martes, 11 de noviembre de 2025

HACIA UNA EPISTEMOLOGÍA DE LA INMANENCIA SAGRADA


Desde el nacimiento de la ciencia moderna, la razón se ha proclamado instrumento universal de conocimiento y medida y criterio de toda verdad. Sin embargo, su naturaleza es analítica y cuantificadora: opera sobre lo estable, lo definible, lo que puede ser fijado en conceptos. La razón, en su ejercicio, no engendra vida, sino que la diseca: mide lo que ya está muerto.

No hay que rechazar la razón, sino situarla, porque su dominio es el del fenómeno, no el del Misterio. La razón delimita, pero lo divino no se deja delimitar. Su objeto no es el Ser, sino sus restos: aquello que puede ser abstraído de la corriente viva de la experiencia. Por eso, cuando la razón intenta comprender lo sagrado, lo sustituye por una figura mental vacía, un ídolo lógico.

El teólogo teme que la razón no baste y que deba ser reemplazada por una luz más profunda, no lógica y exterior, sino visionaria e interior. Este temor nace del conflicto entre dos modos de iluminación: la luz racional, que abstrae, mide y ordena; y la luz simbólica, que participa, encarna y revela.

La teología institucional confía en una luz “revelada”, vertical, concedida desde fuera por un Dios trascendente. Pero el pensamiento de la inmanencia no espera la luz: la reconoce como ya encendida en la materia. Lo sagrado no necesita intermediarios porque resplandece desde dentro del mundo.

El verdadero conocimiento del Misterio no se obtiene por deducción, sino por presencia, por participación simbólica. El sabio no argumenta ni formula: escucha y percibe.

El Misterio no se alcanza por pensamiento ni por instrucción, sino por comunión. No se trata de acumular datos, sino de transformar la consciencia. El conocimiento no consiste en aprehender un objeto, sino en participar del ser de aquello que se conoce.

El trance, el sueño, el rito y la experiencia directa con la Naturaleza son modos de conocimiento por simpatía, en los que el sujeto se diluye y se abre a una reciprocidad ontológica con el mundo. No hay “acceso” al Misterio porque ya estamos en su interior. La experiencia no consiste en penetrar un recinto ajeno, sino en recordar la pertenencia olvidada. Por eso, no se pide permiso para acercarse a lo divino.: se entra en él por afinidad, no por gracia.

El monoteísmo racionalizado concibe la Revelación como un acto único, un mensaje descendente dictado por una Divinidad exterior. Pero en una ontología de la inmanencia la revelación no es evento sino condición permanente: el mundo entero es revelación. Cada forma visible es un símbolo: el viento, los sueños, el vuelo del ave, la fermentación del vino, el grito del parto. Todos ellos son epifanías del Misterio, manifestaciones plurales de una presencia que no cesa de hablar.

La Revelación no es un dogma vertical, sino una infinita red horizontal de signos. Lo sagrado no se comunica a través de un profeta sino del Cosmos entero, cuya multiplicidad no contradice la unidad, sino que la expresa. El ojo que ve el símbolo percibe en lo visible la huella de lo invisible. Esa visión no se enseña, se cultiva y exige percepción, respeto y silencio.

De esta visión deriva una ética no normativa, ajena a las tablas de la Ley y a las “verdades morales” dictadas desde arriba. Lo bueno y lo malo no son categorías universales, sino formas de equilibrio o desequilibrio con el orden natural y espiritual. El bien es armonía, el mal es la ruptura del ritmo y no hay "pecado", sino disonancia. La moral revelada pertenece al dominio del mandato; la ética simbólica, al de la correspondencia. No se trata de "obedecer", sino de sintonizarPor eso no necesitamos una revelación moral: nuestra ética emana del respeto a la vida y de la sabiduría ancestral de la Tierra. La Naturaleza es el primer código ético: sus ciclos, su fragilidad y su potencia nos enseñan más que cualquier dogma.

La verdadera virtud no consiste en someterse a una norma, sino en mantener los vínculos vivos entre lo visible y lo invisible.

El mayor peligro espiritual es la certeza absoluta: cuando se proclama la infalibilidad, muere el Misterio. La verdad, para estar viva, debe contener sombra y ambigüedad, porque el Ser mismo es polar: luz y oscuridad, creación y disolución. El error no es lo contrario de la verdad, sino su umbral iniciático: toda sabiduría pasa por la experiencia del extravío, por la noche del alma en que el intelecto se quiebra y nace la intuición. El conocimiento verdadero no consiste en eliminar la contradicción, sino en soportarla; quien no soporta la incertidumbre, no está preparado para la revelación.

La paradoja es el lenguaje natural de lo sagrado, porque lo divino se muestra ocultándose. La transparencia total sería la aniquilación del Misterio.

La sabiduría no busca poseer la verdad, sino convivir con ella. Saber es estar en presencia de lo que no puede poseerseEl conocimiento del Misterio no ilumina como un foco, sino como una aurora: su claridad nace del fondo de la noche. Quien se entrega al Misterio no alcanza una respuesta definitiva, sino una forma superior de atención, una vigilancia del alma ante lo invisible. La filosofía que nace de esta actitud es una epistemología del asombro que no pretende dominar el sentido, sino custodiar su misterio. La verdad deja de ser un objeto para convertirse en una experiencia: un temblor, un resplandor en tránsito.

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