El fenómeno de la Modernidad representa, fundamentalmente, una mutación metafísica que ha reconfigurado la esencia del ser humano y su relación con el Cosmos. La Modernidad es el proceso de "autoafirmación del sujeto", una trayectoria que comienza con la ruptura del orden tradicional y culmina en la actual hegemonía del individualismo liberal y del economicismo globalizado. Este es un proceso de desvinculación traumática del individuo respecto de sus raíces biológicas, históricas y comunitarias, resultando en la ideología igualitaria.
El origen de la crisis moderna se sitúa en la transición de una concepción orgánica y sagrada del mundo hacia una visión mecánica y secularizada. En el mundo tradicional, el hombre se entendía a sí mismo como parte de un todo, un eslabón en una cadena de generaciones cuya identidad estaba determinada por su lugar en una jerarquía natural y cósmica. La autoafirmación moderna rompe esta estructura al entronizar al sujeto como la única fuente de sentido y valor; este proceso de subjetivización de la realidad implica que el mundo ya no es visto como un orden con sentido intrínseco, sino como un objeto a disposición de la voluntad humana.
Alain de Benoist argumenta que esta mutación tiene raíces remotas en la herencia del monoteísmo, que al desdivinizar la Naturaleza preparó el terreno para su explotación racionalista. El monoteísmo, al postular un Dios trascendente y una Verdad única para toda la humanidad, introdujo el germen del universalismo que la Modernidad secularizaría más tarde en forma de derechos humanos y mercado global. En este sentido, la autoafirmación moderna es la culminación de un proceso que acaba sustituyendo a Dios por el Hombre, aunque manteniendo la estructura dogmática y excluyente del pensamiento monoteísta.
El concepto de ex-sistere o proyectarse, derivado de la lectura de Heidegger, es fundamental para entender esta autoafirmación. El hombre moderno no se "encuentra" en su tradición, sino que se "proyecta" como un átomo autónomo que rechaza cualquier límite preestablecido. Esta libertad absoluta del sujeto es, en realidad, una forma de alienación, ya que priva al individuo de los horizontes de posibilidad que sólo una comunidad histórica puede proporcionar.
La autoafirmación moderna encuentra su expresión política y social más acabada en el liberalismo. La antropología liberal considera al individuo como una entidad anterior y superior a la sociedad: según Alain de Benoist, este "individualismo atomista" es una ficción que ignora que el hombre es un animal social que sólo adquiere sus capacidades específicamente humanas dentro de una cultura y un lenguaje compartidos.
El liberalismo, al tratar al ser humano como un átomo intercambiable, despoja a la sociedad de su carácter orgánico. La sociedad deja de ser una comunidad de destino para convertirse en un agregado de individuos que cooperan únicamente por interés propio, bajo la lógica del contrato social. Autores como John Rawls enfatizan la primacía de la propiedad y la autonomía individual por encima de las estructuras sociales y la justicia comunitaria: este enfoque conduce inevitablemente a la anomia social, un estado de desconexión en que el anonimato masivo y el aislamiento se convierten en el precio de la supuesta libertad individual.
Esta antropología liberal también se manifiesta en lo que Marcel Gauchet denomina la "revolución individualista", en la que el individuo es visto como un ser autosuficiente que no debe nada a la sociedad. Esta visión es el motor de la forma-capital, un sistema que busca transformar al planeta en un mercado homogéneo, eliminando todas las barreras éticas, culturales o nacionales que limiten la búsqueda del beneficio individual.
En oposición al atomismo liberal, en la comunidad orgánica (Volksgemeinschaft) la persona y el grupo no son antitéticos sino realidades complementarias. En la comunidad orgánica el individuo se afirma no contra los demás, sino a través de su pertenencia a un pueblo con una historia y un destino común. La Modernidad, al sustituir los vínculos de sangre y tierra por vínculos contractuales y económicos, ha destruido la base misma de la solidaridad humana.
