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miércoles, 8 de abril de 2026

COSMOVISIÓN MÍTICA Y ORDEN DEL MUNDO


La noción de cosmovisión, derivada del neologismo alemán Weltanschauung, representa la estructura fundamental mediante la cual una cultura, sociedad o individuo interpreta el universo y define su lugar dentro de él. Etimológicamente, el término amalgama el concepto griego de Cosmos, que alude al ordenamiento armónico de la realidad, y el vocablo latino visio, referido al acto de contemplar o percibir. Fue el filósofo Wilhelm Dilthey quien, a finales del siglo XIX, formalizó esta categoría para designar la mirada integral que un pueblo desarrolla sobre la naturaleza humana y la realidad circundante, integrando dimensiones espirituales, políticas y existenciales en un todo coherente. Una cosmovisión es el marco de creencias que permite reconocer la realidad a partir de la propia existencia y los presupuestos culturales heredados.
En el núcleo de toda cosmovisión reside el rechazo intrínseco de la psique humana al caos mental y existencial. La mente humana aborrece lo indeterminado y lo azaroso, prefiriendo cualquier sistema de orden, por complejo o paradójico que resulte, a la incertidumbre del sinsentido. El Cosmos es, por definición, preferible al caos, y la mayoría de las sociedades aceptan el orden tal como les es entregado a través de su tradición cultural para evitar el enfrentamiento directo con el vacío. En este contexto, la cosmovisión mítica emerge como el estadio primordial de la conciencia, proporcionando una narrativa sagrada que transforma el entorno hostil en un escenario significativo y habitable.
La cosmovisión mítica se distingue por una forma particular de pensamiento social: el pensamiento mítico, el cual genera historias consideradas verdaderas por la sociedad que las crea porque lo sagrado constituye para ellos la verdad última. El mito es una historia sagrada que relata acontecimientos ocurridos en el tiempo primordial, revelando cómo una realidad (ya sea el Cosmos, la vida o una institución social) vino a la existencia gracias a la intervención de seres sobrenaturales. Mientras que el sujeto moderno se define como el resultado de procesos históricos, el hombre con pensamiento mítico se reconoce como el resultado de eventos fundacionales que otorgan sentido a su presente y le proporcionan modelos de conducta ejemplares.
El pensamiento mítico opera bajo una lógica cualitativa y afectiva que precede y trasciende la razón discursiva y el lenguaje científico. Este sistema interpretativo apela a la intervención de fuerzas sobrenaturales para explicar fenómenos que, de otro modo, resultarían incomprensibles o aterradores, como catástrofes naturales o movimientos astronómicos. En lugar de leyes físicas impersonales, el mito introduce una voluntad divina o heroica, dotando a la Naturaleza de una personalidad y una intencionalidad que permiten al ser humano entablar un diálogo con lo desconocido.
Un aspecto central de esta cosmovisión es el pensamiento simbólico, el cual es consustancial al ser humano y permite abolir la fragmentación de la existencia. El símbolo es una condensación expresiva donde lo particular y lo material contienen lo general y lo trascendente. A través del símbolo el mundo se vuelve habitable y la realidad adquiere un estatuto ontológico superior; allí donde aparece un símbolo, el tiempo profano se detiene y la existencia se reorienta hacia su centro. Esta capacidad de simbolizar permite al ser humano integrar lo "diferente" y otorgarle un valor dentro de un sistema de significaciones.
El lenguaje mítico es, por naturaleza, figurado y metafórico. La metáfora permite emprender viajes cognitivos y espirituales más allá de las categorías de la definición racional, revelando la esencia de las cosas donde la razón sólo ve accidentes. En esta dinámica, la imaginación no se opone a la realidad, sino que la instaura y la nutre, permitiendo conciliar la razón con la emoción y la incertidumbre. La persistencia de estas figuras simbólicas a lo largo de la historia sugiere que forman parte de una estructura permanente de la conciencia humana, funcionando como arquetipos o imágenes guía que conectan la realidad primordial con la existencia cotidiana.
La transición de lo informe a lo ordenado constituye el tema central de todas las cosmogonías conocidas. El caos se presenta comúnmente como una materia primigenia, desordenada e ilimitada que precede a la intervención creadora. En el pensamiento griego, Khaos alude etimológicamente a un "bostezo" o un resquicio inmenso, una apertura sin fondo que representa el estado absoluto de potencialidad antes de que aparezcan las formas delimitadas.
