La cosmovisión mítica se erige como un motor de regeneración, pues el mito constituye una verdad existencial que proporciona un sentido de dirección y pertenencia a la comunidad. En este contexto, la recuperación de la herencia indoeuropea es un acto de arqueofuturismo, la unión de los valores ancestrales más profundos con los medios técnicos más avanzados para proyectar un futuro alternativo.
El monoteísmo es la raíz metafísica del universalismo y del igualitarismo modernos. De Benoist sostiene que la adopción de los tres monoteísmos por parte de Europa supuso la implantación de una religión ajena que rompió el equilibrio orgánico de las culturas paganas. El monoteísmo, al postular un Dios único, trascendente y exterior al mundo, despoja a la Naturaleza y a la historia de su carácter sagrado, convirtiéndolas en meros escenarios para la salvación individual.
El paganismo indoeuropeo, por el contrario, se caracteriza por una visión inmanente de lo sagrado. Los dioses no son amos externos, sino proyecciones de las potencias humanas y naturales llevadas a su máxima excelencia. Esta concepción permite una teología de la diferencia donde la multiplicidad de divinidades refleja la multiplicidad de formas de vida, lenguas y culturas. El paganismo es la "religión nativa" de Europa, caracterizada por un espíritu fáustico de superación y una ética heroica que rechaza la moralidad de la debilidad y el pecado.
Las ideologías seculares contemporáneas (el liberalismo, el socialismo y el comunismo) no son más que versiones secularizadas de la escatología monoteísta. La promesa del Mesías, de la Parusía o del Juicio de Alá ha sido sustituida por el mito del progreso o de la sociedad sin clases, pero la estructura subyacente sigue siendo la misma: una marcha lineal hacia un fin unificado que niega la pluralidad constitutiva del mundo. La recuperación del paganismo es, por tanto, una necesidad metapolítica para restaurar la dignidad de lo particular y lo concreto frente a las abstracciones universales.
El orden del mundo requiere una ruptura con la concepción lineal del tiempo que domina la mentalidad occidental desde la influencia monoteísta. El tiempo lineal se percibe como una flecha que se mueve desde un inicio absoluto hacia un fin definitivo, donde cada momento es único pero transitorio, lo cual genera una obsesión por el futuro y un desprecio por el pasado. En este paradigma, el progreso es una obligación moral y técnica que condena a todo lo anterior a la obsolescencia, destruyendo las raíces culturales en el proceso.
Frente a esto, el concepto de tiempo esférico o cíclico se inspira en la idea nietzscheana del eterno retorno de lo mismo. El tiempo no fluye hacia un vacío exterior, sino que se curva sobre sí mismo, formando una totalidad donde el pasado no es algo que ha quedado atrás, sino una dimensión siempre presente que puede ser reactivada. En el tiempo esférico la historia es una sucesión de ciclos de nacimiento, maduración, muerte y renacimiento, lo que permite una visión del mundo basada en la armonía con los ritmos naturales y la recurrencia de las formas.
La metáfora de la esfera explica que todos los puntos de la historia son equidistantes de un centro espiritual. Esto significa que la "tradición" no es la preservación de cenizas, sino la transmisión de un fuego que permanece joven. El pasado es un depósito de posibilidades que el hombre puede elegir para dar forma a su presente; no es un destino ciego, sino una fuente de libertad.
La esfericidad del tiempo implica que el universo es topológicamente cerrado y los eventos pueden repetirse en ciclos de duración determinada. La implicación filosófica es que la muerte no es un fin absoluto, sino parte de un ciclo de renovación donde la identidad colectiva e individual persiste a través de las generaciones. La historia no es un ascenso hacia una perfección futura, sino una serie de patrones que se repiten y que ofrecen lecciones constantes a quienes saben interpretarlos.
Esta visión del tiempo permite rechazar el fatalismo del declive. Si el tiempo es cíclico, incluso en la fase de máxima oscuridad de la Modernidad, existe la promesa de un "nuevo comienzo". La tarea del intelectual es identificar las "semillas" de este nuevo ciclo y preparar el terreno para una nueva aurora de la civilización europea.
La cosmovisión aquí expuesta se manifiesta en una geografía sagrada y política profundamente influenciada por Carl Schmitt, especialmente por su obra El Nomos de la Tierra. Para Schmitt el derecho no nace de un contrato abstracto entre individuos, sino de la tierra, y el Nomos es el orden espacial concreto que surge de la apropiación inicial del suelo (Landnahme), la división del territorio y la edificación de fronteras. Sin una base territorial clara y una distinción entre lo propio y lo ajeno, la ley se convierte en un instrumento de opresión universalista.
