viernes, 14 de noviembre de 2025

LA REVELACIÓN INMANENTE


La tradición monoteísta, heredera del pensamiento bíblico y del idealismo platónico, ha concebido la Revelación como un acto vertical: un Dios trascendente, separado del mundo, comunica Su voluntad al ser humano mediante palabras o signos excepcionales. Tal modelo presupone distancia, jerarquía y dependencia: lo divino “habla” desde fuera y el hombre “recibe” desde abajo.

La metafísica de la inmanencia niega esa estructura de la distancia. No hay un Dios separado que se revele, sino un mundo sagrado que se manifiesta por sí mismo, incesantemente, a quienes saben escuchar. La Revelación no es un acontecimiento histórico o textual, sino una condición ontológica permanente del Cosmos.

El mundo entero es palabra divina, pero no palabra pronunciada por un sujeto sino la voz misma del Ser resonando en la materia, el viento, el fuego, los sueños y los cuerpos.

Lo sagrado no necesita revelar nada porque ya se comunica en su ser; el Cosmos no es un signo de Dios, sino su modo de hablar. Cada fenómeno (una tormenta, una flor, una visión, una muerte) es un fragmento de discurso divino, pero no dirigido a nadie en particular. No hay intención ni destinatario, sino presencia.

Esta revelación es anónima y plural: la voz del mundo no tiene autor ni centro. Los elementos son sus sílabas y los ritmos naturales, su sintaxis. El lenguaje de lo divino no se compone de conceptos, sino de correspondencias, ciclos y metamorfosisLa teología vertical reduce esta polifonía a un monólogo y la ontología simbólica la restituye a su multiplicidad originaria. Lo divino no se dice una vez, sino siempre.

La bondad y la sabiduría no son atributos de una persona divina, sino fuerzas impersonales del equilibrio cósmicoLa bondad no es benevolencia moral sino fertilidad, el impulso que da vida y abundancia; y la sabiduría no es conocimiento abstracto, sino ritmo la inteligencia del movimiento que sostiene la armonía del mundo.

La ética deja de ser obediencia a un mandato y se convierte en atención al equilibrio. El bien no es "lo que Dios quiere", sino lo que mantiene la reciprocidad del ciclo. El mal no es desobediencia sino ruptura del vínculo: un exceso, una ceguera, una violencia contra el orden simbólico de la vida. Por eso, no hay “designio” ni “plan”, porque el Cosmos no responde a una intención personal sino a una necesidad sagrada de equilibrio y renovación. La Divinidad no gobierna: late.

Los “acontecimientos” y las “palabras” por los que lo sagrado se expresa no son intervenciones sobrenaturales, sino formas naturales del símbolo: los acontecimientos son los giros del tiempo, las mutaciones de la estación, los ciclos de crecimiento y decadencia, los signos del destino; y las palabras son los nombres, conjuros y cantos que vinculan el mundo visible con el invisible.

El lenguaje sagrado no es proposicional sino performativo: nombrar no es describir, sino participar. Quien pronuncia un nombre verdadero no habla de algo, sino con ello. En la raíz del verbo, la palabra ritual recrea el vínculoAsí, lo divino no se manifiesta como doctrina, sino como símbolo vivo. No hay “discurso de Dios”, sino un tejido de señales que requieren lectura poética, no lógica.

Desde esta perspectiva, la figura de Cristo no desaparece, sino que se reintegra al orden arquetípico universal. Cristo es una figura solar del Dios que muere y renace, presente en los misterios agrarios y en las religiones cósmicas: Dioniso, Osiris, Tammuz, Attis. Su sacrificio y Su resurrección no son hechos históricos únicos, sino expresión del ciclo cósmico de descomposición y germinación que sostiene la vida. No negamos la potencia simbólica del mito cristiano, pero lo despojamos de su exclusivismo: Cristo no es el único mediador, sino una de las innumerables formas en que el Misterio se manifiesta.

Así, la redención deja de ser un acto de restauración de una filiación perdida (figura de la separación entre Creador y criatura) para convertirse en la perpetua regeneración de la Vida en sí misma.

La culminación del error monoteísta no está en la moral, sino en su ontología de la separación; al imaginar un Dios trascendente y un hombre caído, ha instaurado una fractura que exige mediación, salvación y redención. Pero nosotros nunca nos hemos sentido huérfanos ni necesitamos ser adoptados por un Padre celestial porque ya pertenecemos a la Madre Tierra: somos su carne, su respiración, su memoria.

Participamos de la vida divina por naturaleza, no por gracia. No hace falta que Dios nos comunique Su vida: ya somos Su respiración. Lo divino no se recibe como don, sino que se despierta como condición originaria del SerLa comunión no se alcanza: se recuerda.

El Espíritu Santo, entendido como inspiración o soplo, deja de ser una Persona de la Trinidad para convertirse en una corriente universal de la Vida, el hálito que anima todas las cosas. El Espíritu no requiere institución ni jerarquía porque es el mismo viento que mueve las hojas, el mismo aliento que enciende el fuego del corazón, la fuerza inmanente que hace vibrar la materiaEl Espíritu no desciende: circula.

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