En la mitología de Hesíodo, el Caos es la primera divinidad que surge, entendiéndose en referencia a Gea (la Tierra) y Eros (el deseo creador). Esta imagen del vacío remite a un movimiento puro y continuo que no puede ser completamente determinado ni controlado por la ley. En el poema babilónico Enuma Elish este estado inicial se personifica en las aguas primordiales de Tiamat y Apsu, cuya unión genera la primera genealogía divina antes de que se establezca un orden cósmico definitivo.
La cosmogonía egipcia propone una visión similar a través del concepto de Nun, un Océano infinito y oscuro que contenía todos los elementos del Cosmos en un estado de dispersión caótica. Sólo cuando la conciencia divina emerge (encarnada en Ra) y se llama a sí misma comienza el proceso de diferenciación que da lugar al cielo (Shu), la humedad (Tefnut) y la tierra seca. En estas tradiciones, el caos es una materia ingente y no determinada que ofrece resistencia a la forma y que, en algunos casos, persiste como un fondo abismal sobre el cual se asienta la realidad.
La Creación consiste fundamentalmente en el acto de separar y nombrar. El Cosmos surge cuando se introducen distinciones en la masa indiferenciada: el día de la noche, el agua del suelo, el cielo de la tierra. En el Génesis bíblico, el Espíritu de Dios se cierne sobre el abismo y las tinieblas antes de proferir la palabra creadora: "Hágase la luz". Aquí, la palabra actúa como el instrumento de ordenamiento por excelencia, transformando la confusión en estructura.
Esta dialéctica implica que el orden es un proceso dinámico de perfeccionamiento. En la cosmovisión griega, el Universo progresa de lo desconocido y menos ordenado hacia lo más complejo y perfeccionado. Sin embargo, la tensión entre hybris (desmesura, alteración del orden) y diké (justicia, norma) persiste como una fuerza constante en la existencia cósmica. El caos no desaparece tras la Creación; se mantiene como chora, el locus o receptáculo que siempre está "entre" lo confuso y lo vacío, dando lugar al Cosmos sin ser nunca absorbido por él.
La obra de Mircea Eliade resulta indispensable para comprender cómo el pensamiento mítico estructura la experiencia del espacio y del tiempo, estableciendo una dicotomía radical entre lo sagrado y lo profano. Lo sagrado es aquello que se manifiesta como una realidad de un orden totalmente diferente a las realidades naturales, una ruptura en el tejido de la existencia ordinaria que revela el Ser. Para el homo religiosus, habitar el mundo significa vivir en un Cosmos ordenado, lo cual solo es posible si se establece un centro sagrado que sirva de referencia absoluta.
Para la cosmovisión mítica, el espacio no es homogéneo ni neutro. Existen lugares cualitativamente diferentes donde se han producido "hierofanías", es decir, manifestaciones de lo sagrado que consagran un punto geográfico. Esta ruptura en la homogeneidad del espacio profano permite la fundación de un mundo, pues proporciona un punto fijo desde el cual el caos circundante comienza a organizarse y a adquirir sentido.
El símbolo supremo de este ordenamiento es el Axis Mundi o eje del mundo. Este pilar cósmico conecta las tres regiones fundamentales: el Cielo, la Tierra y el Inframundo. Se representa a menudo como una montaña sagrada, un árbol o una columna que perfora los niveles de la realidad y permite la comunicación con los dioses. Toda ciudad, templo o vivienda tradicional se concibe como una reproducción de este centro, transformando el lugar de residencia en un microcosmos que repite el acto de la creación divina.
La construcción de un espacio sagrado se inicia con un ritual de orientación que busca separar lo consagrado de lo profano. En la arquitectura sagrada antigua, como en Egipto o la India, cada palacio o templo era un centro donde el mundo celeste y el terrestre se encontraban. Este deseo de vivir en el centro expresa el anhelo ontológico de estar lo más cerca posible de la Divinidad y de la fuente original de la realidad.
De manera análoga al espacio, el tiempo para el pensamiento mítico no es una sucesión lineal y homogénea de momentos. Existe un tiempo sagrado, reversible y circular, que se distingue del tiempo profano o duración ordinaria. El tiempo profano es el escenario del desgaste, la historia y la muerte; el tiempo sagrado es el illud tempus, el tiempo fabuloso de los comienzos donde tuvo lugar la creación.
