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martes, 14 de abril de 2026

LOS PRESOCRÁTICOS: SER, NATURALEZA Y CAMBIO

El surgimiento del pensamiento filosófico en la antigua Grecia representa una transformación radical en la estructura misma de la conciencia y en el modo en que el sujeto se relaciona con la totalidad de lo real. Este proceso, tradicionalmente definido como el paso del mythos al logos, se manifiesta como el abandono gradual de las narrativas cosmogónicas de carácter poético y sagrado en favor de una indagación racional, sistemática y crítica sobre el fundamento último de la Naturaleza o physis. Durante el siglo VI a.C., en las periferias del mundo helénico, específicamente en las prósperas ciudades de Jonia y la Magna Grecia, se gestó una nueva forma de interrogación que sentaría las bases de la ontología, la física y la epistemología occidentales.

Para comprender la magnitud de la revolución presocrática es preciso analizar la función que el mito desempeñaba en la sociedad griega arcaica. El mito era un relato sagrado acontecido en un tiempo remoto que proporcionaba una explicación total de los fenómenos naturales, las normas morales y las tradiciones sociales. En el sistema mítico, la realidad era el escenario de la voluntad arbitraria de deidades antropomórficas; así, el rayo se interpretaba como el castigo de Zeus, las tormentas como la ira de Poseidón y los ciclos agrícolas como el estado emocional de Deméter. Esta estructura de pensamiento presentaba una limitación insalvable para el desarrollo del conocimiento científico: si los fenómenos dependen del capricho divino, la Naturaleza es intrínsecamente imprevisible y carece de leyes estables.

El nacimiento del logos supuso la exigencia de encontrar una necesidad interna en los procesos naturales. El término logos, que abarca acepciones como palabra, razón, ley y proporción, designa una racionalidad inmanente que ordena el Cosmos y que puede ser aprehendida por el intelecto humano. Este cambio de paradigma fue propiciado por un contexto sociopolítico único. En las colonias jónicas, la ausencia de una casta sacerdotal dogmática, el auge del comercio marítimo y el contacto con civilizaciones como la egipcia y la babilónica fomentaron un espíritu de observación crítica y una flexibilidad mental desconocida en las metrópolis. La polis, al exigir leyes escritas y debates públicos, habituó al ciudadano griego a la argumentación lógica y a la búsqueda de principios universales aplicables a la diversidad de los casos.

La crítica de Jenófanes de Colofón al antropomorfismo tradicional ilustra este desprendimiento de la mitología. Al señalar que los hombres representan a los dioses a su imagen y semejanza, y que si los animales tuvieran deidades éstas tendrían rasgos animales, Jenófanes sentó las bases para una comprensión más abstracta y racional de lo divino, vinculándolo a la unidad y al orden del Universo más que a las pasiones humanas.

La filosofía se inaugura formalmente en la ciudad de Mileto con un grupo de pensadores interesados en la physis, término que los griegos utilizaban para designar tanto la totalidad de los entes como el modo de ser de los mismos, su esencia dinámica que brota y crece. El objetivo primordial de los milesios fue la identificación del arché, concepto que Aristóteles definió como el punto de partida, la causa motriz y el sustrato permanente en el cual todas las cosas consisten y al cual retornan tras su corrupción.

Tales de Mileto, tradicionalmente considerado el primer filósofo, propuso que el agua es el arché de todas las cosas. Esta afirmación debe entenderse como un intento de hallar una unidad sustancial detrás de la multiplicidad fenoménica. Tales observó que la naturaleza de todas las cosas es húmeda: el alimento es jugoso, las semillas son de naturaleza húmeda y el calor mismo parece surgir de la humedad. Al postular que la Tierra flota sobre el agua como un leño, Tales ofreció la primera explicación física de los terremotos, alejándose de la intervención divina.

Un aspecto fundamental de su pensamiento es el hilozoísmo, la creencia de que la materia está dotada de vida y movimiento propio. Al afirmar que "todo está lleno de dioses", Tales divinizaba la propia Naturaleza, sugiriendo que la fuerza vital es intrínseca a la materia y no un añadido exterior. Este enfoque eliminó la necesidad de buscar causas sobrenaturales para el cambio, situando la explicación dentro del ámbito de la observación natural.

