normativos, "la decisión surge de la nada". El soberano es la figura que representa la unidad política del pueblo, una unidad que no existe antes de la decisión, sino que es constituida por ella a través de la distinción entre amigo y enemigo. Schmitt critica el parlamentarismo liberal por haber perdido su fundamento espiritual (la discusión pública para alcanzar la verdad) y haberse convertido en una maquinaria de negociación entre grupos de interés.

La legitimidad en Schmitt es, por tanto, una cuestión de "sustancia" y no sólo de forma. Un Estado es legítimo si es capaz de afirmar su existencia política y proteger a su comunidad de las amenazas externas e internas. Esta visión reintroduce el componente mítico y teológico en el corazón de la Modernidad: el Estado no es sólo una empresa administrativa, sino una unidad de destino que requiere de un mitologema de soberanía para ser eficaz.

En El concepto de lo político, Schmitt define lo político no por su contenido (economía, moral, estética), sino por su intensidad. La distinción política fundamental es la de amigo y enemigo. Esta contraposición se refiere a un "otro" público cuya existencia misma representa una amenaza para la forma de vida de la propia comunidad.

La legitimidad del poder político reside en su capacidad para agrupar a los individuos bajo esta distinción. Cuando un Estado no puede identificar a su enemigo o carece de la voluntad de combatirlo, pierde su razón de ser y su legitimidad se desvanece, dejando espacio para que otros poderes (legales o apócrifos) asuman el papel del Estado "por debajo de la mano". El mito de la comunidad política schmittiana es, en última instancia, un mito de supervivencia y lucha que rechaza la neutralización liberal de los conflictos.

A diferencia de los teóricos del Estado, Georges Sorel analiza el mito desde la perspectiva de la movilización de las masas y la transformación social. En sus Reflexiones sobre la violencia, Sorel rompe con el racionalismo de la Ilustración y con el marxismo ortodoxo de la II Internacional para proponer una teoría política del mito basada en la intuición y el sentimiento.

Para Sorel, los mitos no son descripciones de la realidad ni programas de acción que deban cumplirse paso a paso, sino "conjuntos de imágenes capaces de evocar instintivamente todos los sentimientos que corresponden a las diversas manifestaciones de la guerra entablada por el socialismo contra la sociedad moderna".

Sorel utiliza el ejemplo de la huelga general proletaria. No importa si la huelga general es realizable o si tendrá éxito material; lo que importa es que el mito de la huelga general mantiene viva la moral del trabajador, lo separa de la decadencia burguesa y le otorga una identidad de guerrero. El mito es un "fermento del alma" que impide que la comunidad caiga en el pacifismo social y el compromiso político, los cuales Sorel considera formas de traición a la vitalidad de la clase obrera.

La influencia de Henri Bergson en Sorel es determinante. Sorel adopta la idea de que la inteligencia y la razón son herramientas eficaces para lo utilitario y lo inanimado, pero incapaces de captar la plenitud de la vida y el movimiento. El mito opera en el ámbito de la intuición, permitiendo una comprensión profunda de lo real que supera el conocimiento superficial de la ciencia.

Esta valoración del mythos como superior al logos reintroduce una ética del heroísmo y del sacrificio en la política. La legitimidad de un movimiento no proviene de su "verdad" científica, sino de su capacidad para generar una "realidad vivida" colectivamente. Para Sorel, la violencia proletaria es legítima no porque busque la destrucción por la destrucción, sino porque es una herramienta de autocreación subjetiva que purifica a la sociedad y restaura la distinción de clases frente al "pantano" del parlamentarismo democrático.

En la segunda mitad del siglo XX, Jean-Luc Nancy realiza una de las intervenciones más profundas sobre el lazo social al cuestionar la nostalgia de la "comunidad perdida" que ha dominado la tradición europea. Para Nancy, la comunidad no es un objeto que hayamos perdido y que debamos recuperar, ni una "obra" que el hombre deba producir a través de la política o la historia.

Siguiendo las huellas de Georges Bataille, Nancy sostiene que los grandes proyectos políticos de la Modernidad (como el fascismo o el comunismo estalinista) fracasaron porque intentaron fundar la comunidad sobre la "inmanencia", es decir, sobre la idea de un ser común que se funde en una identidad orgánica y cerrada. Esta búsqueda de comunión absoluta conduce inevitablemente al "deseo de una obra de muerte", pues para lograr la fusión total es necesario suprimir la finitud y la singularidad de los individuos.

Nancy acuña el concepto de "comunidad desobrada" o inoperante (la communauté désoeuvrée) para describir una forma de convivencia que no se basa en la producción de una identidad común, sino en la exposición mutua de las singularidades. La comunidad no es una sustancia, un sujeto o un cuerpo místico, sino el "espaciamiento" y la relación que se produce entre los seres. El ser es intrínsecamente "singular plural": no existe un "yo" que luego se une a otros, sino que el ser es, desde el inicio, un "estar-con". La comunidad es la pluralidad que el estar singulariza. Lo que realmente compartimos en comunidad no es una esencia, sino nuestra finitud, el hecho de que todos morimos. La comunidad se revela en la muerte del otro, donde experimentamos la imposibilidad de la comunión plena.

Para Nancy, el comunismo científico cayó en la trampa de la metafísica occidental al pretender apropiar el origen y fijar lo común en figuras como el Hombre, la Historia o la Ciencia. La verdadera lección del "después del comunismo" es la necesidad de un "común" desligado de todo "ismo", expuesto al acontecimiento puro de la convivencia sin modelos preestablecidos.

El mito, según Nancy, es una "obra produciéndose a sí misma", una ficción que funda un origen y satura el sentido del mundo, cerrándolo en una identidad unívoca. Por ello, Nancy propone la "interrupción del mito" como la condición necesaria para que la comunidad respire.

Interrumpir el mito no significa salir de él por completo (lo cual es imposible, pues la muerte del mito es otro mito), sino rasgarlo en sus límites para revelar la naturaleza disjunta de la existencia. La comunidad desobrada no es la que comparte un mito común, sino la que se reconoce en la "interrupción" de las grandes narrativas totalizadoras. Es una "comunidad inconfesable" que se resiste a ser reducida a un régimen de identidades.

La relación entre mito y razón ha sido central en la filosofía del siglo XX. Ernst Cassirer, en su obra tardía El mito del Estado, analizó cómo el pensamiento mítico, que parecía haber sido domado por las fuerzas de la cultura (ética, arte, ciencia), volvió a emerger con una fuerza destructiva en los totalitarismos.

