Hoy he estado reflexionando acerca del “Ciclo de la Hierofanía” que inicié el año pasado tras haber cerrado una etapa de transición en mi trayectoria poética tras la trilogía negra y roja inicial (Diario de un gato nocturno, 72 demonios y Lycisca) que está formada por Flechas contra el fuego, Conversión de la estatua de sal y la plaquette Devocionario para el tiempo de la tribulación (en proceso de evaluación desde hace tres años y hasta que Dios quiera). El primer libro de este ciclo (ya acabado y en proceso de evaluación) y el segundo que en estos momentos escribo poco a poco parten de una cosmovisión antimonista y antidualista (al menos a partir de lo que se suele entender por dualismo) resumible en esta premisa aprendida de Anne Baring y Jules Cashford: la Diosa es Zoé y el Dios es Bíos. Los libros de esta tercera etapa no tratan ni de malditismo ni de máscaras culturalistas (principalmente al menos): son libros de metafísica llevada a la literatura. Pero lo que importa dejar claro es que esta es una metafísica orgánica, cíclica y generativa que me lleva a dudar sobre cómo Europa, su historia e incluso el mismo concepto de “paganismo” han sido pensados por ciertas corrientes del comunitarismo identitario y por el perennialismo, que últimamente está tan de moda en nuestro país gracias sobre todo a la labor divulgativa de Guillermo Arellano. No es que quiera hacer una enmienda a la totalidad de estas tendencias filosóficas, la Madre me libre; simplemente he dedicado el sábado entero a pensar y me he dado cuenta de que, aunque plantean cuestiones interesantísimas, es necesario ampliarlas. Me explico.
La Diosa no puede ser entendida simplificadoramente como la entienden los monoteístas: un “ídolo”, un personaje mitológico antropomórfico con psicología y biografía propias. No: digo que la Diosa es Zoé porque es la Vida en mayúsculas: potencia inagotable, continuidad generativa, Fuente de la que emerge todo y a la que vuelve todo. Ahora bien (y aquí yerran tanto los monoteísmos como también el perennialismo, si no lo he entendido mal): la Fuente no es un principio trascendente y exterior al mundo, sino una fuerza inmanente que atraviesa todo lo que vive. Que la Diosa no sea un ser personal, por otro lado, no significa que sea un mecanismo ciego y neutral como quisieron ver a Dios los deístas de la Edad Moderna: si la Diosa se despliega, se multiplica y se regenera no puede ser una fuerza indiferente, tiene que haber en ella una cierta voluntad que la impulsa a la fecundidad y que la hace insistir en existir.
Digo que el Dios es Bíos porque es la vida en minúsculas, es decir: concreta, delimitada en el tiempo y el espacio. Mientras que la Diosa es inmutable, el Dios nace, muere y resucita interminablemente: es el cambio, pero un cambio que se produce eterna y cíclicamente. Si esto es así, ¿habrá que deducir que el Dios depende de la Diosa (y que por lo tanto no son dos principios del todo iguales como quiere el dualismo?)? ¿Es el Dios las olas de un mar que es la Diosa? Al contrario que en el dualismo maniqueo que postula un conflicto entre dos principios, el Dios no compite con la Diosa ni la desafía, sino que la encarna en el tiempo y el espacio.
Esta idea me sirve también para rechazar otra idea, en este caso de la metafísica monoteísta (aunque no sólo): la idea de que hay un Principio que domina al otro o a otros. Hemos dicho que la Diosa precede al Dios como el mar precede a la ola porque la Diosa engendra al Dios que es Su Hijo, pero (ojo) esto no significa que la Diosa domine al Dios y que el Dios sea inferior (error gravísimo en el que caen la Wicca diánica y demás “neopaganismos feministas” y Nueva Era corrompidos por los peores vicios de la Modernidad). El Dios no es inferior porque es la actualización de la Diosa y Su manifestación (y así lo postula la cosmogonía de Aradia o El Evangelio de las brujas, por lo demás muy inspirado en el orfismo, para quien sepa leerla). El Dios no es enemigo de la Diosa, es Su Amante. Por eso yerra el gnosticismo (y no sólo en esto sino en muchísimas otras ideas que no vamos a desarrollar de momento) cuando concibe este dualismo como una tragedia de “caída” o “ruptura primordial”, porque la manifestación es el único modo en que la Diosa, el Espíritu, la Zoé, etc. se hacen visibles, se vuelven existentes.
Decíamos que el Dios es el eterno ciclo del cambio observable en las estaciones. Tammuz, Adonis, Atis, Dioniso y Osiris nacen, mueren y resucitan manteniéndose idénticos. Por ello también yerra Hesíodo (por pesimista) cuando concibe el tiempo como una línea que conduce inevitablemente a la degradación del mundo y los hombres, así como los monoteísmos (por optimistas) cuando creen que el tiempo es una línea que conduce inevitablemente al surgimiento del Mesías, a la segunda venida de Cristo o al Juicio Final de Alá. La muerte, por consiguiente, no es lo opuesto a la Vida sino un momento interno dentro de Ella (la Diosa es una Diosa de vivos y también de muertos): todo vuelve a la Diosa igual que todo emana de Ella. Sin la descomposición del cuerpo no hay nutrientes para que nazcan los brotes, sin Solve no hay Coagula.
