Ayer a mediodía me estuve papeando todos los vídeos del canal de YouTube de Mario Noya, al que hace poco he conocido y cuyo estilo inteligente y contundentemente incisivo me ha conquistado. En esa tarea estaba cuando me salió un vídeo suyo de hace nueve días en el que comentaba un texto de Fernando Savater acerca de la tauromaquia. Sus opiniones me hicieron volver a pensar acerca de un asunto que me provoca una fuerte disonancia interna, pues si bien como tradicionalista defiendo a ultranza las particularidades culturales de la tradición de mi comunidad conttra la homogeneización universalista e igualitarista de la maldita Modernidad, no puedo dejar de notar que hay algo incorrecto en el sufrimiento de los animales precisamente porque, desde mi paradigma animista, los animales, los árboles y hasta los ríos y los minerales son igual de compatriotas que los hombres. El resultado de esta reflexión ha sido este ensayo que no va a agradar ni a taurinos ni a animalistas, cosa que por otro lado jamás me ha importado: yo no he venido a este mundo a complacer ni agradar a los mortales porque mi Reino está al Otro Lado del Cerco.
En un principio, acepto que la tauromaquia es, más que un “arte”, un tipo de ritual heredado de nuestros ancestros más remotos, inscrito dentro del ethos mediterráneo y en nuestra memoria histórica. Que no sea un arte no quiere decir que, como todo ritual, tenga su estética, una estética trágica al evocar las nociones de muerte y límite y por oponerse radicalmente al repugnante culto actual al confort, la debilidad y la “deconstrucción de la masculinidad”. Independientemente de cómo clasificarlo, se trata de una expresión de la identidad civilizatoria hispánica que ninguna categoría moral abstracta ha logrado reducir. Ahora bien: ¿la tauromaquia realmente existente como dirían los gustavobuenistas sigue siendo, en 2026, lo mismo que fue para los cretenses y los iberos? ¿Sigue formando parte este ritual de un tejido simbólico vivo? ¿Sigue siendo un ritual, o es ya un mero espectáculo mercantilizado?
Se me objetará que el toro bravo vive en condiciones excelentes antes de su sacrificio y que la relación con él no es puramente utilitaria (como ocurre en la ganadería industrial, donde millones de animales esclavizos mueren tras una vida de tortura y ante lo cual ninguna “ley de protección animal” izquierdista mueve un dedo), sino agonística y ritualizada al ser un tótem poderoso dentro del imaginario simbólico. Convengo en ello pero parcialmente, pues no termina de convencerme del todo que esta vida de lujo previa al ritual de sacrificio justifique el sufrimiento final que se prolonga durante horas frente a, por ejemplo, el sacrificio del bóvido en la religio romana que era rápido y limpio. Pero insisto: ¿sigue siendo la tauromaquia el rito aristocrático y trágico que fue en su día? ¿Esa escenificación del valor y del dominio técnico del aristos que hace a algunos llamarla un “arte” conserva aún una visión heroica de la existencia subyacente?
El dolor por la muerte de un ser inocente (no por la muerte en sí: eso sería caer en el gravísimo error cristiano secularizado luego por el liberalismo progresista de creer que toda vida tiene valor en sí misma) me lleva a repensar el mismísimo concepto de tradicionalismo: que ninguna moral universalista tenga derecho a juzgar a ninguna tradición practicada por ningún pueblo en su territorio no quiere decir automáticamente que toda tradición sea justa. Incluso si el ritual es simbólicamente coherente, forma parte del imaginario trágico español y hunde sus raíces en el paganismo, ¿justificaría eso el hecho material que supone el sufrimiento del inocente durante dos horas que se le hacen eternas? Me repienso a mí mismo: ¿la incomodidad que siento se debe a que estoy corrompido por la Modernidad liberal y progresista, o mi sensibilidad nace del animismo?
Si se debe a mi fe animista entonces no debería sentir pena, pues todos los animismos y politeísmos que en el mundo han sido y son (a despecho de la Nueva Era) han integrado perfectamente el sacrificio animal dentro de su cosmología y le han atribuido una función religiosa y comunitaria fundamental. Pero es que esto inmediatamente me hace pensar que, justamente por eso, ningún animismo ni politeísmo habría hecho del sacrificio un puro espectáculo desacralizado de masas orientado a fines económicos y turísticos. Esta duda sigo sin poder resolverla mientras no investigue más sobre este tema tal y como se produce hoy día. Volvamos entonces a la duda anterior que afecta al mismísimo concepto de tradicionalismo.
Si algo diferencia al tradicionalismo del infame conservadurismo es que, según el primero, las culturas y su moral pueden evolucionar siempre que no quede degradado su núcleo simbólico y lo que fue coherente en una época puede dejar de serlo cuando la cosmovisión que lo sustentaba se ha esfumado, la relación entre el hombre y el animal ha cambiado (siempre que no sea por presiones globalistas, las cuales hay que ignorar sistemáticamente) y la experiencia simbólica se ha perdido. Si estas transformaciones civilizatorias han sido internas y no fruto del colonialismo cultural globalista, entonces no pueden ser rechazadas por un afán inmovilista de “conservarlo” todo de forma intacta. Entonces vuelvo a repensarme: ¿mis reservas a defender sin ambages la tauromaquia se deben a la alienación o a una transformación del pensamiento que hunde sus raíces en mi tierra y mis ancestros?
Si bien el paganismo no veía nada malo en el sacrificio de un animal, éste tenía siempre una dignidad intrínseca por su carácter sagrado, y justamente esa sacralidad era lo que conducía a su sacrificio ritual en tanto que ofrenda a los númenes de lo más valioso que puede existir en este mundo material. Lejos estaban nuestros ancestros de esa abominable herejía que proclama el Génesis en el siglo V a.C., cuando pone en boca de Yahvé frases tan execrables y monstruosas como “… someted [la Tierra] y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo cuanto vive y se mueve por la Tierra” (Gen 1, 28) y “que os teman, y de vosotros se espanten todos los animales de la Tierra y todas las aves del cielo, todo cuanto sobre la Tierra se mueve y todos los peces del mar; todos los pongo en vuestra mano”. Para nuestros ancestros, la muerte ritual se daba dentro de un fuerte marco religioso en el cual el toro era símbolo de la fuerza cósmica, más aún: una hierofanía, une encarnación de los mismísimos dioses; si este marco no se da porque el monoteísmo y luego el racionalismo han contaminado nuestra mente con la pestilente idea de que los animales son pura materia disponible, entonces sólo queda sufrimiento sin sentido y además prolongado porque así lo exige el espectáculo. Y ahí, es inevitable que, por muy paganos anti-Nueva Era que seamos, sintamos malestar.
Aunque nuestro deber sea rechazar y luchar a sangre y fuego contra cualquier moralismo globalista, no podemos aferrarnos a una tradición que ya han vaciado el monoteísmo y el racionalismo moderno de sentido. ¿Cómo podemos vivificar entonces la tradición e impedir que desaparezca pero transformándola mediante su reconexión con su origen sagrado que permitiría por añadidura minimizar aún más el sufrimiento del toro? Este dilema nos coloca ante una tragedia: tragedia de la culpabilidad inocente, como la de Edipo, para unos; tragedia de la culpabilidad inevitable, como la de Antígona, para otros. Pero es que si algo es tradicionalmente europeo y sobre todo español es el espíritu trágico: así nos lo dijeron, aunque desde distintas ópticas, Nietzsche y Unamuno. Seguiré pensando sobre ello.


No hay comentarios:
Publicar un comentario