Filosofar en el contexto de la crisis civilizatoria actual ha de definirse ante todo como un acto de soberanía intelectual y una toma de conciencia radical frente al desierto de la Modernidad, caracterizada por la imposición de un modelo único de sociedad que es exhibido como racionalmente superior y universal y por la neutralización de las identidades colectivas a través de la moral, la técnica y la economía. El acto de filosofar, por tanto, comienza con un descontento fundamental y una crítica radical a los modelos explicativos que han predominado hasta ahora.
El pensamiento se entiende así como un ansia insatisfecha de saber que surge en tiempos de conflicto, crisis, estandarización y pérdida de sentido y que recurre a la filosofía como herramienta para despertar a la identidad colectiva y confrontar el nihilismo disolvente de las particularidades en un universalismo vacío. Se trata de una exploración de las profundidades de la cultura con el fin de revitalizar aquello que ha ido enterrado por la hegemonía del pensamiento liberal. Así pues, la filosofía se revela como una acción de profundas consecuencias, alejada del activismo estéril y centrada en la transformación de las conciencias. Este enfoque presupone que las ideas son las que determinan la orientación histórica de la humanidad y el futuro de las civilizaciones, por lo que todo acto de pensar acaba siendo en esencia un acto político en su nivel más fundamental: el metapolítico.
La concepción del filosofar, partiendo de la premisa de que todo cambio político es el resultado de transformaciones previas en la conciencia colectiva, es desplazada por consiguiente desde la contemplación pasiva hacia la lucha por el poder cultural o metapolítica. El pensar, igualmente, se convierte en una estrategia a largo plazo que asegura la hegemonía de ciertos valores y cosmovisiones en la sociedad mediante la modificación de los supuestos básicos sobre los cuales se construye la realidad social. La filosofía nos ayuda a intervenir en el lenguaje y en las categorías mentales de la población: filosofar sería una forma de guerra cultural destinada a romper el monopolio de la ideología dominante y a desdemonizar y dignificar ciertos marcos de pensamiento que han sido marginados por el consenso progresista, presentándolos como alternativas inteligentes y sofisticadas frente al statu quo neoliberal. La metapolítica se define como una ocupación de la cultura a diferencia de la política menuda, que es la ocupación de un territorio. En este sentido, filosofar es el acto de sembrar las ideas y valores que a largo plazo permitirán una transformación política total así como un ejercicio de cautela y estrategia verbal frente al peligro de no ser comprendido o de ser asimilado por el sistema que se pretende cuestionar.
El proceso de filosofar implica también una dignificación de la propia biografía intelectual porque, ante la marginación de las ideas heterodoxas, el pensamiento se convierte en un refugio de orgullo y coherencia. Esta estrategia de desdemonización busca la construcción de un cuerpo doctrinal tan sólido y atractivo que no pueda ser ignorado por el debate público. La filosofía recuperará entonces su carácter de desafío, plantando cara a las ataduras absurdas y convenientes que limitan la libertad de pensar en las democracias occidentales.
Uno de los pilares del acto de filosofar es la impugnación del universalismo igualitario, causante de la destrucción de las comunidades de pertenencia y el culpable de habernos conducido a una masificación que estandariza los modos de vida. El pensamiento liberal, al basarse en la primacía del individuo sobre la colectividad, convierte el desarraigo en la regla social. Frente a esto, la filosofía propone una ontología de la pertenencia en que el sujeto no es un átomo aislado sino que se define por sus vínculos con un ethnos y una historia común. Por tanto, filosofar significa narrarse a sí mismo como pueblo y evitar convertirse en objeto de la narración de otros. La identidad se concibe como un proyecto que se proyecta hacia el futuro, una identidad narrativa que requiere un ejercicio constante de memoria e imaginación. El acto de pensar busca restablecer la distinción entre el nosotros y los otros para recuperar el sentido de lo político frente a la neutralización que imponen la técnica y la economía globalizadas.