Cassirer define el mito político moderno como un "mito elaborado de acuerdo con un plan". A diferencia de los mitos antiguos, que eran frutos silvestres de la imaginación, los mitos políticos contemporáneos son artificiales, fabricados por expertos para cambiar la función del lenguaje y manipular el inconsciente colectivo. Para Cassirer, el mito es un elemento permanente de la naturaleza humana que retorna cuando las energías intelectuales de la sociedad se debilitan ante el caos y la incertidumbre.

Chiara Bottici propone una "revolución copernicana" en la filosofía política al argumentar que, si queremos salvar la razón, debemos mirarla desde el punto de vista del mito. Para Bottici, el mito es un proceso de "trabajo sobre una narrativa común" mediante el cual los miembros de un grupo dotan de significancia a sus experiencias políticas.

La distinción fundamental que introduce Bottici es entre significado (explicación lógica/racional) y significancia (la necesidad de vivir en un mundo que no nos sea indiferente). Los mitos políticos son narrativas que responden a esta necesidad existencial de orientación en el mundo.

Bottici argumenta que incluso las democracias liberales, que se pretenden puramente racionales, operan sobre mitos políticos (como el mito de la libertad, el individuo o el orden sin clases en EE. UU.). El problema no es la existencia del mito, sino su clausura. Un mito es peligroso cuando se vuelve absoluto y no admite el cuestionamiento; por el contrario, un mito "abierto" puede ser la raíz de la autonomía y la creación de nuevos horizontes sociales.

La legitimidad de una comunidad política requiere de una materialización a través de símbolos y rituales que "encanten" la realidad social. Como señalan diversos estudios, al poder le es consustancial cierta teatralidad.

Toda fundación de legitimidad social se logra por una suerte de "encantamiento religioso". Ni la fuerza bruta ni la eficacia en la gestión garantizan la pervivencia del poder si no hay una expresión simbólica que lo respalde. Los rituales políticos cumplen tres funciones esenciales: congregar a la comunidad frente a frente, enfocar la atención y la emoción compartida y realizar acciones simbólicas que proyecten los valores dominantes de la autoridad.

Los Estados modernos recurren a un vasto repertorio de signos para afirmar su presencia y legitimidad:

1. Iconografía nacional: La bandera, el escudo y el himno actúan como tótems que representan la unidad e identidad del grupo.

2. Espacio monumental: Palacios, catedrales, museos y monumentos a los héroes fijan el mito en el territorio, convirtiéndolo en un "lugar sagrado" de la memoria.

3. Liturgias cívicas: Desfiles militares, tomas de posesión, fiestas patrias y ceremonias funerarias de Estado ritualizan el tiempo y recrean el "acontecimiento fundador" de la nación.

4. Metáforas del lazo social: Términos como "madre patria" (motherland) o "tierra de los padres" (fatherland) utilizan la fuerza afectiva de los vínculos familiares para naturalizar la obediencia al Estado.

La memoria colectiva es un campo de batalla político donde se decide qué debe ser recordado y qué debe ser olvidado. Eric Hobsbawm acuñó el término "tradiciones inventadas" para describir prácticas que buscan inculcar valores y normas mediante la repetición, lo que implica automáticamente una continuidad con un pasado histórico a menudo ficticio.

Estas tradiciones cumplen tres funciones superpuestas: establecer cohesión social en grupos reales o artificiales, legitimar instituciones y relaciones de autoridad y socializar a los individuos en sistemas de valores convencionales. El acto de recordar no es plural en el discurso oficial del Estado; se busca homogeneizar el recuerdo bajo una única narrativa que favorezca el proyecto de poder vigente. Sin embargo, en las comunidades también surgen "memorias desde abajo" que actúan como formas de resistencia frente al colonialismo y al despojo, utilizando el ritual para revitalizar saberes ancestrales y desafiar las versiones oficiales de la historia.

En las democracias modernas, la legitimidad se enfrenta a una crisis de valores y a una creciente desconfianza ciudadana. La pretensión de que el sistema democrático es puramente racional ha dejado un vacío de sentido que a menudo es llenado por nuevos mitos políticos o por la mitificación de procesos institucionales.

Uno de los grandes mitos de la democracia moderna es el de la "infalibilidad del pueblo" (vox populi, vox Dei). Esta creencia sugiere que, una vez que la mayoría se pronuncia, la decisión es definitiva e irrevocable, ignorando que una mayoría simple puede carecer de legitimidad moral para una minoría significativa.

La tensión dialéctica entre la legitimidad mítica y la racional-legal es constante. Mientras que autores como John Rawls o Jürgen Habermas intentan fundamentar la legitimidad en la justicia procedimental y el consenso racional, la realidad política muestra que los ciudadanos necesitan sentirse representados por decisiones que perciban como éticas y orientadas al bien común, una percepción que sigue dependiendo de marcos simbólicos compartidos.

En el contexto actual, la legitimidad carismática ha experimentado una mutación a través de los medios masivos y las redes sociales. La "teatralidad del poder" se ha trasladado a la esfera digital, donde los líderes fabrican imágenes de cercanía y heroísmo para captar la atención de una ciudadanía fragmentada. Este fenómeno, unido a la desaparición de las "grandes narrativas" de la Modernidad, ha dado lugar a un pluralismo de mitos e identidades que a menudo entran en conflicto, destruyendo los últimos restos de solidaridad común en favor de fanatismos o creencias acríticas.

El mito es una dimensión constitutiva de la vida política. La legitimidad de cualquier orden social requiere de un fundamento narrativo que otorgue sentido a la obediencia y transforme la mera coexistencia en una comunidad de pertenencia. Incluso en las sociedades más avanzadas, el mito sigue operando como una estructura fundamental del imaginario: su función de "nombrar lo desconocido" y "otorgar significancia" es esencial para la salud mental y social de los individuos. Cuando el mito se utiliza de forma técnica y cerrada para fabricar identidades excluyentes (como en ciertos populismos contemporáneos), la legitimidad se convierte en una herramienta de dominación que asfixia la pluralidad. La propuesta de Jean-Luc Nancy nos invita a pensar la comunidad no como una obra a producir, sino como un "ser-en-común" que se basa en la interrupción de los mitos totalizadores y en la aceptación de nuestra finitud compartida. En las democracias modernas, la recuperación de la legitimidad no vendrá de una mayor burocratización, sino de la "ciudadanización" de la política, es decir, de la creación de espacios donde el mito y la razón puedan dialogar para construir un "nosotros" plural y democrático.

