La idea de que existe un “querer auténtico” que solo se ve impedido por el miedo es típica de una antropología liberal e individualista, que presupone que cada individuo tiene en sí mismo un núcleo de deseo verdadero que se liberaría si se eliminaran las restricciones externas (miedo, coacción, autoridad). Esta concepción reduce al hombre a un ente desarraigado cuyo fin es la autorrealización psicológica.
El temor no es simplemente un obstáculo, sino un elemento estructurante de la existencia humana. El miedo a la muerte, al fracaso y a la exclusión social no son accidentes que se podrían “suprimir” sin alterar la condición humana, sino dimensiones esenciales que nos orientan hacia lo común, lo simbólico y lo sagrado. El hombre sin temor esun ser irreal, deshumanizado, sin sentido de límite ni de pertenencia.
"Haz lo que quieras” sin el filtro del temor suena a disolución de todo orden comunitario. La vida social, la tradición y el ethos colectivo implican límites, incluso temores: perder el honor, traicionar a los antepasados, romper con la palabra dada. No es el miedo como inhibición psicológica a lo que me refiero aquí, sino la consciencia de que nuestros actos están inscritos en una trama que nos precede y nos trasciende.
No se trata de liberarse del temor para realizar los deseos individuales, sino de asumir que el temor, el riesgo y la responsabilidad son parte de lo que da valor y sentido a nuestras acciones. El heroísmo, por ejemplo, no consiste en estar libre de miedo, sino en obrar a pesar del miedo, por fidelidad a algo mayor que uno mismo.
No se trata de liberarse del temor para realizar los deseos individuales, sino de asumir que el temor, el riesgo y la responsabilidad son parte de lo que da valor y sentido a nuestras acciones. El heroísmo, por ejemplo, no consiste en estar libre de miedo, sino en obrar a pesar del miedo, por fidelidad a algo mayor que uno mismo.
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