Anaximandro, discípulo de Tales, realizó un avance conceptual significativo al argumentar que el principio original no podía ser ninguno de los elementos conocidos (agua, aire, fuego o tierra), ya que estos poseen cualidades definidas y opuestas. Si el arché fuera el agua, su naturaleza húmeda habría extinguido al fuego hace mucho tiempo. Por lo tanto, propuso el ápeiron: lo indeterminado, ilimitado e infinito. El ápeiron es concebido como una masa primordial, eterna e indestructible que abarca y gobierna todo el Universo y de la cual se segregan los contrarios (calor/frío, seco/húmedo) para formar los mundos.

Anaximandro introdujo una noción de ley natural modelada a partir de la justicia social. En el único fragmento que se conserva de su obra afirma que las cosas pagan unas a otras "justa retribución por su injusticia" según el orden del tiempo. Esta "injusticia" consiste en el predominio temporal de un contrario sobre otro (por ejemplo, el calor en verano); el retorno al ápeiron restablece el equilibrio. Asimismo, su cosmología anticipó intuiciones evolutivas al sugerir que los seres humanos descienden de los peces, habiendo surgido originalmente de la humedad calentada por el Sol.

Anaxímenes, el último de los grandes milesios, buscó una síntesis entre la concreción de Tales y la infinitud de Anaximandro. Propuso el aire como el arché, identificándolo con el aliento (pneuma) que mantiene la cohesión del Cosmos, del mismo modo que el alma mantiene unido al cuerpo humano. Su contribución técnica más relevante fue el descubrimiento de un mecanismo físico para explicar cómo la unidad del principio se transforma en la multiplicidad de las sustancias: la rarefacción y la condensación.

Mediante la rarefacción, el aire se calienta y se convierte en fuego; mediante la condensación, se enfría y se transforma sucesivamente en viento, nubes, agua, tierra y finalmente en piedra. Este modelo es pionero en la historia de la ciencia al postular que las diferencias cualitativas entre las cosas son, en última instancia, el resultado de diferencias cuantitativas de densidad, un principio fundamental de la física.

Mientras los milesios se centraban en la materia primordial, Heráclito de Éfeso orientó su reflexión hacia la estructura misma del cambio. Para Heráclito, la característica esencial de la realidad es el movimiento incesante: panta rei, todo fluye. Su famosa metáfora del río ("no podemos bañarnos dos veces en el mismo río") subraya que tanto el objeto como el sujeto de la experiencia están en constante transformación; la identidad es una construcción mental sobre un proceso fluido.

Heráclito postuló que la unidad del mundo surge de la lucha de fuerzas contrapuestas (pólemos). La realidad es una tensión constante entre opuestos que se necesitan mutuamente para existir: no conoceríamos la salud sin la enfermedad, ni la luz sin la oscuridad. Esta lucha es una "armonía de tensiones opuestas", similar a la que permite el funcionamiento del arco o la lira; si las cuerdas no tiraran en direcciones contrarias, no habría sonido ni movimiento.

El fuego es el elemento que mejor simboliza este proceso, pues es una sustancia que vive de la destrucción de otras, transformándose constantemente y manteniéndose igual a sí misma a través del cambio. Sin embargo, este flujo está regido por el Logos, una razón universal inmanente que ordena el devenir "según medidas". Heráclito criticó duramente a aquellos que viven "como si tuvieran una inteligencia privada", ignorando el Logos común que rige la totalidad de lo real y que puede ser descubierto a través de la autoconciencia y la observación profunda de la Naturaleza.

En abierta contradicción con el heracliteísmo, Parménides de Elea fundó una tradición ontológica que niega la posibilidad misma del cambio y la multiplicidad. En su poema filosófico, Parménides describe un tránsito místico donde una diosa le revela que la única vía de conocimiento verdadero es la afirmación radical de que "el Ser es y el No-Ser no es".

A partir del principio de identidad, Parménides deduce racionalmente las características del Ser:

1. Ingénito e imperecedero: El Ser no pudo haber nacido, pues tendría que haber surgido del No-Ser, lo cual es imposible e impensable.

2. Inmutable y único: El cambio implicaría que el Ser deje de ser algo para pasar a ser otra cosa, introduciendo el No-Ser en su estructura. Dado que el No-Ser no existe, el cambio es una ilusión de los sentidos.