En suma, el reto de la filosofía política contemporánea es gestionar la tensión entre la necesidad de mitos que unan a la comunidad y la exigencia racional de una legitimidad basada en la justicia. Sólo a través de un "trabajo sobre el mito" que sea autocrítico y abierto a la alteridad podrá el ser humano habitar un mundo político que no le sea indiferente, sin sucumbir a las sombras del absolutismo místico.


jueves, 9 de abril de 2026

NARRACIÓN, SÍMBOLO Y SENTIDO

La cosmovisión mítica representa el sistema fundamental de orientación ontológica mediante el cual las culturas humanas han estructurado su percepción de la realidad. El término "cosmovisión", derivado del concepto griego de Cosmos (que remite a la belleza, la armonía y el orden), alude a la visión sistemática y global del Universo que comparten los habitantes de una civilización o sociedad determinada. En su dimensión mítica, esta visión se articula a través de mitos, entendidos como narraciones sagradas que abordan las preguntas fundamentales sobre la existencia, el origen y el destino de lo real. La cosmovisión mítica cumple funciones explicativas, morales y culturales, integrando lo cotidiano en una urdimbre de significados trascendentes que transforman el caos de la experiencia bruta en un mundo ordenado y habitable.
La estructura de la conciencia mítica se asienta sobre una distinción binaria fundamental: la oposición entre lo sagrado y lo profano. Para el ser humano imbuido en una cosmovisión tradicional, lo sagrado representa la plenitud del ser, la realidad por excelencia, saturada de potencia y fuerza. En contraste, lo profano se define por su pobreza ontológica, siendo el ámbito de lo efímero, lo transitorio y lo que carece de un vínculo directo con la fuente original de la vida. Esta dialéctica determina no sólo la conducta religiosa, sino la totalidad del accionar humano, puesto que el místico busca situarse constantemente en la realidad objetiva y eficiente de lo sagrado, huyendo de la ilusión de la vacuidad profana.
El mecanismo mediante el cual lo sagrado se manifiesta en el mundo físico se denomina hierofanía. Este acto de revelación constituye una paradoja fundamental: un objeto ordinario de la Naturaleza (una piedra, un árbol, un manantial) se convierte en receptáculo de lo trascendente sin dejar de ser físicamente lo que es. Para la percepción mítica, la totalidad de la Naturaleza es susceptible de resolverse como una sacralidad cósmica, convirtiendo el Universo en una red de signos que remiten a una presencia divina. Esta manifestación de lo sagrado es la que fundamenta antológicamente el mundo, revelando un punto fijo absoluto o "Centro" cuya proyección equivale simbólicamente a la Creación del Universo.
Desde la perspectiva de la antropología filosófica el ser humano se define como un "animal simbólico", cuya relación con el entorno no es inmediata, sino mediada por un universo de formas simbólicas. Ernst Cassirer postula que la cultura es el resultado de la "función simbólica", una capacidad específicamente humana que interpone entre el sistema receptor y el efector una trama de lenguajes, mitos y artes. En este sentido, el mito no es una simple construcción del espíritu en el vacío, sino un modo de configuración de la experiencia que convierte la impresión en expresión, permitiendo que el individuo organice el caos de estímulos sensoriales en una estructura de conocimiento coherente. El símbolo mítico posee una función fijadora y universalizadora: no representa a un individuo aislado, sino a un conjunto de realidades arquetípicas que dotan de sentido a la existencia colectiva.
La narración es el vehículo primordial a través del cual el mito despliega su poder ordenador. Un mito es, esencialmente, un relato sagrado acontecido en un tiempo remoto, un pasado fundacional que establece las reglas de juego de la realidad presente. Estos relatos involucran a seres sobrenaturales, dioses, monstruos o héroes, cuyas hazañas definen la geografía sagrada y las leyes morales de la comunidad. La eficacia del mito reside en su capacidad de "recrear" el orden primordial cada vez que es narrado, permitiendo que la comunidad participe del tiempo de los orígenes y restablezca el orden cósmico desgastado por el transcurrir profano.
De todos los tipos de mitos, la cosmogonía o mito de origen del mundo es el más significativo, pues constituye el arquetipo de toda creación y de todo gesto humano con sentido. La cosmogonía narra el paso del desorden (el caos) al orden (el Cosmos), estableciendo las leyes físicas y metafísicas que rigen el Universo. En las tradiciones antiguas, la instalación en un nuevo territorio o la construcción de una ciudad exigía la repetición ritual de la cosmogonía para "consagrar" el espacio, retirándolo del ámbito amorfo del exterior y transformándolo en un mundo real y eficiente.
Las diversas respuestas que cada pueblo ha dado a la pregunta por el origen conforman la base de su pensamiento y cultura. En el mito egipcio la Creación surge de Nun, un Océano infinito y oscuro que contenía todos los elementos del Cosmos en estado potencial hasta que Ra, el Sol, tomó conciencia de sí mismo y llamó al orden a través de la creación del viento (Shu) y la humedad (Tefnut). Por su parte, la mitología griega sitúa al Caos como la fuerza primigenia de la que surgieron Gea (la Tierra), Eros (el deseo creador) y Nix (la noche), estableciendo una cosmogonía basada en la diferenciación de elementos naturales personificados. En Mesopotamia, el Enuma Elish relata la lucha entre Tiamat y Apsu, elementos acuosos primordiales, cuya derrota a manos de Marduk permitió la construcción del Cielo y la Tierra a partir del cuerpo de la serpiente vencida, simbolizando el triunfo de la civilización y el orden sobre las fuerzas destructoras de la naturaleza.
Una de las características más distintivas de la cosmovisión mítica es su concepción cíclica y reversible del tiempo. Para el hombre tradicional el tiempo no es una línea que avanza hacia un futuro infinito, sino un ciclo que se regenera periódicamente mediante el retorno al illud tempus, el tiempo sagrado del origen. Esta perspectiva se basa en la convicción de que el mundo se desgasta, se corrompe y pierde su fuerza ontológica con el paso de la duración profana, lo que hace imperativo realizar rituales de fin de año para abolir el tiempo transcurrido y reintegrar el momento puro de la creación.
