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viernes, 13 de marzo de 2026

FILOSOFÍA FRENTE A MITO, RELIGIÓN, CIENCIA Y TÉCNICA


La filosofía debe dejar de ser una actividad puramente contemplativa para transformarse en una herramienta de combate metapolítico, capaz de diagnosticar la decadencia de la Modernidad y proponer una visión del mundo que recupere las raíces arcaicas en un marco de vanguardia tecnológica. Este análisis requiere una revisión profunda de las cuatro dimensiones fundamentales que estructuran la experiencia humana del mundo: el mito, la religión, la ciencia y la técnica. La Modernidad ha intentado sustituir estas dimensiones por una racionalidad instrumental y un igualitarismo universalista que han vaciado de sentido la existencia colectiva, reduciendo al ser humano a un mero consumidor dentro de un sistema global despersonalizado. Para comprender esta transformación es necesario situarse en el actual período de convergencia de catástrofes en que la insostenibilidad del orden mundial (caracterizado por la inercia política, la inmigración descontrolada y la misautia de los pueblos de Europa) exige un renacimiento basado en la síntesis de valores tradicionales y formas tecnológicas avanzadas. La filosofía, por tanto, se presenta como la disciplina encargada de triturar las opiniones dominantes (la doxa) para reencontrar el Ser y devolver la sacralidad a la tierra y a la comunidad.

La transición del mythos al logos en la Grecia antigua suele interpretarse como un progreso lineal hacia la razón, pero en realidad este proceso representa la primera gran fractura de la unidad orgánica entre el ser humano y el Cosmos. El mito no era una explicación precientífica de los fenómenos naturales sino un relato vivo que, a través del rito y la palabra mágica, reactualizaba el tiempo primordial en el presente y otorgaba una base sagrada a la estructura social y política. En la sociedad monárquica, el Anax o Rey personificaba el centro del mundo y la palabra era una herramienta de revelación inspirada por los dioses y reservada a poetas y profetas. Con el surgimiento de la polis y la democratización de la palabra en el ágora, el logos empezó a imponerse como una razón dialéctica y persuasiva: este cambio fue impulsado por la aparición de la moneda (símbolo del valor de cambio que desplaza al valor de uso) y por la socialización del calendario y del alfabeto, lo que permitió que la palabra secreta se convirtiera en palabra pública. La Modernidad ha llevado este proceso hasta sus últimas consecuencias, convirtiendo el logos en una racionalidad instrumental que ya no busca la verdad, sino la eficacia. Al perder el mito, la sociedad ha perdido su capacidad de contemplarse a sí misma a través de símbolos y tramas compartidas, lo que ha generado un vacío existencial que el consumo masivo intenta ocultar en vano. La tarea de la filosofía actual es recuperar los relatos que los miembros de la comunidad se contaban a sí mismos para restaurar un horizonte de destino anhelado.

El monoteísmo bíblico es la fuente principal del igualitarismo y del universalismo que han debilitado la voluntad de los pueblos de Europa. El cristianismo, en concreto, introdujo una creencia ajena a nuestra tierra: una metafísica del Otro que sitúa lo sagrado fuera del mundo y condena la naturaleza humana al desprecio y a la culpa.

El monoteísmo abrahámico establece una distinción radical entre el Creador y la Creación que vacía al mundo de su divinidad intrínseca y prepara el terreno para la desacralización total, llevada a cabo por la ciencia y la técnica modernas. Los valores de libertad, igualdad y fraternidad de la Ilustración no son más que versiones secularizadas de los dogmas cristianos: el concepto de una "Humanidad" única e indivisible, tan caro al humanismo moderno, emana de la idea de que "todos los hombres son iguales ante un solo Dios", lo cual anula las diferencias cualitativas entre culturas y etnias.

Frente a la obsesión pequeñoburguesa por el bienestar y la misautia introducida por el sistema de creencias abrahámico, el retorno al paganismo supone la sacralización de toda la vida. El paganismo es una filosofía que reconoce que el Universo está animado, que el Alma del Mundo es divina y que no existe una diferencia radical entre los dioses, el mundo y los humanos porque la divinidad se alcanza mediante la acción heroica y el cumplimiento del propio destino en el aquí y el ahora. Esta concepción aristocrática del ser humano exalta la belleza, el cuerpo, la salud y el honor y rechaza los paraísos abstractos para centrarse en la excelencia de la comunidad orgánica, dentro de la cual el hombre no nace "libre" ni "igual", sino que es el combate y la voluntad lo que coloca a cada uno en su lugar natural. El paganismo es, por tanto, la religión nativa de los europeos y reflejo de su espíritu fáustico y de su arraigo en la tierra de sus ancestros.

Por otro lado, la ciencia, uno de los logros más destacados de la civilización europea, ha sido secuestrada en la Modernidad por el cientificismo, una visión del mundo que reduce toda la realidad a aquello que puede ser medido, pesado y contado. La filosofía debe distinguir entre el método científico (una herramienta legítima de exploración del mundo material) y el cientificismo como una fe sin alma que pretende dar cuenta de la totalidad de la vida humana.

