sábado, 7 de febrero de 2026

FILOSOFAR Y COMPRENDER LO HUMANO


La tarea de filosofar a comienzos del tercer milenio no puede reducirse a un mero ejercicio académico de exégesis de textos clásicos sino que debe constituirse como un acto de insurgencia intelectual contra la hegemonía de la Modernidad tardía. Comprender lo humano hoy exige ante todo reconocer que nos encontramos en el final de un ciclo histórico iniciado con la Ilustración, período que ha intentado reducir la complejidad de la existencia a fórmulas racionales y esquemas administrativos. La crisis contemporánea es fundamentalmente antropológica: se trata del colapso del sujeto moderno, un individuo abstracto, desarraigado y pretendidamente universal que las ideologías dominantes han intentado imponer como el único modelo posible de humanidad.

La Modernidad ha fracasado en sus promesas de emancipación e igualdad porque, lejos de liberar al hombre, lo ha sometido a una nueva forma de alienación polimórfica que sustituye la sumisión a la autoridad tradicional por el sometimiento a los valores socioeconómicos y al consumo de masas. Este proceso de "masificación" busca eliminar toda distinción cualitativa entre los seres humanos para convertirlos en unidades intercambiables dentro de un mercado global. Por tanto, filosofar significa denunciar esta ideología igualitarista y recuperar la capacidad de pensar la diferencia, lo particular y lo sagrado.

La necesidad de un "nuevo comienzo" (en el sentido de una ruptura con la trayectoria lineal del progreso moderno) se vuelve imperativa ante el agotamiento de los metarrelatos liberales y marxistas. Ambos sistemas, a pesar de sus aparentes diferencias, comparten una misma raíz en la racionalidad homogeneizadora de la Ilustración que busca rehacer el mundo a su imagen y semejanza, eliminando las identidades colectivas que percibe como obstáculos para la unificación planetaria. La comprensión de lo humano debe, pues, rescatar la noción de "arraigo" frente al nomadismo existencial impuesto por la técnica y el capital.

Uno de los pilares fundamentales para comprender lo humano es la deconstrucción del universalismo, construcción ideológica que hunde sus raíces en la secularización de la metafísica cristiana. La idea de que existe una única solución universalizable para todos los problemas humanos y una única norma moral válida para todos los pueblos es, en esencia, una transposición del monoteísmo religioso al ámbito de la política y el derecho.

El cristianismo introdujo la noción de una relación privilegiada e íntima entre el individuo y una Divinidad que trasciende todo vínculo terrenal, sentando así las bases del individualismo moderno. En este marco la salvación se vuelve una cuestión individual, lo que debilita la importancia de la comunidad política y la herencia cultural. La Modernidad ha secularizado después este concepto, convirtiendo la igualdad de las almas ante Dios en igualdad de los ciudadanos ante la ley y, finalmente, en igualdad de los consumidores ante el mercado. Esta trayectoria ha llevado a la creación de una "religión de los derechos humanos" que funciona como el brazo ideológico del globalismo. Al proclamar derechos abstractos se ignora que el hombre sólo puede ejercer su libertad dentro de un contexto cultural y social que le otorgue significado y protección real. El universalismo actúa como un motor de desarraigo, intentando arrancar a los individuos de sus comunidades étnicas y tradicionales para integrarlos en una masa indiferenciada gobernada por una pequeña élite técnica que gestiona la sociedad mediante principios supuestamente científicos de administración global.

La crítica a esta visión supone una defensa de la verdadera diversidad humana: el derecho a la diferencia es la piedra angular de una antropología que reconozca que los seres humanos no son piezas de un rompecabezas global sino miembros de comunidades orgánicas con lenguajes, memorias y destinos propios. El intento de asimilar a todas las culturas en un único modelo de "civilización occidental" basado en el consumo y la técnica es en realidad una forma de imperialismo que destruye la alteridad del Otro en nombre de una falsa tolerancia.

