Contra la teología de la Creación
Toda metafísica de la Creación presupone una escisión radical entre el Creador y lo creado: el mundo se concibe como obra de un Agente trascendente, fabricada ex nihilo por voluntad de un Ser exterior. Esta concepción, arraigada en el pensamiento abrahámico y heredera del dualismo platónico, funda una jerarquía entre el Ser necesario y los seres contingentes, entre el Espíritu puro y la materia degradada.
El pensamiento que aquí se propone disuelve tal dicotomía. No hablamos de creación, sino de emanación o manifestación. El mundo no ha sido hecho desde fuera, sino que brota eternamente de sí mismo, como el pulso de un corazón o la respiración del Cosmos. No existe un principio absoluto ni un instante inaugural del ser: la realidad no comienza ni termina, se expande y retorna en ciclos infinitos de manifestación y repliegue.
En esta ontología, el Cosmos no es una obra fabricada, sino un ser viviente: la Totalidad se autogenera en un ritmo de contracción y expansión, de luz y oscuridad, de vida y muerte. La Divinidad no está separada del mundo; es el mundo en su dimensión más profunda, su energía de autotrascendencia inmanente.
Emanación y ritmo: una metafísica del pulso
La idea de emanación, ya presente en el Timeo de Platón, en Plotino o en los Vedas, no describe un acto creador único, sino una procesión continua del Ser hacia las formas. El Universo es un torrente que fluye desde lo Uno hacia la multiplicidad, sin perder por ello su unidad esencial.
Esa expansión no es lineal, sino rítmica: el Ser se exterioriza, se encarna y luego retorna a su centro, como la respiración cósmica de una Divinidad que se engendra perpetuamente. La temporalidad no es una flecha, sino una espiral. No hay principio ni fin, sino alternancia entre aparición y repliegue, manifestación y disolución.
El Misterio del mundo no es su origen, sino su ritmo interno: una oscilación infinita entre el ser y el devenir. La eternidad no está fuera del tiempo, sino en su renovación constante.
Contra la hegemonía de la razón: el conocimiento como participación
Esta ontología rechaza la razón analítica como vía exclusiva de conocimiento. La razón es útil para descomponer, clasificar, abstraer, pero incapaz de captar la Totalidad viviente. El conocimiento racional observa; el conocimiento visionario participa.
El saber auténtico no se obtiene por deducción, sino por presencia y comunión. Conocer, en su sentido originario, significa “nacer con”: participar del ritmo del mundo, dejarse afectar por las potencias naturales y simbólicas. La Divinidad no se conoce como un objeto (pues no hay exterioridad posible frente a lo divino), sino que se percibe por contagio, en el fuego, el sueño, el cuerpo, la sombra, el deseo, las estaciones.
Este saber no es discursivo, sino corpóreo y simbólico: nace de la experiencia encarnada del Misterio. La intuición, la visión y el rito son los modos propios de esa gnosis inmanente.
El principio interior: el Ser como vida que sostiene al Ser
En este pensamiento, lo divino no es el “origen” en sentido cronológico, sino la vida misma que sostiene la existencia. No hay un Ser supremo por encima de los entes, sino una energía interior que los hace ser. Ese principio no está fuera ni antes, sino dentro de cada cosa, en su impulso de ser, en su latido.
El Universo no depende de un Primer motor aristotélico, sino que se mueve desde dentro, por necesidad de manifestación. La Divinidad no es una causa eficiente, sino una potencia vital inmanente.
El retorno al Útero oscuro de la Gran Madre no es el fin del tiempo, sino el momento del repliegue del Ser hacia su propio fondo, el intervalo de silencio en que toda forma se disuelve para renacer. El ciclo cósmico es una respiración: exhalación (manifestación), inhalación (reabsorción).
Luz y sombra: el orden natural del mal
Lo divino contiene tanto la luz como la sombra. El dualismo moral que separa el bien del mal pertenece a la teología trascendente. En la visión emanatista, el mal no es una privación del bien, sino una función del equilibrio universal. La destrucción y la muerte no son opuestas a la vida, sino momentos necesarios de su perpetuación.
La Divinidad no es “el Sumo Bien”, sino la totalidad que integra los contrarios. La sombra no amenaza al Cosmos: le da profundidad. En este sentido, la sabiduría no consiste en eliminar el mal, sino en reconocer su lugar en el orden natural.
La belleza mutable y la sabiduría de lo efímero
De igual modo, la belleza no es ideal ni infinita. La idea platónica de lo bello eterno disuelve la verdad del mundo sensible. La verdadera belleza es mortal y cíclica, como las estaciones, como el cuerpo, como la flor que muere para florecer de nuevo. Su verdad reside precisamente en su transitoriedad: la forma que se extingue testimonia la plenitud del instante.
No buscamos una Verdad eterna ni una Belleza pura, sino la sabiduría de lo mutable: la aceptación ritual del devenir, la reverencia por lo que nace y muere. La salvación no está en la evasión del mundo, sino en la reconciliación con su ritmo.
La filosofía del retorno
Esta ontología no es una negación de lo divino, sino su reencarnación en el mundo. Lo sagrado no es lo separado, sino lo presente. Pensar, conocer, amar y morir son modos en que la Divinidad se experimenta a sí misma.
La tarea del ser humano no es conquistar un cielo ni alcanzar una verdad trascendente, sino participar conscientemente del ciclo. Saber morir, saber retornar, saber escuchar la respiración del Cosmos: esa es la sabiduría de la emanación.
El fin no es la salvación, sino la reintegración; no la eternidad inmóvil, sino el flujo eterno de lo viviente. La Divinidad no se contempla: se respira.

No hay comentarios:
Publicar un comentario