La muerte se ha vuelto trágica desde que se ha entendido que el Dios podía ser concebido desconectado de la Diosa o incluso sin la Diosa, convirtiéndolo en una deidad absoluta y autosuficiente y olvidando que es manifestación de Ella. Entonces, la muerte empieza a ser vista como un tránsito y se la siente como aniquilación y punto final, con la consiguiente angustia que esto causa. Este fenómeno, que en cierto modo ya se prefiguraba en ciertas creencias latentes del Paleolítico (el mito del cazador disociado del mito de la Diosa, asunto que trato en el primer libro del Ciclo de la Hierofanía), se vuelve vigente sobre todo a partir de la Edad del Hierro (asunto al que dedicaré el cuarto libro de este Ciclo) durante la cual se produce la “inflación arquetípica” del Dios y la Diosa queda “masculinizada” cuando no borrada como hace el judaísmo, al que siguen el cristianismo y el islam.
En este futuro libro intentaré explicar cómo, aunque la violencia y la guerra han existido siempre (son “el Padre de las cosas” según Heráclito) y no caigo en una idealización de posibles matriarcados prehistóricos como hacen las feministas, sí es verdad que cuando el Dios se concibe desconectado de la Diosa los mitos y teologías degeneran en agresión, dominación y violencia. Esta percepción de la relación entre el Dios y la Diosa (propia de los pueblos semíticos pero también de los indoeuropeos, y aquí es donde veo necesario hacer objeciones al perennialismo y al comunitarismo identitario) es un gravísimo error porque la Diosa y el Dios jamás pueden estar en conflicto.
Se me objetará que me estoy contradiciendo porque, si el tiempo es circular y el Dios-Bíos resucita siempre idéntico, ¿entonces por qué hemos pasado del presunto matriarcado neolítico al patriarcado de la Edad del Hierro y finalmente a esta Modernidad desacralizada y hedionda? Yo respondo: es necesario distinguir entre el plano natural-divino y el plano histórico y humano. En el primero, el ritmo es eterno y las estaciones giran una y otra vez; sin embargo, en el segundo las civilizaciones cambian y hasta desaparecen porque éstas son variaciones históricas e irrepetibles dentro del marco del primer plano. Cada primavera es primavera, pero no es la misma primavera concreta (el río es el mismo en su forma pero no en su materia, Heráclito).
Esta distinción resulta, pues, útil para refutar tanto el historicismo lineal del monoteísmo ya mencionado como para no caer en el absurdo de la repetición literal. La historia humana es una sucesión de civilizaciones que emergen de un ciclo más profundo: el Dios. La verdadera decadencia de las civilizaciones y de los individuos, su verdadera muerte, radica en su desconexión de la Diosa pero también del ritmo vital que es el Dios.
Y por fin llegamos al busilis: tanto el comunitarismo identitario como el perennialismo tienden en general a enfatizar la importancia del sustrato indoeuropeo recurriendo a estudios como los de Georges Dumézil, quien desarrollo conceptos como la tríada indoeuropea de soberanos, guerros y productores, su estructura jerárquica y su imaginario del héroe solar, celeste, del trueno, etc. contra las tinieblas acuáticas y ctónicas femeninas. Este enfoque tiene su valor incuestionable en tanto que ha logrado articular una identidad europea precristiana muy coherente, dotada de profundidad mítica y de estructura interna, pero por desgracia tiende a privilegiar lo "masculino" (arquetípicamente hablando), ordenado, jurídico y celeste, es decir, al Dios por encima de la Diosa.
Considero que dicho énfasis debe ser reequilibrado mediante su integración plena dentro de una concepción de la Diosa como Zoé y Matriz. No estoy diciendo con ello que haya que invalidar el sustrato indoeuropeo ni muchísimo menos que haya que renegar del imaginario del héroe (esto último se lo dejo a las feministas), sino que el campo simbólico europeo debe dejar de organizarse exclusivamente en torno a lo celeste y abrirse a lo ctónico, lo agrícola, lo cíclico, lo regenerativo. Los paganos no podemos caer nuevamente en el error en que cayeron nuestros ancestros de la Edad del Hierro porque, como ya he explicado, el valor de las civilizaciones radica en su capacidad de mantenerse conectadas con el ritmo generativo del Bíos pero también con la Zoé que en última instancia las sostiene y que sin embargo no puede entenderse como un Uno trascendente sino como la Vida inmanente a las diferencias que son su expresión. Insisto en ello porque, de lo contrario, caeremos en el universalismo del monoteísmo y del perennialismo. Como también insisto en que Europa no es solamente épica solar ni tampoco solamente matriarcado telúrico, sino el resultado de una fecundísima tensión entre ambas dimensiones (Creta es el ejemplo más fascinante de ello).
Se han quedado en el tintero las otras muchas objeciones que se pueden hacer al perennialismo y, en un nivel ya estrictamente literario, por qué escribo poesía sobre asuntos tan sesudos y no escribo sobre mí y sobre “lo que pasa en la calle” como diría aquél, por qué no soy confesional ahora que vuelve a llevarse tanto. Pero esto ya lo dejo para otro día.
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