El igualitarismo moderno parte de una premisa antropológicamente falsa: la idea de que los seres humanos nacen como una tabula rasa, infinitamente maleables y carentes de cualquier determinación innata o hereditaria. Esta visión permite a los ingenieros sociales justificar la transformación radical de la sociedad bajo la creencia de que se puede crear un "hombre nuevo" si se alteran suficientemente las condiciones del entorno. Sin embargo, la realidad de la vida humana muestra que somos seres condicionados por nuestra herencia biológica, nuestras disposiciones psicológicas y el peso de nuestra historia cultural. Negar estas diferencias y tratar a todos los seres humanos como iguales en todos los aspectos conduce a una tiranía de la mediocridad fundamentada en la primacía de la cantidad sobre la calidad, creándose así una civilización vacía y caracterizada por el hedonismo más vulgar y la omnipresencia de las mercancías, siendo expulsados de ella la excelencia, el honor o el sacrificio por la comunidad. La verdadera justicia consiste en reconocer a cada uno según sus capacidades y méritos dentro de un orden que valore la jerarquía natural y el deber hacia el bien común.

El ser humano es un ser abierto y en peligro, capaz de superarse a sí mismo o de degradarse profundamente. Debido a esta vulnerabilidad necesita instituciones, tradiciones y normas morales que proporcionen un fundamento sólido para su existencia y den sentido a su vida, estructuras que son condiciones mismas para que la libertad humana se desarrolle de manera constructiva. Un individuo sin raíces es un individuo sin defensas y a merced de los caprichos del mercado y de la manipulación mediática.

Por otro lado, la comprensión de lo humano en la actualidad está mediada por el dominio absoluto de la técnica, la cual aparece como la culminación de la metafísica de la subjetividad que ha dominado Occidente desde el inicio de la Modernidad y que ha acabado reduciendo al mundo a objeto de cálculo y explotación y al mismo ser humano en un recurso más, una materia prima dentro del engranaje productivo. Esta mentalidad de poder puro que busca el encuadramiento total de la realidad es el motor de la globalización tecnológica: la tecnocracia moderna es la cara de una moneda que busca la dominación ilimitada de la Naturaleza y de la sociedad, siendo los totalitarismos del siglo XX la otra cara ya que ambos se basan en una voluntad de poder que no reconoce límites y que busca eliminar cualquier forma de vida que no se ajuste a sus imperativos de eficiencia y control.

Ante a esta desacralización del mundo por la razón instrumental es necesario recuperar una visión de lo humano que esté conectada con lo sagrado, entendido como la percepción de que la vida tiene una dimensión trascendente y de que existen límites que la persona no debe transgredir. Se trata de volver a habitar el mundo como mortales, reconociendo nuestra finitud y nuestra interdependencia con la Tierra, el cielo y los poderes que otorgan significado a nuestra existencia. El olvido de esta dimensión ha llevado a una crisis ecológica y espiritual sin precedentes que ha roto el equilibrio con el orden natural y tradicional y ha dejado al hombre en un estado de desorientación existencial profunda y de vacío de sentido que es llenado frenéticamente por medio del consumo y de la búsqueda de sensaciones efímeras. Reorientar la brújula humana exige, pues, un retorno a lo primordial, a las verdades fundamentales que han guiado a las culturas humanas durante milenios y que hoy han sido oscurecidas por el ruido de la tecnociencia.

La antropología moderna también ha intentado convencernos de que la identidad es una elección puramente individual, un "accesorio" que uno puede cambiar a voluntad en el mercado de las identidades fluidas. Sin embargo, una comprensión profunda de lo humano revela que la identidad es algo mucho más profundo y resistente: es el resultado de la pertenencia a un ethnos o comunidad de lengua, sangre, historia y destino. El ethnos es la primera realidad social del ser humano, la comunidad de pertenencia primaria que otorga al individuo su lugar en el mundo. La Modernidad liberal ha intentado sustituir el ethnos por el demos (una comunidad política basada exclusivamente en el contrato social y la ciudadanía legal), pero el demos sin un ethnos que lo sustente es una cáscara vacía e incapaz de generar la lealtad y el sacrificio necesarios para la supervivencia de una civilización. La verdadera democracia es aquella que surge de la cohesión cultural y del sentido de herencia compartida de un pueblo que se reconoce a sí mismo como una unidad histórica y no sólo como una suma de votantes individuales.

En este contexto la defensa de la identidad colectiva frente al multiculturalismo es un imperativo vital. El multiculturalismo, tal como se promueve en las sociedades liberales, es una estrategia para disolver las identidades arraigadas en un melting pot que facilite la gestión administrativa y el consumo global. Al mezclar culturas de manera antinatural se destruye la integridad de cada una de ellas, generando sociedades fragmentadas y conflictivas. El etnopluralismo propone, por el contrario, un mundo en el que cada pueblo tenga el derecho de conservar su propia tierra y su propia identidad, coexistiendo en un pluriverso de culturas soberanas.

