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viernes, 27 de marzo de 2026

IDENTIDAD COMO HERENCIA, PERTENENCIA Y DEVENIR


El concepto de identidad constituye un eje doctrinal que trasciende la mera clasificación política para situarse en el terreno de una ontología fundamental. La identidad se estructura como una tríada dinámica: herencia, pertenencia y devenir, la cual representa un proceso fluido en que el pasado (herencia) se estabiliza en un presente comunitario (pertenencia) para proyectarse hacia una voluntad de futuro (devenir).

La identidad se define en oposición al individualismo liberal, que concibe al hombre como una mónada aislada y sin vínculos. Frente a la tabula rasa de la Ilustración, el etnopluralismo se fundamenta en el derecho a la diferencia: la riqueza de la humanidad reside en la pluralidad de sus culturas y la verdadera igualdad consiste en que cada pueblo tenga el derecho de permanecer como tal en su propio espacio histórico y geográfico. La identidad es un proceso dialógico, en el cual el conocimiento de lo propio es condición necesaria para el respeto a lo ajeno.

El primer pilar de la identidad es la herencia, entendida como el conjunto de legados biológicos, culturales y espirituales que sitúan al individuo en una cadena de transmisión generacional. El hombre no es un ser autodiseñado; el individuo se halla enraizado a una historia que lo precede. Esta herencia es lo que Alain de Benoist denomina la "parte objetiva" de la identidad, aquello que proviene del origen: etnia, familia, religión y nacionalidad. No obstante, la biología es sólo el sustrato de una construcción cultural mucho más compleja; la herencia no es un destino ciego, sino una "escuela de vida" que debe ser conocida y transmitida como un deber a las generaciones futuras. La identidad es una memoria viva, y el olvido de la herencia constituye una patología moderna que conduce al desarraigo y, en última instancia, al etnocidio cultural.

La herencia europea ha sido distorsionada por el universalismo monoteísta, quien ha introducido el virus del igualitarismo. El cristianismo secularizado dio lugar a las ideologías liberales y marxistas, ambas basadas en la idea de una humanidad indiferenciada. Por ello, la herencia que ha de reivindicarse es fundamentalmente pagana e indoeuropea, buscando en la Antigüedad los valores de honor, jerarquía y trágica vitalidad que constituyen el verdadero genio de Europa.

La herencia no es una pieza de museo, sino un arsenal de valores que debe ser reactualizado. Guillaume Faye subraya que la identidad es lo que hace a un pueblo "incomparable e irreemplazable". En su obra Why We Fight, Faye argumenta que la herencia es el ancla que permite a un pueblo resistir las tormentas de la globalización y evitar el "etnomasoquismo" (la tendencia autodestructiva de culpar y devaluar la propia etnia) que él identifica como una psicopatología colectiva de la Europa contemporánea.

Si la herencia es el origen, la pertenencia es la actualización de esa identidad en el presente a través de la vida colectiva. El individuo no existe como entidad autónoma previa a la sociedad; la identidad individual se constituye siempre dentro de una pertenencia colectiva. Esta visión se inspira en la distinción de Ferdinand Tönnies entre Gemeinschaft (comunidad orgánica) y Gesellschaft (sociedad mecánica).

Según el jurista Carl Schmitt, un pueblo debe estar "realmente presente" y poseer una identidad política consigo mismo. La pertenencia no es un contrato legal revocable, sino un vínculo orgánico que se manifiesta en el Nosotros. Para Alain de Benoist, la identidad es un fenómeno dialógico: se define por la relación con el otro, pero requiere de un "sí mismo" sólido para que ese diálogo sea posible y no se convierta en una disolución.

La pertenencia se articula en círculos concéntricos de lealtad:

1. La comunidad local y regional. El Estado-nación centralizado de los jacobinos ha destruido las identidades orgánicas de las regiones en favor de una abstracción administrativa.

2. La nación histórica, entendida no como un bloque monolítico, sino como una confederación de pueblos con un destino común.

3. La civilización europea. El horizonte último de pertenencia, una "patria carnal" que une a los europeos por encima de las fronteras estatales.

El liberalismo ofrece una libertad negativa, es decir, la ausencia de obstáculos para los impulsos individuales, lo que termina convirtiendo al hombre en un ser aislado y vulnerable ante el mercado. Frente a esto, la pertenencia ofrece una libertad cualitativa, que es la capacidad de participar en la vida de una comunidad soberana. La crisis de la democracia moderna es una crisis de pertenencia: los ciudadanos se sienten desconectados de sus instituciones porque estas ya no reflejan su identidad colectiva, sino que sirven a una clase nueva de burócratas globales.