La Modernidad ha entronizado al individuo como la medida de todas las cosas, ignorando que el hombre no nace del vacío sino de una sociedad determinada que ejerce un papel constituyente sobre su razón. El acto de filosofar hoy debe ser una denuncia contra este desarraigo planificado por el liberalismo con su neutralización del antagonismo existencial mediante la técnica y el mercado, lo cual lleva inevitablemente a la muerte de lo político. En este sentido, filosofar es un intento de repolitizar el mundo y de devolverle a los pueblos su capacidad de decisión soberana. Esta crítica se extiende al economicismo y a la visión mercantil del mundo, que reducen la existencia humana a la producción y el consumo. La filosofía se rebela contra esta visión simplista y reclama el derecho a la diferencia, sosteniendo que el igualitarismo no es una meta deseable sino una forma de entropía cultural que disuelve las excelencias y las particularidades en un promedio mediocre.
Lejos del ideal ilustrado del pensador cosmopolita o desarraigado, todo pensamiento auténtico nace únicamente de un lugar y un tiempo específicos. El desarraigo es una enfermedad de la Modernidad que convierte a los individuos en seres solitarios y manipulables por las fuerzas del mercado global, por lo que el acto de filosofar ha de constituir un esfuerzo por rearraigar al ser humano en sus tradiciones, sus costumbres y en el espíritu de su nación. Este pensamiento situado rechaza las normas ideales abstractas y busca comprender las virtudes y verdades concretas que emanan de la tierra y del tiempo propios, pues toda persona nace en una sociedad determinada que ejerce un papel constituyente sobre su razón: olvidar esto es incurrir en un sacrilegio contra la propia herencia cultural.
Filosofar implica también reconocer que el hombre es un "ser-ahí" (Dasein), un ser arrojado a un contexto histórico y cultural que no ha elegido pero que sin embargo lo define. La autenticidad consiste en asumir ese destino y transformar el arraigo en un acto de libertad creadora. El pensamiento debe devolver el orgullo de su ser incomparable a cada pueblo, los cuales sólo deben rendirse cuentas a sí mismos y liberar su pensamiento de ataduras impuestas por un imperialismo cultural con pretensiones de universalidad.
Esta visión rechaza la idea de que exista un modelo único de humanidad y en su lugar promueve el etnopluralismo, el cual defiende la preservación de las identidades culturales diferenciadas en todo el mundo. Filosofar es reconocer el derecho de cada grupo a mantener su propia tierra y su cultura, oponiéndose a la homogeneización que conlleva la globalización. La verdad en este contexto debe ser testimoniada por el espíritu desde su propia subjetividad y experiencia histórica. Mientras que el multiculturalismo busca la mezcla de culturas en un mismo espacio social (lo que a menudo lleva a la aculturación y al conflicto), el etnopluralismo aboga por la coexistencia pacífica de identidades colectivas distintas en unidades políticas y geográficas separadas. El acto de filosofar requiere, por tanto, una crítica feroz al racismo biológico clásico, sustituyéndolo por un diferencialismo cultural que valore la diversidad humana real frente a la uniformidad del melting pot.
La filosofía de la diferencia sostiene que la riqueza de la humanidad reside en su pluralidad y no en su unidad forzada. Imponer un modelo cultural extranjero a otros pueblos es una práctica arrogante y, en última instancia, destructiva; en cambio, la tolerancia diferencialista es la única base posible para un orden mundial justo que no esté basado en la hegemonía de una sola superpotencia o de una sola ideología mercantil.
El acto de filosofar implica también un ajuste de cuentas con el pensamiento mítico, pues la filosofía logra su verdadera profundidad únicamente cuando reconoce en el mito una forma necesaria de comprensión del mundo, una fuerza formativa y una base positiva que contiene verdades esenciales sobre el ser que el pensamiento puramente racional no puede captar. La Modernidad es criticada por su excesiva confianza en la razón omnipotente, lo cual ha llevado a una interpretación científica del mundo que carece de un sentido profundo para la vida humana. El filosofar actual debe, por tanto, recuperar la capacidad de cuestionar lo dado y lo obvio y de buscar las raíces subyacentes a los discursos del poder. Esta vuelta a lo sagrado y lo arquetípico es un intento de revitalizar una cultura sumergida ante el vacío de valores moderno.