Contrariamente a la creencia popular en una ciencia todopoderosa y objetiva, la epistemología actual demuestra que la racionalidad científica no es absoluta ni independiente de sus marcos históricos. Los paradigmas científicos, como la mecánica cuántica o la relatividad, no son verdades definitivas, sino modelos que se mantienen hasta que surja una anomalía que los obligue a cambiar. La ciencia depende de concepciones filosóficas previas que se sedimentan en lo que finalmente llamamos "evidencia empírica". Incluso el método hipotético-deductivo se maneja con hipótesis falibles: lo que hoy se considera corroborado puede ser falsado en el futuro. El cientificismo, al ignorar esta naturaleza provisional del conocimiento, se convierte en un nuevo dogmatismo que intenta silenciar cualquier pensamiento divergente bajo el pretexto de que “está científicamente demostrado”.

La verdadera ciencia debe quedar subordinada a una cosmovisión que reconozca los límites de lo humano y la importancia de lo biológico. Y la antropología, lejos de las abstracciones ilustradas, debe asumir que el hombre es un ser territorial, agresivo y jerárquico por naturaleza. La aplicación de la ciencia a la vida (la biopolítica) no debe buscar la homogeneización de la especie sino la mejora de la calidad de vida de las comunidades específicas, respetando sus particularidades genéticas y culturales.

La técnica, finalmente, es la manifestación más visible de la voluntad de poder europea, pero bajo el signo de la Modernidad se ha transformado en el falso mito del maquinismo: un sistema autónomo que impone su propia lógica de eficiencia absoluta y convierte a la persona en un animal pasivo y condicionado. La filosofía se enfrenta aquí con el reto de dominar la técnica sin dejarse dominar por ella. El maquinismo es una articulación de poder y tecnología que busca reconstruir el mundo en una forma puramente humana, eliminando todo misterio y toda resistencia de la Naturaleza. En esta configuración, el hombre se convierte en un esclavo del tirano mecánico, vendiendo su alma por una bolsa de recursos inagotables y una libertad inconsciente. La técnica moderna es el conjunto de métodos racionales que buscan una eficacia absoluta en todos los ámbitos, desde la economía hasta la manipulación del pensamiento humano: esta mentalidad técnica ha llevado a la desaparición de las herramientas convivenciales, sustituyéndolas por sistemas que reducen a las personas a meros consumidores sin propósito. El resultado es una sociedad desencantada, sin futuro visible ni destino anhelado, donde la fuerza del mercado impera sobre la fuerza de la razón.

Frente a este nihilismo tecnológico surge la propuesta arqueofuturista de que el futuro de los pueblos de Europa resida en la combinación de los valores arcaicos con la tecnología punta y en la subordinación de la técnica a una cosmovisión tradicional y centrada en la comunidad orgánica y la identidad étnica. El arqueofuturismo defiende el uso de la ingeniería genética, la cibernética y la exploración espacial como herramientas para el fortalecimiento de la civilización, pero siempre guiadas por una ética del honor y una jerarquía natural. Sólo las comunidades que sepan integrar la chispa fundadora de sus ancestros en el dominio de la ciencia avanzada podrán sobrevivir y florecer. La filosofía, en este marco, es el fundamento de la metapolítica o actividad cultural que precede a la acción política y que busca cambiar los valores y supuestos de la sociedad, partiendo de la premisa de que la conquista del poder político requiere primero la conquista de la hegemonía cultural. El filósofo debe actuar como un disidente que perturbe el consenso de la Gran Parafernalia moderna, señalando que bajo la opulencia material sólo existe la nada. Su misión es restaurar el espíritu que vuelve al Ser, recuperando el pensamiento de los griegos presocráticos y reencontrando la sacralidad en las cosas terrenales. Este combate se libra contra el liberalismo, el igualitarismo y el universalismo, que pretenden convertir a Europa en un espacio geográfico abstracto poblado por individuos intercambiables. Frente a esto, la filosofía levanta la bandera de la reacción, entendida como el renacimiento de las identidades colectivas y el derecho de los pueblos a su propia diferencia.

El diagnóstico es claro: la Modernidad es una etapa de decadencia espiritual y biológica que ha llevado a la civilización europea al borde del abismo. Sin embargo, esta crisis es también una oportunidad para un nuevo comienzo a partir de una ruptura radical que devuelva al ser humano a su lugar en el Cosmos. Esta ruptura comprende cuatro operaciones principales: la restauración del mito y de la capacidad de habitar un mundo con sentido, en que el tiempo y el espacio vuelvan a ser sagrados y la comunidad se reconozca en sus símbolos ancestrales; la superación del monoteísmo y el consiguiente reencuentro de la identidad europea con su herencia pagana, sustituyendo la ética de la culpa por una ética del honor y de la afirmación de la vida; la liberación de la ciencia de la cárcel cientificista y su puesta al servicio de una antropología realista que reconozca la desigualdad natural y la importancia del arraigo étnico; y la domesticación de la alta tecnología por parte de una nueva élite guerrera y sabia que proyecte los valores de la sangre y la tierra hacia el futuro. La filosofía es la voluntad de pensar este nuevo orden en medio del caos y el deber de gritar que el coloso de la Modernidad está vacío para que renazca una Europa de los pueblos orgullosa de su pasado y dueña de su técnica, en una síntesis eterna de lo arcaico y lo futurista. 

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