Mediante la celebración de ritos y la recitación de mitos, el hombre tradicional "sale" del tiempo profano y reintegra el tiempo primordial. Este acto de reactualización es una experiencia ontológica en la que el individuo se vuelve contemporáneo de los dioses y los héroes. El concepto del "Eterno Retorno" implica que la vida humana se valida únicamente mediante la repetición de gestos arquetípicos realizados por seres sobrenaturales.
Este ciclo temporal se manifiesta con especial claridad en los rituales de Año Nuevo. Con cada nuevo ciclo, el tiempo se agota y el mundo se desgasta, por lo que es necesario abolir el pasado y recrear el Cosmos ab initio. Al repetir el mito cosmogónico, el tiempo se regenera y la sociedad recupera la pureza y la fuerza del momento inicial de la Creación. El hombre mítico, por tanto, rechaza la irreversibilidad de la historia y busca refugio en un presente eterno donde el sentido está garantizado por el orden divino inmutable.
El Popol Vuh, o Libro del Consejo, constituye la fuente primordial para comprender la cosmovisión del pueblo maya-quiché. Este texto relata el origen del mundo y la civilización a través de una narrativa que enfatiza la Creación como un proceso iterativo, dialéctico y no exento de errores divinos. En la mitología maya, la Creación no es un acto instantáneo y perfecto, sino una serie de intentos que buscan alcanzar un ser capaz de sostener el orden cósmico mediante la veneración y el sustento de los dioses.
El relato comienza con una descripción del estado primordial de quietud: no había nada dotado de existencia, sólo el mar en calma y el cielo en toda su extensión, envueltos en la oscuridad y el silencio. De este vacío emergen los dioses Tepeu y Gucumatz, quienes mediante la palabra conferenciaron para hacer surgir la tierra de las aguas y poblarla de vida. Sin embargo, la creación de los animales resultó insuficiente, pues estas criaturas no poseían la capacidad de hablar ni de invocar a sus creadores. El proceso de creación del ser humano atravesó tres fases fallidas antes de alcanzar la perfección:
1. El hombre de barro: Los dioses intentaron modelar al hombre a partir del lodo, pero estas criaturas carecían de consistencia; se deshacían con la lluvia, no tenían entendimiento y su vista era nublada. Fueron destruidas por su incapacidad para multiplicarse y adorar.
2. El hombre de madera: En el segundo intento, se construyeron seres de madera que podían hablar y tener descendencia, pero no poseían alma ni memoria de sus hacedores. Al carecer de sentimientos y de "Corazón del Cielo", fueron aniquilados por una lluvia negra y resina, mientras que sus propios animales y objetos domésticos se rebelaron contra ellos.
3. El hombre de maíz: Tras el fracaso de los intentos anteriores, los dioses utilizaron el maíz blanco y amarillo (descubierto por animales mensajeros) como la sustancia sagrada para formar la carne de los primeros cuatro hombres reales: Balam Quitzé, Balam Akab, Mahucutah e Iqui Balam.
Estos seres de maíz poseían una sabiduría tan vasta y una visión tan clara que alcanzaban a ver y comprender todo lo que existía en el Universo. Ante el temor de que sus criaturas se igualaran a ellos, los dioses "soplaron niebla" sobre sus ojos, limitando su visión a lo que estaba cerca de ellos, estableciendo así la distancia definitiva entre lo humano y lo divino.
La cosmovisión maya se rige por el principio de la dualidad: luz y oscuridad, vida y muerte, arriba y abajo. Esta estructura se personifica en las hazañas de los héroes gemelos Hunahpú e Ixbalanqué, quienes descienden al Inframundo (Xibalbá) para vengar a sus ancestros y derrotar a los señores de la muerte mediante la astucia y el sacrificio. Su victoria no implica la desaparición del mal, sino la restauración del equilibrio cósmico.
El renacimiento de los gemelos transformados en cuerpos celestes (el Sol y la Luna) instaura el orden del tiempo actual y proporciona la base para la legitimación política de los linajes reales quichés, quienes se presentan como herederos directos de estos seres míticos. Para el maya, la agricultura, la política y la religión son una sola realidad tejida en el ciclo del maíz.
Claude Lévi-Strauss revolucionó el estudio de la mitología al proponer que el mito no debe analizarse por su contenido anecdótico, sino por su estructura lógica subyacente. Desde la perspectiva estructuralista, el mito funciona como un lenguaje que opera en un nivel de abstracción muy elevado, permitiendo a la mente humana organizar la experiencia mediante oposiciones binarias.