El proceso de autoafirmación moderna también ha llevado a la sustitución del honor por la dignidad abstracta: mientras que el honor es un valor que se gana y se mantiene dentro de una comunidad que comparte unos estándares de excelencia, la dignidad moderna se atribuye a todos de manera indiscriminada, lo cual vacía de contenido el valor del esfuerzo y la distinción personales. Esta igualación a la baja es un componente esencial de la ideología igualitaria, que busca que todos los individuos sean idénticos en su condición de consumidores y ciudadanos pasivos.
El concepto de "ideología de lo Mismo" (l'idéologie du Même) describe el impulso de la Modernidad de suprimir todas las diferencias significativas entre los pueblos, las culturas y los sexos para crear una humanidad uniforme. La autoafirmación del sujeto moderno, al ser universalista, no tolera la alteridad radical y sólo acepta la diferencia si ésta es reducida a un estilo de vida o a una opción de consumo que no cuestione el marco liberal dominante. Esta ideología opera a través de una "lógica de la indiferenciación" que se manifiesta en varios frentes:
1. Globalización económica. La transformación de la diversidad de los modos de producción tradicionales en una civilización comercial única, liderada por el modelo estadounidense, que coloniza el imaginario simbólico con valores de mercado.
2. Igualitarismo radical. La confusión entre la igualdad de derechos y la identidad de naturaleza. Los hombres son naturalmente desiguales y la riqueza de la humanidad reside precisamente en esa diversidad de capacidades y culturas.
3. Derechos humanos como dogma. La utilización de una moral universalista para deslegitimar cualquier forma de identidad particular que se resista a la integración en el orden global. Los derechos humanos constituyen una maquinaria igualitaria que neutraliza las culturas nacionales.
A diferencia del racismo biológico tradicional, que buscaba jerarquizar a las razas, el etnodiferencialismo defiende el derecho de cada pueblo a preservar su identidad y su homogeneidad cultural en su propio territorio. La autoafirmación moderna es rechazada en favor de una afirmación de la diferencia que reconozca que la coexistencia pacífica sólo es posible si se respetan las fronteras culturales y étnicas.
El multiculturalismo liberal es la forma más avanzada de la ideología igualitaria. Al promover la mezcla de poblaciones en un mismo espacio social bajo las leyes del mercado, se destruyen las identidades tanto de los receptores como de los recién llegados, creando una masa de desarraigados fáciles de manipular por las élites económicas. El etnodiferencialismo propone, en cambio, una "Europa de las cien banderas", un orden federal donde se proteja la biodiversidad humana frente al rodillo de la globalización.
La autoafirmación moderna culmina en lo que Alain de Benoist denomina el "monoteísmo del mercado", estadio en el que la economía ha dejado de ser una herramienta al servicio de la sociedad para convertirse en el fin supremo de la actividad humana. El Homo Oeconomicus, el sujeto que busca permanentemente su mejor interés a través del consumo y la acumulación de objetos, es el modelo antropológico normativo de nuestra era. El economicismo es criticable por varias razones:
1. Colonización del imaginario. Los valores del mercado (rentabilidad, eficiencia, competencia) han invadido esferas de la vida que antes estaban regidas por el honor, la solidaridad o lo sagrado. La familia, el arte y la educación se han mercantilizado, perdiendo su función de transmisión cultural.
2. Desintegración del vínculo social. El mercado promueve una visión competitiva de la existencia que rompe la armonía comunitaria. El individuo ya no se siente responsable de sus semejantes, sino que los ve como competidores o como obstáculos para su éxito personal.
3. La "Forma-Capital". El turbocapitalismo moderno no es sólo un sistema económico, sino una fuerza metafísica que busca la destrucción de todas las identidades fijas para facilitar el flujo incesante de capital y mercancías. Estados Unidos es identificado como la punta de lanza de esta civilización exclusivamente comercial.
Guillaume Faye sostiene que la Modernidad es un paréntesis histórico que está llegando a su fin debido a la "convergencia de catástrofes". La autoafirmación del sujeto moderno ha generado una serie de desequilibrios que el sistema ya no puede procesar. Faye identifica varias líneas de catástrofe que amenazan la civilización europea:
1. Crisis demográfica y etnomasoquismo. La baja natalidad
europea sumada a la inmigración masiva está provocando lo que Faye describe como una sustitución de la población original. Este proceso es facilitado por una ideología que culpabiliza a los europeos por su historia, impidiéndoles defender su propio territorio.