La identidad no es sólo una cuestión de herencia recibida sino también de voluntad proyectada hacia el futuro: ser parte de una comunidad étnica significa aceptar la responsabilidad de transmitir un legado a las generaciones futuras en oposición al individualismo egoísta del presente continuo que vive sólo para la satisfacción inmediata de sus deseos. Comprender lo humano significa reconocerse como un eslabón en una cadena inmemorial de antepasados y descendientes en que la vida individual encuentre su significado pleno al servicio de la continuidad de la estirpe y de la cultura.

La visión moderna del mundo es esencialmente unipolar y universalista al querer imponer un único sistema económico, político y moral a todo el planeta. Este "Universo" globalista es presentado como el destino inevitable de la humanidad, el "fin de la historia" en que todas las diferencias habrán sido superadas por el mercado y la democracia liberal. Sin embargo, esta pretensión de unidad es, en realidad, una forma de opresión que asfixia la vitalidad de las culturas locales y la creatividad de los pueblos. Frente al Universo globalista se alza el concepto de pluriversum, el cual parte de reconocer que no hay un único modo de ser humano sino una multiplicidad de esferas civilizatorias irreductibles entre sí. Cada cultura tiene su propia forma de comprender la verdad, la belleza y la justicia y no existe un punto de vista arquimédico desde el cual se pueda juzgar a una cultura como superior a otra según criterios occidentales modernos. La verdadera paz mundial no vendrá de la homogeneización forzada, sino del reconocimiento mutuo de la soberanía y la alteridad de cada gran espacio civilizatorio.

Añadamos que el principal motor de este universalismo actual es el mercado global, que actúa como un gran nivelador: como el dinero es la única lengua que el mercado entiende, su lógica exige que todas las barreras culturales, religiosas y nacionales sean derribadas para permitir el flujo ininterrumpido de capitales y mercancías mientras el hombre queda reducido a su función económica y su valor se mide únicamente por su capacidad de producción y consumo.

Resistir a este monoteísmo del mercado exige una reafirmación de los valores que no tienen precio: el honor, la tradición, la belleza y el sentido de lo sagrado. El pluriverso, por tanto, es una visión multipolar del mundo que se opone tanto al imperialismo americano como a cualquier otra forma de hegemonía unipolar al propoer una organización de la humanidad en bloques civilizatorios autónomos que puedan desarrollar su propio modelo de Modernidad alternativa o incluso de retorno a la tradición sin interferencias externas. Esta es la única vía para preservar la biodiversidad cultural de la especie humana y para evitar que el planeta se convierta en una monótona terminal de consumo bajo el control de una élite desarraigada.

Comprender lo humano exige reconocer que la realidad social no está determinada únicamente por factores económicos o políticos, sino sobre todo por las ideas y representaciones que las personas tienen del mundo. La metapolítica aparece entonces como el estudio y la acción sobre el terreno cultural y de las mentalidades bajo la premisa de que no puede haber un cambio político duradero si no ha ido precedido de una transformación de la hegemonía cultural. Durante décadas el liberalismo y sus variantes de izquierda han mantenido un cuasi-monopolio sobre el imaginario colectivo de Occidente, imponiendo conceptos como el progreso indefinido, la igualdad abstracta y el multiculturalismo como verdades incuestionables; esta dominación se ejerce a través de la educación, los medios de comunicación y las instituciones culturales, que funcionan como filtros para determinar qué ideas son aceptables y cuáles deben ser marginadas como "irracionales" o "peligrosas". La labor de una filosofía que busque verdaderamente comprender lo humano debe ser, por tanto, metapolítica y dedicarse al rearme intelectual de la sociedad, proporcionando nuevas herramientas conceptuales para pensar el mundo más allá de los clichés de la Modernidad. Esto implica una labor de deconstrucción de los mitos ilustrados y una rehabilitación de valores que han sido deliberadamente oscurecidos como la identidad étnica, la soberanía de los pueblos y la importancia de lo sagrado.

La metapolítica no busca necesariamente el poder electoral inmediato, sino la transformación a largo plazo de los presupuestos intelectuales de la sociedad. Es una estrategia de guerra de posición en el terreno de la cultura consagrada a la defensa del arraigo y de la diferencia. Sólo cuando los ciudadanos vuelvan a percibir la identidad y la tradición como fuentes de sentido y de libertad para el futuro será posible una verdadera regeneración de la civilización.