El hombre de las sociedades míticas experimenta una profunda nostalgia por los orígenes, un deseo de vivir en un Cosmos santo y puro, tal como era antes de verse afectado por la historia. La repetición de los actos ejemplares revelados por los dioses permite al ser humano "recrearse" a sí mismo, liberándose del fardo de las faltas y errores acumulados en el tiempo cronológico. En este sentido, el rito es una reactualización efectiva del mito: el sacerdote o el participante del rito se convierten en contemporáneos de los dioses en el instante creativo original.
La oposición entre lo sagrado y lo profano se traduce en una distinción radical entre dos temporalidades. El tiempo sagrado es circular, eterno y está fuera de la duración ordinaria; es el tiempo en el que los dioses actuaron y establecieron las estructuras del mundo. El tiempo profano, en cambio, es la duración lineal en la que se desarrolla la vida biológica y social, un tiempo que carece de profundidad si no es validado por su conexión con el tiempo mítico. Esta capacidad de salir de la historia para entrar en la eternidad es lo que dota de valor a la existencia del hombre tradicional, permitiéndole soportar las humillaciones políticas y las derrotas militares al interpretarlas como teofanías o castigos dentro de un orden cósmico inalterable.
Joseph Campbell, en su exhaustivo estudio sobre Las máscaras de Dios, identificó cuatro funciones fundamentales que los mitos desempeñan en la cultura humana, las cuales permiten al individuo armonizar su existencia con el orden total del Universo. Estas funciones operan de manera simultánea y transforman la percepción del mundo en una experiencia cargada de significado trascendente.
1. La función mística tiene como objetivo reconciliar la conciencia humana con el misterio del Universo tal como es. El mito actúa como un lenguaje de símbolos y metáforas que permite al ser humano asomarse a realidades que la razón no puede comprender ni los ojos ver. Esta función despierta un sentido de asombro ante el misterio del ser, el mysterium tremendum et fascinans, permitiendo que el individuo experimente su propia vida como una "pintura sagrada" donde cada forma física es una ventana hacia lo infinito.
2. A través de la función cosmológica, el mito formula una imagen del Universo que se corresponde con la comprensión del mundo de una época determinada, integrando los hallazgos de la observación en una visión sagrada. La función cosmológica permite que el individuo no se sienta perdido en un individualismo estrecho, sino que se reconozca como parte integrante de una gran estructura cósmica. Campbell señala que el dilema moderno surge cuando la ciencia de hoy entra en conflicto con la imagen del mundo del pasado, pero recalca que la esencia del mito no reside en los hechos "históricos", sino en los significados psicológicos y metafísicos que dotan de sentido al Cosmos observable.
3. La función sociológica valida y apoya el orden social existente, proporcionando una autoridad sagrada a las leyes, jerarquías y costumbres de una comunidad. En las sociedades antiguas, el orden social debía ajustarse a la estructura del Universo para garantizar la supervivencia del grupo frente a las presiones del entorno. Los mitos sociológicos describen cómo el sistema de gobierno y las normas morales fueron establecidos por intervención divina, lo que impele a los individuos a actuar de acuerdo con las exigencias del grupo, percibiendo estas normas no como imposiciones arbitrarias, sino como leyes naturales y cósmicas.
4. La función pedagógica o psicológica es la de guiar al individuo a través de las etapas críticas de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte. El mito sirve como un mapa interior de la experiencia, ofreciendo modelos de comportamiento y ritos de paso que facilitan la maduración de la psique. A través de la participación en relatos como el viaje del héroe, el individuo aprende a desprenderse de las posesiones materiales, enfrentar sus sombras y entregarse a un objetivo más alto, logrando una realización espiritual que trasciende el narcisismo individualista.
La cosmovisión mítica no sólo dota de sentido a la existencia, sino que fundamenta de manera rigurosa las estructuras de poder y las leyes morales. El orden social es visto como una extensión del orden del Universo, y cualquier perturbación en la armonía de la comunidad es interpretada como un reflejo o una causa de desequilibrios cósmicos.
En el hinduismo, la sociedad se organiza en torno al concepto de Sanatana Dharma (Ley Eterna), que integra el modo de vida individual con el orden cósmico universal. El sistema de castas o varnas se fundamenta en un mito cosmogónico según el cual los diferentes grupos sociales nacieron de las partes del cuerpo de Purusha, el hombre primordial: los Brahmanes de la boca (la palabra sagrada), los Kshatriyas de los brazos (el poder político), los Vaishyas de los muslos (el comercio) y los Shudras de los pies (el servicio).
Este orden no se considera desigualitario en un sentido humano, sino funcional dentro de la estructura sagrada del Cosmos. El cumplimiento del dharma personal (svadharma), de acuerdo con la casta y la etapa de la vida, es lo que garantiza el progreso espiritual y el mantenimiento del equilibrio del universo (rta). La adhesión al deber sin apego a los resultados es el camino hacia la liberación final (moksha), demostrando cómo el mito proporciona un marco moral absoluto para la acción social.
Para las culturas mesoamericanas, el Universo es una estructura dinámica y beligerante, marcada por la acción de dioses creadores que luchan por imponer su influencia sobre la materia. En la mitología mexica, la historia del mundo se divide en cinco edades o "Soles", cada una de las cuales termina en una catástrofe que purifica la Tierra y obliga a una nueva Creación. El Quinto Sol, la época actual, fue posible gracias al sacrificio voluntario de los dioses en Teotihuacán, lo que impone a los seres humanos la responsabilidad de retribuir ese sacrificio primordial mediante rituales de sangre para alimentar al Sol y evitar el colapso del Cosmos.
En la cosmovisión maya, el orden social estaba encabezado por el Ahau o rey divino, quien representaba la conexión viviente con el centro del mundo. Los mayas creían que la humanidad actual fue creada a partir de masa de maíz después de varios intentos fallidos con barro y madera, lo que define la esencia del ser humano como una criatura ligada a la agricultura y a la voluntad de los dioses. La sociedad era jerárquica y piramidal, y los sacerdotes, conocedores del calendario y los astros, administraban la justicia y realizaban los sacrificios necesarios para asegurar que los ciclos de la naturaleza (la siembra, la lluvia y la cosecha) no se interrumpieran.