2. Colapso económico y financiero. Un sistema basado en la deuda infinita y el crecimiento ilimitado en un planeta con recursos finitos está condenado al estallido. Faye predijo crisis globales derivadas de la desconexión entre la economía financiera y la realidad productiva.
3. Caos geopolítico y el retorno de la guerra. El fin de la Guerra Fría no trajo el "fin de la historia", sino el resurgimiento de los conflictos étnicos y religiosos. La Modernidad liberal es incapaz de comprender estas fuerzas arcaicas porque ha intentado eliminarlas de su mapa mental.
Frente al colapso inminente, Faye propone el arqueofuturismo, una síntesis dialéctica entre los valores ancestrales y la tecnología de vanguardia. El arqueofuturismo rechaza la idea de progreso lineal y aboga por un retorno a los fundamentos arcaicos (jerarquía, distinción de sexos, identidad étnica, espíritu de conquista) combinados con la ciencia más avanzada (biotecnología, astronáutica, energía nuclear).
En el modelo arqueofuturista, la sociedad se divide en dos velocidades: una mayoría que vive en comunidades neotradicionales, con una economía de autosuficiencia y tecnologías sencillas, y una élite que gestiona la alta tecnología para la defensa del bloque civilizatorio. Esta propuesta busca salvar a la humanidad del vacío nihilista de la Modernidad devolviéndole un sentido de misión y de destino épico.
La crítica a la autoafirmación moderna busca la transformación de la realidad, la cual pasa necesariamente por la metapolítica. Inspirándose en Antonio Gramsci, Alain de Benoist sostiene que el poder político es una consecuencia del poder cultural, por lo que el objetivo consiste en conquistar la hegemonía cultural antes de intentar la conquista del poder institucional. La estrategia metapolítica se centra en:
1. La batalla del lenguaje. Cuestionar términos como "progreso", "igualdad" o "tolerancia" tal como son definidos por la Modernidad liberal y reintroducir conceptos como "identidad", "soberanía" y "arraigo".
2. La desconstrucción del marxismo y del liberalismo. Mostrar cómo ambas ideologías comparten la misma raíz universalista y materialista, proponiendo en su lugar una visión "tercerista" o nacional-revolucionaria.
3. La formación de cuadros intelectuales. Crear espacios de investigación y debate que sirvan de laboratorio para nuevas ideas capaces de sustituir al pensamiento único.
Esta labor metapolítica reconoce que la Modernidad se mantiene gracias a una anestesia general producida por la sociedad del espectáculo y el consumo masivo. El papel del intelectual es el de despertador, alguien que sacude la conciencia de los europeos ante la gravedad de la situación actual.
Al expulsar a los dioses del mundo y convertir la Naturaleza en un recurso, la Modernidad ha privado al hombre de su dimensión trascendente. Alain de Benoist propone el paganismo no como un intento folclórico de adorar a dioses antiguos, sino como una actitud ante la vida que reconoce la sacralidad del mundo y la pluralidad de lo real. El paganismo se opone a la autoafirmación moderna en varios puntos fundamentales:
1. Inmanencia vs. trascendencia. Mientras que el monoteísmo y el liberalismo sitúan la fuente del valor fuera del mundo (en Dios o en derechos abstractos), el paganismo la encuentra en la vida misma y en la historia de los pueblos.
2. Responsabilidad vs. negligencia. Ser religioso en el sentido pagano (religio) significa ser responsable y estar unido a los demás por una espiritualidad común, en contraste con la negligencia (negligere) del individuo moderno que sólo se preocupa por su bienestar inmediato.
3. Exaltación del mundo. El paganismo celebra la fuerza, la belleza y la vitalidad del mundo físico, frente al ascetismo o el nihilismo que a menudo acompañan a la Modernidad.
La autoafirmación del sujeto pagano es una afirmación de su pertenencia a un linaje y a un destino. No es el yo solitario de la Modernidad, sino el nosotros de una comunidad que se reconoce en sus mitos y en sus ancestros. Esta reconexión con lo sagrado es la única forma de superar el vacío de sentido que genera la civilización comercial.
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