El camino hacia una comprensión plena de lo humano pasa por el reconocimiento de nuestra finitud histórica y nuestra pertenencia a una cadena inmemorial de vida y sentido: debemos abandonar así la ilusión de ser dioses autocreados en el vacío para volver a ser hombres y mujeres arraigados en una tierra, una cultura y un destino. Esta antropología de la diferencia supone una invitación al respeto profundo por la alteridad real, la cual sólo puede florecer si se preservan las distinciones que nos hacen únicos. Frente al vacío espiritual de la Modernidad se propone un retorno a lo sagrado como fuente de sentido y de orden. Lo sagrado es lo que nos recuerda que no somos los dueños absolutos de la realidad, sino sus custodios, y que existen valores que están por encima de nuestra utilidad inmediata y de nuestros deseos caprichosos. Recuperar esta dimensión sagrada es la única forma de frenar la destrucción del mundo por la técnica y de devolver a la vida humana su profundidad heroica y trágica.

Filosofar y comprender lo humano hoy implica prepararse para un renacimiento cultural que deje atrás las cenizas de la Modernidad igualitaria. Es el momento de reclamar nuestro derecho a ser nosotros mismos, de defender nuestra herencia frente a la nivelación universalista y de construir un pluriverso en que la diversidad de los pueblos sea la verdadera medida de la grandeza humana. La historia no ha terminado, está a punto de volver a su curso, y comprender lo humano es el primer paso para convertirnos de nuevo en sus protagonistas.

El nihilismo, definido como el estado en el que los valores supremos se desvalorizan y la existencia pierde su centro de gravedad, es la atmósfera espiritual de la Modernidad tardía. Este nihilismo no es un accidente de la historia sino el resultado lógico de un racionalismo que ha intentado explicarlo todo mediante causas materiales y eliminar todo vestigio de misterio o de trascendencia. Al final de este camino el hombre moderno se encuentra solo en un Universo frío y mecánico y reducido a simple consumidor en una existencia sin propósito. La superación del nihilismo exige un acto de voluntad: la decisión de volver a dotar de sentido al mundo a través del arraigo y la forma. Dar forma a la vida significa rechazar el abandono intelectual y estético de nuestra época, que bajo el pretexto de la "sencillez" o la "libertad" no es más que una forma de regresión hacia lo informe. El fin de la vida humana es la consecución una forma propia, una distinción que sea categoría del ser y no sólo del parecer. Esta búsqueda de la forma es esencialmente aristocrática en el sentido espiritual del término: deseo de elevarse por encima de la masa indiferenciada para alcanzar la excelencia y el deber.

El arraigo es una actividad creadora que revitaliza los principios eternos en nuevas formas adaptadas a los retos del futuro. Esta es la esencia del pensamiento arqueofuturista: la capacidad de usar la técnica más avanzada al servicio de los valores más antiguos. Un pueblo arqueofuturista es aquel que domina la inteligencia artificial y la biotecnología pero lo hace guiado por el honor, la lealtad y el respeto por su linaje y su tierra. Comprender lo humano en este contexto implica aceptar nuestra naturaleza trágica de seres mortales que viven en una tensión constante entre la atracción por lo divino y la caída hacia lo subhumano. Las grandes creaciones históricas han sido aquellas que han logrado armonizar estas tensiones mediante el reconocimiento del bien común, la reciprocidad de derechos y deberes y la lealtad a la comunidad. La Modernidad, al intentar eliminar el conflicto y el riesgo por medio de la gestión administrativa y el confort material, ha castrado la existencia humana y la ha privado de su grandeza.

La sociedad no es un agregado de individuos unidos por un contrato de utilidad mutua sino un organismo vivo compuesto por una red de comunidades naturales o cuerpos intermedios que protegen al individuo del poder absoluto del Estado y de la anomia del mercado: familia, localidad, gremio, etnia. En estas comunidades impera una reciprocidad orgánica por la cual los derechos y los deberes están indisolublemente unidos y la autoridad se basa en el prestigio y el servicio y no en la simple fuerza burocrática. Por el contrario, el Estado moderno es una máquina administrativa que busca la homogeneización de sus súbditos para facilitar su control, destruyendo las comunidades orgánicas en nombre de la libertad individual para que el ciudadano quede solo frente al poder central y se convierta en un átomo dócil y dependiente. El resultado es una sociedad de masas en que la verdadera diversidad ha sido reemplazada por una uniformidad gris apenas disfrazada por el pluralismo superficial del mercado de consumo.