La función principal del mito en una sociedad no es utilitaria ni histórica, sino intelectual: proporcionar un modelo lógico para resolver o mitigar contradicciones estructurales que son insuperables en la realidad material. El pensamiento humano percibe el mundo a través de dualismos fundamentales: naturaleza frente a cultura, crudo frente a cocido, vida frente a muerte. El mito toma estos polos opuestos e introduce "términos mediadores" que permiten transigir con la disonancia cognitiva y social.
Lévi-Strauss sostiene que la significación de un mito no reside en sus elementos aislados, sino en la manera en que éstos se combinan y se transforman. Un mito nunca existe de forma aislada; es parte de un sistema de transformaciones donde cada versión es tan válida como la anterior. Al comparar diferentes mitos dentro de una cultura o entre culturas vecinas, es posible descubrir la gramática inconsciente que rige el orden social.
En su obra, Lévi-Strauss asimila el estudio de los mitos al de una sinfonía, sugiriendo que la mitología y la música son "hermanas generadas por el lenguaje" que siguen caminos diferentes para estructurar el sentido. El mito aúna la dimensión sincrónica (la estructura permanente) con la diacrónica (el relato histórico o contingente), operando como un mediador entre el tiempo de los hombres y la eternidad de los principios lógicos.
Un ejemplo clásico de este análisis es el de la Gesta de Asdiwal, donde Lévi-Strauss demuestra cómo el relato organiza oposiciones geográficas (este-oeste), cosmológicas (alto-bajo) y económicas (hambre-saciedad) para dar sentido a las tensiones de la organización social Tsimshian. El mito no intenta explicar un fenómeno natural por curiosidad científica, sino que utiliza el fenómeno natural como un código para expresar verdades de orden lógico y relacional.
Joseph Campbell sintetizó la riqueza de la mitología comparada identificando cuatro funciones esenciales que los mitos cumplen en cualquier sociedad, independientemente de su grado de desarrollo tecnológico. Estas funciones aseguran que la cosmovisión no sea solo un marco intelectual, sino una guía para la vida.
1. Función mística: El mito abre el mundo a la dimensión del misterio y el asombro. Su objetivo es despertar en el individuo un sentimiento de conexión con lo inefable, permitiendo que la conciencia trascienda las limitaciones de la definición racional. A través de la metáfora, el mito facilita un encuentro con lo que Campbell llama "la esencia", sugiriendo que el individuo y el mundo son uno.
2. Función cosmológica: Esta función proporciona una imagen del Universo coherente y ordenada. El mito explica cómo funciona el mundo y cuál es el lugar del hombre en él, asegurando que el entorno no se perciba como un caos azaroso, sino como un sistema significativo respaldado por la voluntad divina o natural.
3. Función sociológica: El mito valida y sustenta un orden moral y social específico. Justifica las normas, las jerarquías y las costumbres de la comunidad, presentándolas como parte de un diseño trascendente. De este modo, el mito fomenta la cohesión del grupo y proporciona una base ética indiscutible para la convivencia.
4. Función pedagógica: Quizás la más crucial en la vida individual, esta función guía al ser humano a través de los diversos estadios y crisis de la existencia, desde la infancia hasta la vejez y la muerte. El mito ofrece mapas para la transformación psicológica, ayudando a las personas a comprender los desafíos de su desarrollo interior como parte de un viaje heroico universal.
Para Campbell, la pérdida de estas funciones en la sociedad moderna genera una sensación de alienación y vacío. Sin embargo, los temas mitológicos fundamentales (como el héroe resucitado o el nacimiento virgen) persisten en todas partes, apareciendo en nuevas combinaciones que demuestran la unidad psíquica de la humanidad.
El surgimiento de la filosofía en la antigua Grecia, tradicionalmente situado en el siglo VI a.C. con los filósofos jonios, se ha descrito históricamente como el "paso del mythos al logos". Este desplazamiento marca el nacimiento de la razón occidental y la ciencia, pero la naturaleza de este cambio ha sido objeto de profundos debates académicos que confrontan las ideas de ruptura radical frente a las de continuidad evolutiva.
Filólogos como John Burnet y Wilhelm Nestle sostuvieron que la filosofía surgió como una mutación intelectual repentina y exclusiva del genio griego, sin conexión con otras tradiciones culturales. Según esta visión, el logos se habría liberado del mythos de manera definitiva, sustituyendo las narraciones fantásticas y antropomórficas por explicaciones lógico-causales basadas en la observación sistemática de la Naturaleza (physis). En esta perspectiva, el nacimiento de la filosofía es visto como una "epifanía de la razón" que eliminó la influencia de las cosmovisiones orientales para instaurar un pensamiento puramente positivo.