El lenguaje del mito es, por definición, simbólico. El símbolo funciona como una herramienta que permite navegar lo incomprensible y lo ausente. A diferencia del signo, que posee una relación fija y única con el objeto (como en el mundo animal), el símbolo humano es variable, móvil y funcional, permitiendo expresar el mismo sentido a través de imágenes distintas y en contextos diversos.
Según Gilbert Durand, la imagen simbólica es la transfiguración de un contenido concreto con un sentido totalmente imaginario. El símbolo actúa como un marcador que ayuda a la sociedad a encontrar sentido a sus cosas, sean materiales o no, institucionalizando las vivencias de la comunidad y aglutinando las condiciones de producción de sentido. En el ámbito místico, el símbolo conecta lo sensorial con lo espiritual, rompiendo los límites del lenguaje formal para acceder a una región donde el contenido es "música, tono y maneras de decir".
Desde la psicología analítica, los mitos son vistos como proyecciones de arquetipos, estructuras universales del inconsciente colectivo que influyen en las experiencias humanas más profundas. Los arquetipos son nociones abstractas y carentes de forma que sólo adquieren una representación concreta (antropomorfa o zoomorfa) a través del material histórico y cultural del mito. De este modo, el mito constituye la primera actividad intelectual y epistemológica del género humano, un mecanismo adaptativo que permite representar simbólicamente las angustias, cuestionamientos y el propósito de la vida antes de que la razón discursiva pueda formularlos.
Uno de los debates más complejos de la filosofía contemporánea es la cuestión de la pervivencia del mito en un mundo supuestamente racionalizado. Aunque el advenimiento del pensamiento racional en Grecia (el paso del mythos al logos) marcó el inicio de la ciencia y la filosofía occidental, esto no significó la desaparición de la conciencia mítica. El mito continúa rigiendo el pensamiento humano a través de nuevas metamorfosis, migrando del ámbito estrictamente religioso a las esferas de la política, el arte y los medios de comunicación.
En el siglo XX, Ernst Cassirer advirtió sobre la aparición de un nuevo fenómeno: el mito político fabricado artificialmente. A diferencia de los mitos antiguos, que surgían de una imaginación exuberante y espontánea, los mitos políticos modernos son herramientas técnicas diseñadas por "artífices expertos" para socavar el pensamiento racional y facilitar el control social. En situaciones de crisis económica o social, cuando las fuerzas éticas e intelectuales pierden su energía, el pensamiento mítico emerge de nuevo para inundar la vida cultural, proporcionando certezas emocionales donde la razón solo encuentra incertidumbre.
Los medios de comunicación masiva recurren constantemente a los mitos porque estos ofrecen respuestas a las preguntas esenciales que siguen sin ser contestadas por la ciencia. Roland Barthes señala que en la sociedad contemporánea todo puede convertirse en mito, pues el mito es un habla que trata de ocultar la historia de los objetos y presentarlos como si fueran "naturales" o eternos. La publicidad, el cine y la televisión utilizan el componente simbólico del mito para crear narrativas de renovación y éxito, donde el consumidor se identifica con arquetipos heroicos para encontrar una seguridad ontológica en medio de la rapidez de los cambios modernos.
El sufrimiento humano y la ineludibilidad de la muerte representan los límites extremos de la existencia, ante los cuales el pensamiento mítico ofrece sus respuestas más profundas. Cada dolor es percibido como un preludio del mal extremo de la muerte, una sombra permanente que pone en crisis la verdad del hombre. En esta situación límite, el mito proporciona un marco ontológico que permite al individuo no sólo soportar el dolor, sino dotarlo de una significación trascendente.
Para la antropología existencial, el problema del sufrimiento se contesta con la propia vida. El mito integra el dolor en una narrativa de crecimiento y salvación, evitando que el ser humano caiga en la apatía. La conciencia de la finitud es lo que otorga tensión y valor al tiempo presente; sin la presencia de la muerte, la vida carecería de la urgencia necesaria para la toma de decisiones responsables y la creación de sentido.
En muchas culturas tradicionales, la muerte es entendida como el "gran proyecto", un momento de transición que no puede ser aprehendido por la lógica profana. Los mitos de héroes que descienden al Inframundo y regresan transformados enseñan a la sociedad que el final de la vida biológica es el retorno a la fuente arquetípica eterna. Al final de cada ciclo, ya sea individual o cósmico, es necesaria una renovación completa que sólo puede lograrse a través de la muerte y la recreación, pues el mundo desgastado no puede ser reparado, sino sólo nacido de nuevo in principio.
La cosmovisión mítica representa el esfuerzo más antiguo y persistente de la humanidad por construir un orden del mundo dotado de sentido. A través de la narración el ser humano ha logrado explicar sus orígenes; mediante el símbolo, ha podido comunicarse con lo trascendente; y gracias a la función mística, ha encontrado razones para vivir frente a la incertidumbre y el dolor. El orden social, las leyes morales y las jerarquías de poder no son en la mente mítica construcciones arbitrarias, sino reflejos de una armonía universal que el individuo debe preservar mediante el rito y el cumplimiento del deber. 
Aunque la Modernidad ha intentado despojarse de lo mitológico en favor de una explicación puramente racional, la persistencia del mito en la política, el arte y el inconsciente demuestra que la función simbólica es una estructura inamovible de la psique humana. El mito continúa siendo el mapa interior que guía a la humanidad en su búsqueda de significado, recordándonos que habitamos un Universo que es, en esencia, un misterio infinito susceptible de ser revelado a través de la imaginación creadora. El desafío del hombre moderno no es suprimir el mito, sino aprender a reconocerlo y criticarlo lógicamente, integrando su riqueza simbólica en un diálogo abierto con la razón para construir una cultura que sea, al mismo tiempo, consciente de sus límites y abierta a la trascendencia.