Desde esta perspectiva, el mito tradicional actúa como un freno de mano contra el falso mito del progreso indefinido y permite una continuidad histórica que dota de vitalidad a la comunidad política. La filosofía se convierte entonces en un puente entre la tradición y el futuro, en un ejercicio de romanticismo de acero que combina la memoria larga con una voluntad creadora y en una “arquégesis” que vuelve a las fuentes originarias de su cultura para proyectar nuevas formas de existencia.
Fundamentalmente, el pensamiento se define como un acto de voluntad y, por ende, el filosofar (partiendo de la noción de que el mundo es en esencia voluntad de poder) se entiende como el conjunto de fuerzas y energías que buscan expandirse y afirmar la vida. Esta voluntad de creación y de superación constantes es la propia del filósofo, aquel que tiene el valor de llevar las preguntas fundamentales al límites y de cuestionar las bases de su propio saber. La soberanía del pensamiento, entendida como la seguridad de quien se atiene a su propia experiencia de las cosas y decide en función de lo que comprende y le importa, es aquí un concepto clave porque implica la capacidad del espíritu para dar testimonio de lo que es verdadero por sí mismo sin someterse a autoridades externas ni a la presión del consenso social. Este ejercicio de soberanía es lo que permite al ser humano ser verdaderamente libre y estar consigo mismo.
La voluntad de verdad es, en última instancia, una voluntad de poder enmascarada, por lo que el creador (el que verdaderamente filosofa) es aquel que destruye los valores agotados y crea los suyos propios, enfrentándose a la vida tal como es sin negarla ni enmascararla con utopías racionales. Este tipo de pensamiento es el que permite la transvaloración de todos los valores, un proceso necesario para superar la decadencia de la cultura española actual y cuyo objetivo es "querer más", arriesgando la propia seguridad intelectual en busca de una verdad que sea ante todo un porvenir.
Filosofar desemboca en una síntesis que combina los valores arcaicos y tradicionales con las posibilidades técnicas y científicas del futuro. Este método contrarrevolucionario se plantea como objetivo el rejuvenecimiento de la identidad española mediante la preservación de las diferencias étnicas y culturales a nivel mundial. En este marco la filosofía asume una tarea de acción de profundas consecuencias y que rompe con el activismo violento del pasado para centrarse en una revolución cultural incruenta. Se trata de un proyecto de recuperación de la vida cotidiana, del tiempo libre y de los intereses personales frente a los fines monomaníacos del sistema capitalista. Filosofar es, en última instancia, una propuesta para recuperar el mundo.
La verdad es un acontecimiento (Ereignis) que se sitúa más allá del ser y que no se puede captar por un pensamiento meramente representativo. Es la raíz misma de toda presencia, algo que acontece cuando el hombre se abre a su destino y a la realidad radical de su vida. Filosofar hoy significa estar en la vigilia de esta nueva experiencia de lo divino y de lo humano, rechazando los caminos subterráneos de la mística pasiva en favor de las vías luminosas del pensamiento discursivo y soberano.
El recorrido por la esencia del filosofar revela que estamos ante una necesidad vital de los pueblos que sienten la urgencia de ser lo que son. El acto de pensar es una respuesta al sentimiento de no ser lo que se debería ser, un cuestionamiento de la propia praxis ante una Modernidad alienante y uniformadora y especialmente una herramienta metapolítica esencial para la transformación cultural y la recuperación de la hegemonía frente al nihilismo contemporáneo. La crítica al universalismo y la defensa del etnopluralismo son los cimientos de una nueva ontología que priorice la pertenencia comunitaria sobre el individualismo atomizado. La rehabilitación del mito y de lo sagrado permite superar las limitaciones del racionalismo técnico, dotando a la comunidad de una narrativa vital y una continuidad histórica que el progreso lineal ha intentado cercenar. Finalmente, la voluntad de poder se manifiesta en el pensamiento como una capacidad creadora y soberana que busca la transvaloración de los valores decadentes, proyectando la tradición hacia los desafíos tecnológicos del futuro. Filosofar es, en conclusión, el acto supremo de resistencia y creación por el cual un pueblo reclama su derecho a existir y a forjar su propio destino a partir de sus raíces más profundas.
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