Recuperar la dimensión humana de la política exige la revitalización de la democracia local y orgánica que devuelva el poder a las comunidades reales, en las cuales la gente se conoce, comparte una historia y puede tomar decisiones sobre su propio destino. Esta forma de autogobierno es mucho más democrática que la democracia representativa liberal, que a menudo no es más que una tapadera para el gobierno de las oligarquías económicas y las burocracias internacionales. En este marco, la soberanía reside en los pueblos concretos que reclaman su derecho a vivir según sus propias leyes y costumbres, único derecho humano fundamental que la Modernidad liberal se niega a reconocer porque sabe que una humanidad arraigada es mucho más difícil de dominar que una humanidad desarraigada.

La situación de España es especialmente crítica en este proceso de desnaturalización humana: se intenta convencer a los españoles de que no tienen una identidad propia, que su historia es sólo una crónica de opresiones y que su destino es disolverse en una masa multicultural indiferenciada. ¿Por qué España no tiene el mismo derecho a la identidad y a la existencia colectiva que sí se reconoce a otros pueblos del mundo? El renacimiento español no vendrá de las estructuras burocráticas de la Unión Europea (que no son más que una extensión del modelo administrativo y mercantil que criticamos), sino que partirá de la recuperación de la autoconciencia de los pueblos de España como herederos de una tradición única y valiosa, o no será. Se trata de construir una España de de los pueblo, unida en su diversidad y consciente de su papel histórico en la creación de un mundo multipolar. Este proyecto requiere una ruptura con Europa y con su subordinación a los intereses geopolíticos e ideológicos de Estados Unidos, potencia que encarna la versión más extrema de la Modernidad desarraigada. España debe volver a mirar hacia sus propias raíces fenicias, griegas, celtas, romanas y germánicas y recuperar su capacidad de iniciativa histórica: sólo una España fuerte y fiel a sí misma podrá contribuir eficazmente a la construcción de un pluriverso en el que todas las culturas sean respetadas.

Comprender lo humano es, en última instancia, un acto de amor por la diversidad del mundo y por la belleza de las formas creadas por el espíritu humano en su diálogo con el destino. La Modernidad igualitaria es enemiga de esta belleza porque busca reducir el jardín del mundo a un desierto de asfalto y neón. Nuestra labor filosófica consiste en defender el jardín, proteger las semillas de la diferencia y preparar el terreno para que, después del invierno del nihilismo, florezca de nuevo una humanidad orgullosa, arraigada y soberana.

Filosofar tampoco es un proceso de búsqueda de consensos blandos, sino una actividad esencialmente agonal: la verdad sobre lo humano no se descubre en la comodidad de la neutralidad y la equidistancia sino en el combate de las ideas y en la afirmación de la propia voluntad frente a la inercia del mundo. Comprender lo humano significa reconocer que la vida es conflicto, jerarquía y tensión y que la paz perpetua es una quimera que solo conduce a la muerte del espíritu. La lucha de las ideas es lo que permite que la cultura se mantenga viva y que los pueblos definan su propia identidad en contraposición a los otros. Cuando la Modernidad ha intentado eliminar el carácter agonal de la existencia mediante la política del consenso y el lenguaje políticamente correcto ha terminando creando una sociedad aséptica y aburrida en que la pasión y el genio han sido reemplazados por el resentimiento y el victimismo.

Reivindicar el carácter agonal de la comprensión humana significa también aceptar la importancia de los deberes por encima de los derechos. Uno tiene derechos sólo en la proporción en que tiene deberes hacia su comunidad; la obsesión moderna con los derechos individuales ha creado una sociedad de demandantes insaciables y carentes del menor sentido de la responsabilidad colectiva. Comprender lo humano consiste en recuperar el sentido del deber como la forma más alta de libertad, que consiste en servir a algo que nos trasciende y que otorga dignidad a nuestra vida.

Filosofemos con el martillo de la crítica y con la espada de la voluntad para derribar los ídolos de la Modernidad y levantar de nuevo el estandarte de la diferencia humana. El camino es difícil y está lleno de peligros, pero es el único que conduce a una verdadera comprensión de lo que significa ser hombre y mujer en un mundo que ha olvidado sus raíces. Que este texto sirva como brújula para aquellos que en medio de la tempestad nihilista buscan todavía el puerto del arraigo y la luz de lo sagrado.

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