miércoles, 8 de abril de 2026

COSMOVISIÓN MÍTICA Y ORDEN DEL MUNDO


La noción de cosmovisión, derivada del neologismo alemán Weltanschauung, representa la estructura fundamental mediante la cual una cultura, sociedad o individuo interpreta el universo y define su lugar dentro de él. Etimológicamente, el término amalgama el concepto griego de Cosmos, que alude al ordenamiento armónico de la realidad, y el vocablo latino visio, referido al acto de contemplar o percibir. Fue el filósofo Wilhelm Dilthey quien, a finales del siglo XIX, formalizó esta categoría para designar la mirada integral que un pueblo desarrolla sobre la naturaleza humana y la realidad circundante, integrando dimensiones espirituales, políticas y existenciales en un todo coherente. Una cosmovisión es el marco de creencias que permite reconocer la realidad a partir de la propia existencia y los presupuestos culturales heredados.
En el núcleo de toda cosmovisión reside el rechazo intrínseco de la psique humana al caos mental y existencial. La mente humana aborrece lo indeterminado y lo azaroso, prefiriendo cualquier sistema de orden, por complejo o paradójico que resulte, a la incertidumbre del sinsentido. El Cosmos es, por definición, preferible al caos, y la mayoría de las sociedades aceptan el orden tal como les es entregado a través de su tradición cultural para evitar el enfrentamiento directo con el vacío. En este contexto, la cosmovisión mítica emerge como el estadio primordial de la conciencia, proporcionando una narrativa sagrada que transforma el entorno hostil en un escenario significativo y habitable.
La cosmovisión mítica se distingue por una forma particular de pensamiento social: el pensamiento mítico, el cual genera historias consideradas verdaderas por la sociedad que las crea porque lo sagrado constituye para ellos la verdad última. El mito es una historia sagrada que relata acontecimientos ocurridos en el tiempo primordial, revelando cómo una realidad (ya sea el Cosmos, la vida o una institución social) vino a la existencia gracias a la intervención de seres sobrenaturales. Mientras que el sujeto moderno se define como el resultado de procesos históricos, el hombre con pensamiento mítico se reconoce como el resultado de eventos fundacionales que otorgan sentido a su presente y le proporcionan modelos de conducta ejemplares.
El pensamiento mítico opera bajo una lógica cualitativa y afectiva que precede y trasciende la razón discursiva y el lenguaje científico. Este sistema interpretativo apela a la intervención de fuerzas sobrenaturales para explicar fenómenos que, de otro modo, resultarían incomprensibles o aterradores, como catástrofes naturales o movimientos astronómicos. En lugar de leyes físicas impersonales, el mito introduce una voluntad divina o heroica, dotando a la Naturaleza de una personalidad y una intencionalidad que permiten al ser humano entablar un diálogo con lo desconocido.
Un aspecto central de esta cosmovisión es el pensamiento simbólico, el cual es consustancial al ser humano y permite abolir la fragmentación de la existencia. El símbolo es una condensación expresiva donde lo particular y lo material contienen lo general y lo trascendente. A través del símbolo el mundo se vuelve habitable y la realidad adquiere un estatuto ontológico superior; allí donde aparece un símbolo, el tiempo profano se detiene y la existencia se reorienta hacia su centro. Esta capacidad de simbolizar permite al ser humano integrar lo "diferente" y otorgarle un valor dentro de un sistema de significaciones.
El lenguaje mítico es, por naturaleza, figurado y metafórico. La metáfora permite emprender viajes cognitivos y espirituales más allá de las categorías de la definición racional, revelando la esencia de las cosas donde la razón sólo ve accidentes. En esta dinámica, la imaginación no se opone a la realidad, sino que la instaura y la nutre, permitiendo conciliar la razón con la emoción y la incertidumbre. La persistencia de estas figuras simbólicas a lo largo de la historia sugiere que forman parte de una estructura permanente de la conciencia humana, funcionando como arquetipos o imágenes guía que conectan la realidad primordial con la existencia cotidiana.
La transición de lo informe a lo ordenado constituye el tema central de todas las cosmogonías conocidas. El caos se presenta comúnmente como una materia primigenia, desordenada e ilimitada que precede a la intervención creadora. En el pensamiento griego, Khaos alude etimológicamente a un "bostezo" o un resquicio inmenso, una apertura sin fondo que representa el estado absoluto de potencialidad antes de que aparezcan las formas delimitadas.
En la mitología de Hesíodo, el Caos es la primera divinidad que surge, entendiéndose en referencia a Gea (la Tierra) y Eros (el deseo creador). Esta imagen del vacío remite a un movimiento puro y continuo que no puede ser completamente determinado ni controlado por la ley. En el poema babilónico Enuma Elish este estado inicial se personifica en las aguas primordiales de Tiamat y Apsu, cuya unión genera la primera genealogía divina antes de que se establezca un orden cósmico definitivo.
La cosmogonía egipcia propone una visión similar a través del concepto de Nun, un Océano infinito y oscuro que contenía todos los elementos del Cosmos en un estado de dispersión caótica. Sólo cuando la conciencia divina emerge (encarnada en Ra) y se llama a sí misma comienza el proceso de diferenciación que da lugar al cielo (Shu), la humedad (Tefnut) y la tierra seca. En estas tradiciones, el caos es una materia ingente y no determinada que ofrece resistencia a la forma y que, en algunos casos, persiste como un fondo abismal sobre el cual se asienta la realidad.
La Creación consiste fundamentalmente en el acto de separar y nombrar. El Cosmos surge cuando se introducen distinciones en la masa indiferenciada: el día de la noche, el agua del suelo, el cielo de la tierra. En el Génesis bíblico, el Espíritu de Dios se cierne sobre el abismo y las tinieblas antes de proferir la palabra creadora: "Hágase la luz". Aquí, la palabra actúa como el instrumento de ordenamiento por excelencia, transformando la confusión en estructura.
Esta dialéctica implica que el orden es un proceso dinámico de perfeccionamiento. En la cosmovisión griega, el Universo progresa de lo desconocido y menos ordenado hacia lo más complejo y perfeccionado. Sin embargo, la tensión entre hybris (desmesura, alteración del orden) y diké (justicia, norma) persiste como una fuerza constante en la existencia cósmica. El caos no desaparece tras la Creación; se mantiene como chora, el locus o receptáculo que siempre está "entre" lo confuso y lo vacío, dando lugar al Cosmos sin ser nunca absorbido por él.
La obra de Mircea Eliade resulta indispensable para comprender cómo el pensamiento mítico estructura la experiencia del espacio y del tiempo, estableciendo una dicotomía radical entre lo sagrado y lo profano. Lo sagrado es aquello que se manifiesta como una realidad de un orden totalmente diferente a las realidades naturales, una ruptura en el tejido de la existencia ordinaria que revela el Ser. Para el homo religiosus, habitar el mundo significa vivir en un Cosmos ordenado, lo cual solo es posible si se establece un centro sagrado que sirva de referencia absoluta.
Para la cosmovisión mítica, el espacio no es homogéneo ni neutro. Existen lugares cualitativamente diferentes donde se han producido "hierofanías", es decir, manifestaciones de lo sagrado que consagran un punto geográfico. Esta ruptura en la homogeneidad del espacio profano permite la fundación de un mundo, pues proporciona un punto fijo desde el cual el caos circundante comienza a organizarse y a adquirir sentido.