La historia mundial puede interpretarse como un enfrentamiento entre potencias telurocráticas (terrestres) y potencias talasocráticas (marítimas). El orden telurocrático está ligado a la estabilidad, la frontera, la comunidad arraigada y la limitación de la guerra; por el contrario, el orden marítimo, ejemplificado históricamente por el Imperio Británico y contemporáneamente por los Estados Unidos, es el orden de lo fluido, lo ilimitado, el comercio global y la anomía (ausencia de ley).
La globalización actual constituye la imposición definitiva del paradigma marítimo sobre la tierra firme. Bajo la hegemonía estadounidense, el mundo se transforma en un espacio liso de flujos de capital y mercancías donde las fronteras son eliminadas y las soberanías nacionales disueltas. En este proceso, la guerra deja de ser una lucha entre Estados iguales con reglas claras (el Ius Publicum Europaeum) para convertirse en una cruzada moral contra el "enemigo injusto", que es criminalizado y despojado de derechos.
La reterritorialización del mundo restaurará la sacralidad del espacio, lo cual implica una defensa de los bloques civilizatorios o grandes espacios (Grossraum), donde la soberanía se ejerce de manera descentralizada y respetuosa con las particularidades regionales. Una Europa federal de las regiones, un imperio de "cien banderas", será capaz de resistir la homogeneización del Occidente liberal y recuperar su destino como centro de civilización independiente.
En el corazón de esta cosmovisión se encuentra una antropología que rechaza la igualdad universal en favor de la pluralidad de identidades. El verdadero racismo no es el que afirma la diferencia, sino el que busca borrarla a través de la asimilación o el multiculturalismo forzado, etnocidio suave que, al mezclar a todos los pueblos en una masa híbrida, termina destruyendo la riqueza de la diversidad humana. Contra la civilización del Occidente que pretende imponer un modelo único de democracia y mercado a todo el planeta, cada comunidad tiene derecho a regirse por sus propios valores y tradiciones.
El sujeto de la política no es el individuo abstracto de la Revolución Francesa, sino el ethnos o pueblo como unidad de cultura, lengua y herencia biológica. La democracia auténtica sólo es posible dentro de una comunidad homogénea donde los ciudadanos comparten un sustrato común de valores que les permite tomar decisiones colectivas significativas.
La propuesta alternativa es la democracia orgánica, un sistema jerárquico y participativo alejado de la representación parlamentaria liberal. En este modelo, el poder emana de los grupos naturales en los que el ser humano está inserto: la familia, el municipio, el gremio y la región. Dicho orden busca erradicar la oligarquía de los partidos políticos y sustituirla por una élite natural surgida del servicio a la comunidad y la excelencia personal.
La recuperación del mito es una cuestión de vida o muerte para la civilización europea. Siguiendo a pensadores como Georges Sorel y Vilfredo Pareto, las sociedades no se movilizan por argumentos racionales o intereses económicos, sino por grandes imágenes míticas que apelan a la voluntad de poder y al sentido de lo sagrado. En una época de nihilismo y desencanto, el mito es la única fuerza capaz de romper la inercia del sistema liberal y provocar una ruptura histórica.
El mito central del Renacimiento europeo invoca la imagen de una Europa despertando de su largo sueño, reconociendo sus raíces indoeuropeas y reclamando su lugar como un polo independiente en un mundo pluripolar. Este proceso requiere una transformación profunda del hombre europeo, el cual debe pasar de ser un consumidor pasivo a un actor histórico consciente de su linaje y su destino.
Como parte de esta cosmovisión mítica, la corriente del arqueofuturismo, desarrollada notablemente por Guillaume Faye, propone un nuevo orden del mundo donde el laboratorio y el templo coexisten y donde la ciencia no se utiliza para negar lo sagrado, sino para potenciar la vida de la comunidad orgánica.
La visión final es la sustitución del orden mundial monista y globalista por un Pluriverso o sistema internacional basado en la coexistencia de múltiples civilizaciones autónomas, cada una regida por su propio Nomos y su propia verdad mítica. Este orden rechaza la idea de una "historia universal" única y abraza la idea de historias paralelas que interactúan sin anularse.
En este Pluriverso, Europa se concibe como un puente entre Eurasia y el resto del mundo, aliada con otras potencias regionales para contrarrestar la hegemonía unipolar. Es un orden del mundo fundamentado en la geofilosofía: la idea de que el pensamiento y el derecho deben estar siempre vinculados a la tierra y al pueblo que la habita.
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