martes, 1 de abril de 2025

La Diosa como Presencia: ontología y manifestación


La teología de la Diosa Madre parte de una afirmación fundamental y no negociable: Diosa no es un concepto, una idea ni una proyección simbólica, sino una Presencia real, continua y operante en la totalidad de lo existente. Esta Presencia no se circunscribe a un lugar, a un tiempo ni a una forma fija. Es ontológica, es decir, pertenece al modo mismo de ser de la realidad.

Decir que la Diosa es Presencia significa que no está fuera del mundo, sino dentro de él. No es una entidad trascendente que rige desde fuera, sino una realidad inmanente que se manifiesta en y a través de la Creación. En cada criatura, en cada forma, en cada proceso vital y cósmico, Ella está presente no como símbolo, sino como fundamento y sustancia del ser.

Negar esta presencia equivale a separar lo divino de lo real, lo sagrado de lo viviente, el espíritu del cuerpo. La teología de la Diosa, en cambio, reconoce lo sagrado como constitutivo de lo creado. No hay una dualidad esencial entre materia y Divinidad: todo lo que existe participa de Su Ser.

El mundo no es un escenario ni una creación ex nihilo: es el Cuerpo viviente de la Diosa. Las montañas, los mares, los bosques, los animales, los seres humanos y los elementos no están “en” la Diosa como objetos en un contenedor: son la Diosa en su expresión plural.

La materia no es caída ni corrupta: es sagrada. El cuerpo de la Diosa no está en los Cielos sino aquí, en cada estructura viva, en cada forma orgánica, en cada piedra, en cada célula, en cada ciclo de transformación. Por eso, toda agresión a la Tierra, al cuerpo o a la vida es una profanación directa del Cuerpo divino.

El mundo no solo es Cuerpo: también es Ritmo, y ese ritmo es el aliento de la Diosa. La alternancia del día y la noche, el curso de las estaciones, los ciclos de la Luna, los latidos del corazón, el flujo menstrual, el crecimiento de las plantas, el sueño y la vigilia, la vida y la muerte: todo responde a un ritmo profundo, universal y constante.

Este ritmo no es mecánico ni aleatorio: es signo de la respiración divina. Por eso, aprender a reconocer los ritmos del cuerpo y de la Tierra y sincronizarse con ellos no es una cuestión de bienestar, sino un acto teológico. Quien vive fuera del ritmo, vive fuera de la Presencia.

La Diosa habla. Su voz no pertenece al lenguaje humano, pero puede ser escuchada en múltiples registros: en el canto de un ave, en el sueño, en la revelación interior, en las formas de la Naturaleza, en los procesos del cuerpo, en los símbolos universales, en las visiones del trance o en la intuición silenciosa.

Esta voz no está restringida a lo perceptible. También resuena en lo invisible: en los arquetipos, en los sueños, en las corrientes profundas de la conciencia. Su palabra no es un mandato: es una vibración que ordena la vida sin imponerla, una voz que no se oye con los oídos, pero que se reconoce con el alma.

La Diosa es Presencia absoluta, y todo lo que existe participa de esa Presencia. Ella no habita fuera de lo creado, sino que se encarna en lo creado como cuerpo, ritmo y voz. Su Cuerpo es el mundo, su aliento es el ritmo vital que sostiene todo y su voz habla en cada forma de lo real, visible o no.

Reconocer su Presencia es el acto fundamental de toda espiritualidad auténtica. No hay que buscarla en lo lejano ni en lo celestial, sino en la carne del mundo, en el pulso de la vida y en la escucha interior. Allí, y solo allí, puede comenzarse a vivir bajo el signo de la Divinidad real, presente y total.

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