domingo, 9 de noviembre de 2025

INMANENCIA, CICLICIDAD Y SACRALIDAD DE LA MATERIA: UNA ONTOLOGÍA DE LA MADRE


El desplazamiento del eje teológico

La historia de la metafísica occidental ha estado regida, desde Platón hasta el monoteísmo abrahámico, por una concepción trascendente de la Divinidad: Dios como principium separatum, causa eficiente y final del mundo, origen ex nihilo del ser. Esta estructura ontoteológica, descrita y criticada por Heidegger, funda una jerarquía entre el Creador y la criatura, entre el Ser absoluto y los entes finitos. La Divinidad, en este paradigma, no pertenece al mundo: lo sostiene, lo crea y lo juzga, pero no lo habita esencialmente.

La ontología inmanente y cíclica de lo divino implica un desplazamiento radical de ese eje: no hay un Dios fuera del mundo que lo funde desde la nada, sino un Misterio autogenerado que se expresa en la multiplicidad de las formas vivas. La Divinidad no es un agente que produce la existencia, sino la energía vital del propio devenir, el ritmo que hace nacer, perecer y renacer a todas las cosas. Frente al teísmo trascendente, se afirma una teogonía inmanente: el Todo es su propia causa y su propio fin.


La Divinidad como principio inmanente y cíclico

Desde los presocráticos hasta la teología órfica y la Anima Mundi hermética, múltiples tradiciones han concebido el Universo como una totalidad viviente, cuyo poder generador no depende de un acto creador exterior, sino de la fecundidad interna de la Materia divina. Lo divino no se distingue del mundo: es el mundo en su profundidad simbólica, su capacidad de regenerarse eternamente.

Esta visión implica una metafísica del ciclo: toda manifestación surge, se desarrolla y retorna al principio que la engendra, no por degradación, sino por renovación. La muerte no es castigo ni caída, sino retorno al seno de la Madre, reintegración en el orden sagrado del devenir. La perfección no se busca fuera del tiempo (como Idea platónica o Cielo eterno), sino en el ritmo mismo del tiempo, en la armonía que enlaza germinación y corrupción, luz y sombra, plenitud y disolución.


Antropología de la pertenencia: el hombre como emanación

El ser humano no es una criatura separada, sino una emanación del Todo viviente. Su consciencia participa de la consciencia cósmica como una célula del cuerpo universal. No hay ruptura ontológica entre humanidad y Naturaleza, ni dualismo entre alma y materia: ambos son expresiones distintas de una misma potencia vital.

Por ello, la comunión con lo sagrado no se da por adopción ni redención, sino por pertenencia. No somos salvados del mundo: somos el mundo reconociéndose a sí mismo. El culto no tiene como fin reconciliar lo humano con lo divino, sino mantener el equilibrio entre las fuerzas visibles e invisibles del entorno, renovar los vínculos con la Tierra, los ancestros y los espíritus del territorio.


Ética del equilibrio y del ritmo

En esta ontología inmanente no existe pecado original ni culpa ontológica. La materia no está maldita: es la carne de la Divinidad. El “mal” no es una categoría metafísica, sino un desequilibrio: exceso, ruptura del ritmo natural o quebranto del pacto simbólico con los poderes del lugar. Por tanto, no se requiere redención (acto teológico vertical), sino restauración del orden natural y simbólico por medio de los ritos, los trabajos y la conciencia del ciclo.

El rito es, en este contexto, un acto ontológico de reparación, no una súplica ni una obediencia. Es una práctica de resonancia: mediante el gesto, la palabra y la ofrenda, el ser humano recompone su armonía con la Totalidad viviente.


Cristo, el arquetipo solar

En esta perspectiva, la figura del Salvador no se interpreta como un hecho histórico exclusivo, sino como arquetipo de sacrificio iniciático, símbolo solar del Dios que muere y renace. Cristo (como Osiris, Dioniso o Balder) encarna el misterio cíclico de la regeneración cósmica. Su valor no reside en su singularidad histórica, sino en su universalidad mítica: es una figura del Logos solar, no el único mediador entre Dios y el hombre.

La adoración de un Salvador único implicaría, de nuevo, el retorno a la verticalidad teológica que separa lo humano de lo divino. La lectura arquetípica, en cambio, restituye el sentido originario del mito: la Divinidad renace en cada ser vivo, no en un individuo irrepetible.


Espíritu versus espíritus: pluralidad del numen

El monoteísmo espiritualista, al reducir la multiplicidad del numen a un solo Espíritu Santo, pierde el vínculo concreto con la realidad viva. En la visión inmanente, lo sagrado se manifiesta en pluralidad de presencias: los espíritus del bosque, del río, de la montaña, los ancestros, los genios animales y vegetales. Cada uno es una forma de la energía divina, una encarnación local del misterio.

Por eso, la verdadera comunidad espiritual no es una Iglesia jerárquica y universal, sino una comunidad ritual, una fraternidad simbólica ligada al territorio, al calendario y a los gestos del ciclo agrícola. La Iglesia, al monopolizar lo sagrado, es mediata y abstrae; la comunidad ritual, en cambio, es inmediata y encarna: establece un trato directo con lo numinoso.


Hacia una ontología del mundo sagrado

Este sistema de pensamiento no constituye una simple crítica al monoteísmo, sino una restitución de la sacralidad de la existencia. Al rechazar la trascendencia no se niega lo divino, sino que se lo reintegra en el mundo. La inmanencia no es profanación, sino reconsagración de lo real.

Así, el ser humano se sabe parte del cuerpo de la Madre, miembro del Cosmos viviente. Su felicidad no radica en la eternidad abstracta, sino en el equilibrio rítmico con la totalidad, en la consciencia de participar del ciclo de la vida y la muerte, de ser, como todo lo que respira, una forma pasajera del Misterio que nunca cesa de engendrarse.

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