En el espectro político actual se comete un error semántico y filosófico de proporciones catastróficas: confundir al tradicionalista con el conservador. Para el observador casual ambos parecen habitar el mismo rincón "nostálgico" del mundo, pero estas dos posturas no sólo son distintas, sino a menudo son antagónicas.
Como bien decía Gustav Mahler: "La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la transmisión del fuego". El conservadurismo es un freno de emergencia que utiliza el liberalismo; el tradicionalismo, en cambio, consiste en el eterno retorno de principios perennes.
El conservador tiene como objetivo el mantenimiento del orden actual y su actitud es de nostalgia y resistencia a cualquier avance, sea del tipo que sea. Esto da como resultado el oxímoron del capitalismo "con valores" y una paupérrima identidad basada en el patriotismo constitucional (otro oxímoron). Al final, el conservadurismo, aunque pretenda frenar todo avance, sigue partiendo de la misma concepción lineal de la historia que tienen los liberales progresistas y los izquierdistas.
Frente a ello, los tradicionalistas buscamos restaurar un Orden eterno mediante la afirmación y la voluntad de poder. Por ello, abogamos por la primacía de lo cultural sobre lo político y de lo político sobre lo económico, así como por una identidad basada en la etnocultura, es decir en nuestras raíces europeas. Nuestra radicalidad (nuestro ir a las raíces) nos lleva a rechazar la idea de que la historia es lineal para sostener una concepción circular del tiempo, en que el pasado y el futuro se tocan.
El conservador es alguien que simplemente quiere que el mundo cambie más despacio, un liberal con mala conciencia. Su lucha no es por un origen sagrado (por mucho que emplee a veces soflamas retóricas que apelan a una religión), sino por el statu quo de hace veinte o treinta años. El conservador se aferra a la estructura burguesa, al Estado-nación decimonónico y a la moral victoriana y carece por ello de un proyecto de futuro: sólo reacciona ante las innovaciones de la izquierda, intentando salvar los restos del naufragio. A menudo, el conservador sacrifica la identidad cultural del pueblo en el altar de la eficiencia económica, sin entender que el capitalismo global es el mayor destructor de tradiciones que ha existido.
Para nosotros, la Tradición (con T mayúscula) no es algo del pasado que recordamos con tristeza pusilánime. La Tradición es metafísica y atemporal, un "siempre" que debemos reactualizar. No deseamos "conservar" este sistema decadente, sino superarlo para restaurar un orden orgánico, jerárquico y espiritual. Mientras el conservador defiende la "costumbre", los tradicionalistas vamos más allá, en busca de arquetipos, con el fin de encarnar los valores del honor, la soberanía y el arraigo en el contexto actual y futuro. Por otro lado, la Tradición entiende que el individuo no es el centro del Universo, sino que forma parte de una comunidad, una historia y un destino comunes.
Os invitamos a ser arqueofuturistas, a abrazar la tecnología y el futuro pero cimentados en los valores ancestrales europeos, en nuestro Arché.
Ser tradicionalista hoy no es oponerse al cambio por miedo, sino asegurarse de que cualquier cambio sea fiel a nuestra esencia profunda. El conservador es el que intenta salvar un edificio que se cae a pedazos; el tradicionalista es el que conoce los planos originales para construir uno nuevo sobre los mismos cimientos.
NUESTRA TRADICIÓN EN NUESTRA HERENCIA, PERO TAMBIÉN NUESTRA TAREA
No podéis servir a dos señores. Si nos limitamos a conservar, sólo heredaremos cenizas; si elegimos la Tradición, mantendremos vivo el fuego.
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