En oposición a la tesis de la ruptura, autores como Francis Cornford y Jean-Pierre Vernant demostraron que existe una vinculación directa entre la estructura lógica del pensamiento mítico y las primeras especulaciones racionales. Cornford argumentó que la primera filosofía no fue una ruptura abrupta, sino una traducción del pensamiento mítico a términos abstractos; por ejemplo, el concepto de arché (primer principio) en Tales de Mileto conserva la estructura de los elementos primordiales de las cosmogonías de Homero y Hesíodo.
Vernant profundizó en este análisis al señalar que el nacimiento del logos fue posible gracias a una serie de transformaciones sociopolíticas en Grecia:
1. La invención de la Polis: La ciudad-Estado creó un nuevo espacio público donde la palabra se convirtió en un instrumento de debate y persuasión, desplazando el secreto de los rituales religiosos.
2. Ausencia de una casta sacerdotal: La inexistencia de una jerarquía encargada de custodiar la ortodoxia permitió una mayor libertad para cuestionar los mitos tradicionales y proponer nuevas explicaciones.
3. La democratización del saber: La filosofía nació con el afán de divulgar el conocimiento, transformando la sabiduría de un misterio revelado en un discurso racional accesible a todos los ciudadanos.
En consecuencia, el logos no aparece como el opuesto absoluto del mythos, sino como una racionalización del mismo. La filosofía griega heredó las preguntas globales sobre el origen del Universo y la justicia, pero limitó el dominio de la fantasía para buscar las leyes inmanentes que rigen la Naturaleza.
A pesar del predominio del pensamiento científico y tecnológico, la cosmovisión mítica no ha desaparecido de la cultura contemporánea. Lo sagrado, según Eliade, es una estructura permanente de la conciencia humana que simplemente cambia de máscara o se camufla en actividades aparentemente profanas. En el siglo XXI, el mito continúa operando como un motor de sentido en la política, el arte y la vida social.
Las ideologías contemporáneas a menudo funcionan bajo estructuras míticas. El nacionalismo, el comunismo y el fascismo han sido estudiados como "religiones seculares" que proponen una historia ejemplar del grupo, identifican enemigos sagrados y prometen una salvación escatológica. En la política actual, el populismo utiliza narrativas míticas para dividir el mundo entre un "pueblo puro" y una "élite corrupta", empleando la posverdad para crear un universo artificial que resuene emocionalmente con la masa.
Esta persistencia se observa en la "necrofilia política", el amor por ideas muertas y fracasadas que son revividas mediante retóricas carismáticas que apelan a la intuición y al sentimiento de comunidad por encima de la lógica racional. El líder autocrático asume a menudo el rol del héroe mítico que viene a restaurar el orden perdido frente a un caos imaginario.
El cine se ha consolidado como el gran depósito de la mitología moderna. Autores como Adorno y Horkheimer señalaron que la industria cultural produce mitos de manera masiva para estabilizar el sistema social, mientras que Walter Benjamin vio en el cine un potencial espacio emancipador. El espacio cinematográfico funciona como un lugar especial de diálogo con la subjetividad colectiva y la memoria de la sociedad.
En la Postmodernidad, el agotamiento de las narrativas históricas ha llevado a una proliferación de remakes, secuelas y distopías que reciclan arquetipos clásicos. Películas como In the Mood for Love o videojuegos como Elden Ring exploran temas de destino, sacrificio y la búsqueda de sentido en mundos fragmentados, actuando como rituales contemporáneos donde el espectador puede experimentar la trascendencia de forma vicaria.
La necesidad de un "centro" o Axis Mundi sigue presente en la arquitectura y el urbanismo modernos. Los estadios de fútbol, los rascacielos o los monumentos nacionales operan como puntos de congregación ritual donde la sociedad celebra sus valores fundamentales. Aunque el hombre moderno se considere arreligioso, su existencia sigue plagada de símbolos: desde la gastronomía como camino de autoconocimiento hasta la sacralización de la tecnología y la inteligencia artificial.
En definitiva, la cosmovisión mítica y el orden del mundo no son reliquias del pasado. El pensamiento simbólico continúa siendo la herramienta más adecuada para abordar los "misterios profundos de la vida" y establecer vínculos entre la realidad primordial y la existencia cotidiana. El ser humano sigue siendo un creador de mundos que busca en el mito la respuesta al porqué y al para qué de su presencia en el Cosmos.

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