jueves, 13 de noviembre de 2025

HABLAR CON LOS DIOSES


La metafísica clásica, heredera del pensamiento griego y del monoteísmo teológico, ha concebido a Dios como objeto de discurso: una entidad trascendente, abstracta, definida por la razón y contenida en el concepto. A partir de esa estructura, “hablar de Dios” se ha convertido en un ejercicio de distancia: un intento de circunscribir lo inconmensurable en categorías del entendimiento.

Sin embargo, el pensamiento que aquí se propone sustituye la lógica de la distancia por la de la presencia. No hablamos de Dios, sino con Dios (o con los dioses). Lo divino no es un Uno trascendente, sino una pluralidad dinámica de potencias: fuerzas, presencias, inteligencias que se manifiestan en el mundo y a través de él. Hablar con los dioses es participar en esa pluralidad viva, no definirla; convocar, escuchar y encarnar, no abstraer.

Hablar “de” Dios supone objetivarlo. La teología racional convierte el Misterio en tema de análisis; lo separa del hablante y, al hacerlo, lo mata en el concepto. El lenguaje teológico diseca lo vivo, lo traduce a un orden de categorías que suprime su potencia.

El lenguaje ritual, en cambio, no describe: actúa. No busca comprender, sino transformar la relación entre el hombre y el mundo. Su palabra no designa, sino que despierta. Así, el canto, el conjuro, la invocación o la oración no son formas de discurso, sino formas de presencia: el decir mismo es un gesto que convoca lo divino. 

En esta ontología, lo sagrado no se explica: se experimenta y se honra. La Divinidad no está fuera del mundo, ni las criaturas son sombras de una perfección exterior. Cada ser, desde la piedra hasta el ser humano, es una manifestación del Misterio, una de las infinitas formas en que la totalidad se hace visible.

No hay jerarquía ontológica entre los seres: todos son emanaciones de una misma energía divina, igualmente necesarias para el equilibrio del Cosmos. El hombre no está “por encima” de la Naturaleza, sino dentro de ella, como un nodo consciente de la red infinita del Ser.

Por eso no existe oposición entre lo finito y lo infinito: hay una continuidad vibrante. Lo infinito no se opone a lo limitado; se encarna en él, en la hoja, la llama, el cuerpo, el sueño. El Misterio no está más allá del mundo, sino en el espesor de su materia.

En el pensamiento racionalista, la imaginación se entiende como ilusión, error o deformación. Pero en la metafísica simbólica, la imaginación es una facultad mágica y visionaria, un órgano de conocimiento que media entre lo visible y lo invisible.

Henry Corbin llamó a esta dimensión el mundus imaginalis: un ámbito ontológicamente real donde las imágenes, los símbolos y los sueños no son ficciones, sino formas intermedias del ser. En esa misma línea, esta filosofía reconoce en la imaginación una función teúrgica: la capacidad de revelar lo sagrado a través de lo poético.

El símbolo no representa: presencia. La metáfora no sustituye la realidad: la amplía. Los sueños, las visiones, los mitos y las imágenes sagradas son modos de aparición de lo divino, expresiones del Misterio que se ofrece a la conciencia humana en lenguaje figurativo.

Lo imperfecto no es una carencia, sino una grieta por donde se filtra lo inefable. El Misterio necesita fisuras para manifestarse: allí donde el lenguaje falla, comienza lo sagrado.

Por eso los conjuros, las canciones y los nombres secretos están llenos de ambigüedad, deformación y poesía. La repetición, la musicalidad, el error fonético o el ritmo no son fallos, sino vías de resonancia con lo invisible. La claridad racional encierra; la ambigüedad simbólica abre.

El Misterio no puede ser dicho: solo encarnado, danzado o callado. Pero ese silencio no es vacío: es reverencia activa, una forma de atención interior que mantiene viva la relación con lo numinoso.

El teólogo, desde su distancia, afirma: “No podemos expresar plenamente a Dios”. Nosotros respondemos: “No necesitamos expresarlo, porque ya participamos de Él.”

El silencio, lejos de ser un signo de ignorancia, es una modalidad de comunión. No callamos por incapacidad, sino por plenitud. Allí donde el discurso se detiene, comienza la vibración. El silencio no es negación de la palabra, sino su culminación ritual.

Hablar con los dioses implica aceptar que la palabra humana no es instrumento de dominio, sino acto de reciprocidad. La voz no impone sentido: ofrece resonancia.

La Divinidad no es única ni unívoca. Lo divino es plural, múltiple y cambiante. No hay un Dios absoluto, sino potencias innumerables que coexisten y se transforman: dioses, espíritus, elementos, arquetipos, fuerzas. Esta pluralidad no fragmenta lo sagrado: lo enriquece y lo hace orgánico.

La unidad del Cosmos no reside en un monarca trascendente, sino en la interdependencia rítmica de sus formas. El Misterio no es Uno por exclusión, sino por resonancia: cada cosa es un tono dentro de una misma melodía universal.

No hay comentarios:

Publicar un comentario