El símbolo supremo de este ordenamiento es el Axis Mundi o eje del mundo. Este pilar cósmico conecta las tres regiones fundamentales: el Cielo, la Tierra y el Inframundo. Se representa a menudo como una montaña sagrada, un árbol o una columna que perfora los niveles de la realidad y permite la comunicación con los dioses. Toda ciudad, templo o vivienda tradicional se concibe como una reproducción de este centro, transformando el lugar de residencia en un microcosmos que repite el acto de la creación divina.
La construcción de un espacio sagrado se inicia con un ritual de orientación que busca separar lo consagrado de lo profano. En la arquitectura sagrada antigua, como en Egipto o la India, cada palacio o templo era un centro donde el mundo celeste y el terrestre se encontraban. Este deseo de vivir en el centro expresa el anhelo ontológico de estar lo más cerca posible de la Divinidad y de la fuente original de la realidad.
De manera análoga al espacio, el tiempo para el pensamiento mítico no es una sucesión lineal y homogénea de momentos. Existe un tiempo sagrado, reversible y circular, que se distingue del tiempo profano o duración ordinaria. El tiempo profano es el escenario del desgaste, la historia y la muerte; el tiempo sagrado es el illud tempus, el tiempo fabuloso de los comienzos donde tuvo lugar la creación.
Mediante la celebración de ritos y la recitación de mitos, el hombre tradicional "sale" del tiempo profano y reintegra el tiempo primordial. Este acto de reactualización es una experiencia ontológica en la que el individuo se vuelve contemporáneo de los dioses y los héroes. El concepto del "Eterno Retorno" implica que la vida humana se valida únicamente mediante la repetición de gestos arquetípicos realizados por seres sobrenaturales.
Este ciclo temporal se manifiesta con especial claridad en los rituales de Año Nuevo. Con cada nuevo ciclo, el tiempo se agota y el mundo se desgasta, por lo que es necesario abolir el pasado y recrear el Cosmos ab initio. Al repetir el mito cosmogónico, el tiempo se regenera y la sociedad recupera la pureza y la fuerza del momento inicial de la Creación. El hombre mítico, por tanto, rechaza la irreversibilidad de la historia y busca refugio en un presente eterno donde el sentido está garantizado por el orden divino inmutable.
El Popol Vuh, o Libro del Consejo, constituye la fuente primordial para comprender la cosmovisión del pueblo maya-quiché. Este texto relata el origen del mundo y la civilización a través de una narrativa que enfatiza la Creación como un proceso iterativo, dialéctico y no exento de errores divinos. En la mitología maya, la Creación no es un acto instantáneo y perfecto, sino una serie de intentos que buscan alcanzar un ser capaz de sostener el orden cósmico mediante la veneración y el sustento de los dioses.
El relato comienza con una descripción del estado primordial de quietud: no había nada dotado de existencia, sólo el mar en calma y el cielo en toda su extensión, envueltos en la oscuridad y el silencio. De este vacío emergen los dioses Tepeu y Gucumatz, quienes mediante la palabra conferenciaron para hacer surgir la tierra de las aguas y poblarla de vida. Sin embargo, la creación de los animales resultó insuficiente, pues estas criaturas no poseían la capacidad de hablar ni de invocar a sus creadores. El proceso de creación del ser humano atravesó tres fases fallidas antes de alcanzar la perfección:
1. El hombre de barro: Los dioses intentaron modelar al hombre a partir del lodo, pero estas criaturas carecían de consistencia; se deshacían con la lluvia, no tenían entendimiento y su vista era nublada. Fueron destruidas por su incapacidad para multiplicarse y adorar.
2. El hombre de madera: En el segundo intento, se construyeron seres de madera que podían hablar y tener descendencia, pero no poseían alma ni memoria de sus hacedores. Al carecer de sentimientos y de "Corazón del Cielo", fueron aniquilados por una lluvia negra y resina, mientras que sus propios animales y objetos domésticos se rebelaron contra ellos.
3. El hombre de maíz: Tras el fracaso de los intentos anteriores, los dioses utilizaron el maíz blanco y amarillo (descubierto por animales mensajeros) como la sustancia sagrada para formar la carne de los primeros cuatro hombres reales: Balam Quitzé, Balam Akab, Mahucutah e Iqui Balam.
Estos seres de maíz poseían una sabiduría tan vasta y una visión tan clara que alcanzaban a ver y comprender todo lo que existía en el Universo. Ante el temor de que sus criaturas se igualaran a ellos, los dioses "soplaron niebla" sobre sus ojos, limitando su visión a lo que estaba cerca de ellos, estableciendo así la distancia definitiva entre lo humano y lo divino.
La cosmovisión maya se rige por el principio de la dualidad: luz y oscuridad, vida y muerte, arriba y abajo. Esta estructura se personifica en las hazañas de los héroes gemelos Hunahpú e Ixbalanqué, quienes descienden al Inframundo (Xibalbá) para vengar a sus ancestros y derrotar a los señores de la muerte mediante la astucia y el sacrificio. Su victoria no implica la desaparición del mal, sino la restauración del equilibrio cósmico.
El renacimiento de los gemelos transformados en cuerpos celestes (el Sol y la Luna) instaura el orden del tiempo actual y proporciona la base para la legitimación política de los linajes reales quichés, quienes se presentan como herederos directos de estos seres míticos. Para el maya, la agricultura, la política y la religión son una sola realidad tejida en el ciclo del maíz.
Claude Lévi-Strauss revolucionó el estudio de la mitología al proponer que el mito no debe analizarse por su contenido anecdótico, sino por su estructura lógica subyacente. Desde la perspectiva estructuralista, el mito funciona como un lenguaje que opera en un nivel de abstracción muy elevado, permitiendo a la mente humana organizar la experiencia mediante oposiciones binarias.
La función principal del mito en una sociedad no es utilitaria ni histórica, sino intelectual: proporcionar un modelo lógico para resolver o mitigar contradicciones estructurales que son insuperables en la realidad material. El pensamiento humano percibe el mundo a través de dualismos fundamentales: naturaleza frente a cultura, crudo frente a cocido, vida frente a muerte. El mito toma estos polos opuestos e introduce "términos mediadores" que permiten transigir con la disonancia cognitiva y social.
Lévi-Strauss sostiene que la significación de un mito no reside en sus elementos aislados, sino en la manera en que éstos se combinan y se transforman. Un mito nunca existe de forma aislada; es parte de un sistema de transformaciones donde cada versión es tan válida como la anterior. Al comparar diferentes mitos dentro de una cultura o entre culturas vecinas, es posible descubrir la gramática inconsciente que rige el orden social.
En su obra, Lévi-Strauss asimila el estudio de los mitos al de una sinfonía, sugiriendo que la mitología y la música son "hermanas generadas por el lenguaje" que siguen caminos diferentes para estructurar el sentido. El mito aúna la dimensión sincrónica (la estructura permanente) con la diacrónica (el relato histórico o contingente), operando como un mediador entre el tiempo de los hombres y la eternidad de los principios lógicos.
Un ejemplo clásico de este análisis es el de la Gesta de Asdiwal, donde Lévi-Strauss demuestra cómo el relato organiza oposiciones geográficas (este-oeste), cosmológicas (alto-bajo) y económicas (hambre-saciedad) para dar sentido a las tensiones de la organización social Tsimshian. El mito no intenta explicar un fenómeno natural por curiosidad científica, sino que utiliza el fenómeno natural como un código para expresar verdades de orden lógico y relacional.