La pertenencia también implica límites: ningún hombre puede tener una doble identidad sin entrar en una esquizofrenia cultural. Por tanto, la integración de masas foráneas resulta imposible porque violenta la pertenencia tanto del que llega como del que recibe. El multiculturalismo es, así, un modelo que genera guetos y conflictos en lugar de una verdadera convivencia.

La identidad no es un fósil que deba ser conservado en una cristalera, sino un proyecto dinámico que debe ser construido activamente. Alain de Benoist define la identidad como una evolución constante que incluye una "parte subjetiva", elegida libremente. Sin embargo, es Guillaume Faye quien lleva esta noción a su paroxismo con el concepto de arqueofuturismo. Faye sostiene que la Modernidad está colapsando bajo una "convergencia de catástrofes" (caos demográfico, fragilidad económica, degradación ecológica y resurgimiento de los conflictos étnicos) ante la cual la identidad europea no puede limitarse a la nostalgia conservadora, débil y estéril. El devenir identitario debe ser una síntesis: el retorno a valores arcaicos y ancestrales (jerarquía, distinción de sexos, rito, soberanía, vitalidad) combinado con el dominio de las tecnologías más avanzadas.

El arqueofuturismo es una recuperación de "lo arcaico" entendido como lo inmutable, lo que pertenece a la esencia humana y que la Modernidad simplemente ocultó. El devenir es, por tanto, la "voluntad de poder" nietzscheana aplicada a la civilización. Faye propone un futuro en el que Europa sea un bloque autárquico (Eurosiberia) capaz de competir con las grandes potencias mundiales, manteniendo su identidad étnica y cultural mediante una estructura social que permita la coexistencia de una élite tecnocientífica y una masa que viva bajo ritos y valores tradicionales.

La identidad como devenir implica que el pueblo europeo tiene una misión que cumplir. No se trata sólo de sobrevivir, sino de alcanzar una vida victoriosa. Este vitalismo constructivista se opone al pesimismo y al nihilismo. El devenir exige que cada generación se apropie de su herencia para crear nuevas formas de expresión cultural que sean fieles a su esencia, pero adecuadas a los desafíos del futuro.

Para Faye, el devenir también implica prepararse para la guerra civil racial, la cual es inevitable debido al fracaso de la asimilación de los inmigrantes en Europa. En este contexto, la identidad deja de ser un concepto filosófico para convertirse en un imperativo de supervivencia biológica y política. El devenir es el acto de reparar los eslabones de la cadena de la herencia que la Modernidad intentó romper.

La construcción de la identidad es indisociable del ataque frontal a los pilares de la Modernidad: individualismo, igualitarismo y universalismo. Estos tres factores actúan de forma sinérgica para despojar al hombre de su herencia, su pertenencia y su capacidad de devenir. El individualismo, por ejemplo, lejos de liberar al hombre, lo deja solo frente al poder gigantesco del Estado y del Mercado. Al destruir a las comunidades intermedias (gremios, parroquias, linajes, municipios), la Modernidad crea una masa de individuos estandarizados cuyas vidas son dictadas por el consumo y el espectáculo. La identidad es reemplazada por etiquetas de consumo o preferencias sexuales efímeras, lo cual Benoist califica de reducción patológica de la identidad.

El igualitarismo, por su parte, supone una metafísica de la subjetividad que busca eliminar toda distinción de rango, función o incluso de naturaleza (como en el caso de la teoría de género). Igualdad es sinónimo de entropía: la muerte de la diferencia es la muerte de la vida. La desacralización, por su parte, elimina el sentido de trascendencia que unía al hombre con su herencia espiritual, dejando un vacío que es llenado por el opio socioeconómico de las experiencias de segunda mano promovidas por la publicidad.

La globalización es en este marco la expansión planetaria de un modelo único de sociedad que se presenta como el único racionalmente posible. Este globalismo no es un acercamiento entre pueblos, sino la imposición de una dictadura del espectáculo y de un mercado total que destruye las soberanías nacionales y las identidades tradicionales. El universalismo es la herramienta ideológica de esta globalización, pretendiendo que existen derechos y valores "universales" que justifican la intervención en cualquier cultura para homogeneizarla.

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