3. Compacto e indivisible: No hay vacío (No-Ser) que pueda separar al Ser; este es una unidad continua y sólida.

4. Perfecto y limitado: Parménides describe al Ser como una esfera perfecta, equilibrada desde el centro, pues para el pensamiento griego lo limitado es signo de perfección y completitud.

Esta postura generó una ruptura epistemológica sin precedentes: la razón (logos) nos dice que el Ser es uno e inmóvil, mientras que los sentidos nos muestran un mundo de pluralidad y movimiento. Para Parménides, los sentidos son una vía engañosa que sólo produce opinión (doxa), y el filósofo debe seguir exclusivamente el camino de la razón pura.

El desafío de Parménides paralizó la física monista, pues si el ser no puede cambiar, la ciencia de la Naturaleza se vuelve imposible. Los pensadores posteriores, conocidos como los pluralistas, buscaron una solución intermedia: aceptaron que el Ser básico es eterno e inmutable, pero postularon que la realidad está compuesta por una multiplicidad de tales seres que, al mezclarse y separarse, generan la apariencia de cambio.

Empédocles de Agrigento propuso que el Universo está formado por cuatro elementos eternos: tierra, agua, aire y fuego, a los que llamó "raíces de todas las cosas". Estas raíces no nacen ni mueren, cumpliendo con la exigencia parmenídea de permanencia. Sin embargo, el movimiento es posible gracias a la acción de dos fuerzas cósmicas: el Amor (Filía), que tiende a unir los elementos, y el Odio (Neikos), que tiende a separarlos. El mundo físico es el resultado de un ciclo eterno donde estas fuerzas predominan alternativamente, permitiendo la generación y corrupción de los seres individuales sin que la sustancia básica se altere.

Anaxágoras de Clazomene llevó el pluralismo a su extremo al afirmar que existen infinitas semillas (spérmata) de todas las cosas, y que "en cada cosa hay una parte del todo". Lo que percibimos como una sustancia concreta (por ejemplo, madera) es simplemente un agregado donde las semillas de madera son mayoritarias, aunque contenga partículas de carne, oro o agua.

Para explicar cómo el caos inicial de semillas se transformó en un Cosmos ordenado, Anaxágoras introdujo el Nous (Mente o Inteligencia Universal). El Nous es una sustancia espiritual, separada y purísima que impuso un movimiento de rotación a la materia, iniciando el proceso de diferenciación. Aunque su función en Anaxágoras sigue siendo predominantemente mecánica, este concepto abrió el camino para las futuras explicaciones teleológicas de la realidad.

La respuesta más radical al problema de los eleáticos fue el atomismo. Leucipo y Demócrito postularon que la realidad está constituida por infinitas partículas indivisibles, invisibles y sólidas llamadas átomos, que se mueven en el vacío. Cada átomo posee las características del ser de Parménides: es eterno, inmutable y único en su esencia.

La gran innovación del atomismo fue la afirmación de la existencia real del vacío, identificado con el No-Ser en un sentido físico, el cual permite el movimiento y la pluralidad. Los objetos del mundo sensible surgen por el choque y la agregación azarosa de átomos, cuyas diferencias sólo son de forma, orden y posición. Esta visión representa la culminación del pensamiento materialista presocrático, eliminando cualquier rastro de finalidad o intervención divina en la Naturaleza.

El recorrido desde el agua de Tales hasta los átomos de Demócrito describe una evolución desde el pensamiento concreto hacia la abstracción matemática y lógica. Los presocráticos transformaron la physis de un escenario de mitos en un objeto de estudio regido por leyes necesarias. Al buscar el arché no sólo descubrieron la materia, sino que fundaron la metafísica al interrogarse por el sentido del Ser y la posibilidad del conocimiento humano ante el cambio incesante.

Este período concluye con la transición hacia el interés antropológico de los sofistas y Sócrates, pero deja como legado irrenunciable la convicción de que el Universo es un Cosmos: un todo ordenado y racionalmente inteligible. La tensión entre el ser inmutable y el devenir perpetuo continúa siendo el motor de la filosofía occidental, demostrando que las preguntas planteadas en las costas de Jonia hace 2600 años siguen siendo el fundamento de nuestra comprensión del mundo.



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