Joseph Campbell sintetizó la riqueza de la mitología comparada identificando cuatro funciones esenciales que los mitos cumplen en cualquier sociedad, independientemente de su grado de desarrollo tecnológico. Estas funciones aseguran que la cosmovisión no sea solo un marco intelectual, sino una guía para la vida.
1. Función mística: El mito abre el mundo a la dimensión del misterio y el asombro. Su objetivo es despertar en el individuo un sentimiento de conexión con lo inefable, permitiendo que la conciencia trascienda las limitaciones de la definición racional. A través de la metáfora, el mito facilita un encuentro con lo que Campbell llama "la esencia", sugiriendo que el individuo y el mundo son uno.
2. Función cosmológica: Esta función proporciona una imagen del Universo coherente y ordenada. El mito explica cómo funciona el mundo y cuál es el lugar del hombre en él, asegurando que el entorno no se perciba como un caos azaroso, sino como un sistema significativo respaldado por la voluntad divina o natural.
3. Función sociológica: El mito valida y sustenta un orden moral y social específico. Justifica las normas, las jerarquías y las costumbres de la comunidad, presentándolas como parte de un diseño trascendente. De este modo, el mito fomenta la cohesión del grupo y proporciona una base ética indiscutible para la convivencia.
4. Función pedagógica: Quizás la más crucial en la vida individual, esta función guía al ser humano a través de los diversos estadios y crisis de la existencia, desde la infancia hasta la vejez y la muerte. El mito ofrece mapas para la transformación psicológica, ayudando a las personas a comprender los desafíos de su desarrollo interior como parte de un viaje heroico universal.
Para Campbell, la pérdida de estas funciones en la sociedad moderna genera una sensación de alienación y vacío. Sin embargo, los temas mitológicos fundamentales (como el héroe resucitado o el nacimiento virgen) persisten en todas partes, apareciendo en nuevas combinaciones que demuestran la unidad psíquica de la humanidad.
El surgimiento de la filosofía en la antigua Grecia, tradicionalmente situado en el siglo VI a.C. con los filósofos jonios, se ha descrito históricamente como el "paso del mythos al logos". Este desplazamiento marca el nacimiento de la razón occidental y la ciencia, pero la naturaleza de este cambio ha sido objeto de profundos debates académicos que confrontan las ideas de ruptura radical frente a las de continuidad evolutiva.
Filólogos como John Burnet y Wilhelm Nestle sostuvieron que la filosofía surgió como una mutación intelectual repentina y exclusiva del genio griego, sin conexión con otras tradiciones culturales. Según esta visión, el logos se habría liberado del mythos de manera definitiva, sustituyendo las narraciones fantásticas y antropomórficas por explicaciones lógico-causales basadas en la observación sistemática de la Naturaleza (physis). En esta perspectiva, el nacimiento de la filosofía es visto como una "epifanía de la razón" que eliminó la influencia de las cosmovisiones orientales para instaurar un pensamiento puramente positivo.
En oposición a la tesis de la ruptura, autores como Francis Cornford y Jean-Pierre Vernant demostraron que existe una vinculación directa entre la estructura lógica del pensamiento mítico y las primeras especulaciones racionales. Cornford argumentó que la primera filosofía no fue una ruptura abrupta, sino una traducción del pensamiento mítico a términos abstractos; por ejemplo, el concepto de arché (primer principio) en Tales de Mileto conserva la estructura de los elementos primordiales de las cosmogonías de Homero y Hesíodo.
Vernant profundizó en este análisis al señalar que el nacimiento del logos fue posible gracias a una serie de transformaciones sociopolíticas en Grecia:
1. La invención de la Polis: La ciudad-Estado creó un nuevo espacio público donde la palabra se convirtió en un instrumento de debate y persuasión, desplazando el secreto de los rituales religiosos.
2. Ausencia de una casta sacerdotal: La inexistencia de una jerarquía encargada de custodiar la ortodoxia permitió una mayor libertad para cuestionar los mitos tradicionales y proponer nuevas explicaciones.
3. La democratización del saber: La filosofía nació con el afán de divulgar el conocimiento, transformando la sabiduría de un misterio revelado en un discurso racional accesible a todos los ciudadanos.
En consecuencia, el logos no aparece como el opuesto absoluto del mythos, sino como una racionalización del mismo. La filosofía griega heredó las preguntas globales sobre el origen del Universo y la justicia, pero limitó el dominio de la fantasía para buscar las leyes inmanentes que rigen la Naturaleza.
A pesar del predominio del pensamiento científico y tecnológico, la cosmovisión mítica no ha desaparecido de la cultura contemporánea. Lo sagrado, según Eliade, es una estructura permanente de la conciencia humana que simplemente cambia de máscara o se camufla en actividades aparentemente profanas. En el siglo XXI, el mito continúa operando como un motor de sentido en la política, el arte y la vida social.
Las ideologías contemporáneas a menudo funcionan bajo estructuras míticas. El nacionalismo, el comunismo y el fascismo han sido estudiados como "religiones seculares" que proponen una historia ejemplar del grupo, identifican enemigos sagrados y prometen una salvación escatológica. En la política actual, el populismo utiliza narrativas míticas para dividir el mundo entre un "pueblo puro" y una "élite corrupta", empleando la posverdad para crear un universo artificial que resuene emocionalmente con la masa.
Esta persistencia se observa en la "necrofilia política", el amor por ideas muertas y fracasadas que son revividas mediante retóricas carismáticas que apelan a la intuición y al sentimiento de comunidad por encima de la lógica racional. El líder autocrático asume a menudo el rol del héroe mítico que viene a restaurar el orden perdido frente a un caos imaginario.
El cine se ha consolidado como el gran depósito de la mitología moderna. Autores como Adorno y Horkheimer señalaron que la industria cultural produce mitos de manera masiva para estabilizar el sistema social, mientras que Walter Benjamin vio en el cine un potencial espacio emancipador. El espacio cinematográfico funciona como un lugar especial de diálogo con la subjetividad colectiva y la memoria de la sociedad.
En la Postmodernidad, el agotamiento de las narrativas históricas ha llevado a una proliferación de remakes, secuelas y distopías que reciclan arquetipos clásicos. Películas como In the Mood for Love o videojuegos como Elden Ring exploran temas de destino, sacrificio y la búsqueda de sentido en mundos fragmentados, actuando como rituales contemporáneos donde el espectador puede experimentar la trascendencia de forma vicaria.
La necesidad de un "centro" o Axis Mundi sigue presente en la arquitectura y el urbanismo modernos. Los estadios de fútbol, los rascacielos o los monumentos nacionales operan como puntos de congregación ritual donde la sociedad celebra sus valores fundamentales. Aunque el hombre moderno se considere arreligioso, su existencia sigue plagada de símbolos: desde la gastronomía como camino de autoconocimiento hasta la sacralización de la tecnología y la inteligencia artificial.
En definitiva, la cosmovisión mítica y el orden del mundo no son reliquias del pasado. El pensamiento simbólico continúa siendo la herramienta más adecuada para abordar los "misterios profundos de la vida" y establecer vínculos entre la realidad primordial y la existencia cotidiana. El ser humano sigue siendo un creador de mundos que busca en el mito la respuesta al porqué y al para qué de su presencia en el Cosmos.