La teología de la Diosa Madre sostiene que la vida no es una progresión lineal, ni un trayecto con principio y fin irreversibles, sino un círculo eterno de generación, transformación y retorno. Todo lo que nace está destinado a cambiar, a completarse en su ciclo vital y, finalmente, a regresar a su Origen divino para renacer desde él con nueva forma y sentido. Esta visión cíclica de la existencia no es un consuelo simbólico: es una afirmación ontológica sobre la estructura misma de la realidad.
Nacer no es un accidente ni un evento biológico aislado. En la doctrina de la Diosa, el nacimiento es una epifanía sagrada: la manifestación concreta de una voluntad divina que desea habitar una nueva forma. Cada ser nace del Cuerpo de la Diosa y contiene en Sí mismo su aliento vital.
Por eso, todo nacimiento es una forma de revelación. Vivir comienza cuando la Sustancia de la Diosa se expresa en una criatura temporal, destinada a recorrer el círculo de la existencia.
Vivir no es simplemente existir o prolongar la supervivencia. Vivir, en sentido teológico, es transformarse, es decir, participar activamente en el movimiento interior del ser hacia su cumplimiento. La transformación puede tomar muchas formas: crecimiento físico, maduración psíquica, aprendizaje espiritual, crisis, pérdida, renovación.
Estas fases no son desvíos ni errores: son expresiones necesarias del ciclo vital diseñado por la Diosa. En cada transformación se produce una muerte parcial y un nacimiento renovado. Vivir es cambiar de forma manteniendo el vínculo con el origen.
Todo ser que ha nacido y se ha transformado está llamado a retornar. La muerte, en esta teología, no es aniquilación, sino momento de reabsorción en el Seno de la Diosa, que acoge lo que ha salido de Ella para reconstituirlo en una nueva forma.
El retorno no es castigo ni pérdida, sino acto culminante del proceso vital. Así como el grano que cae al suelo muere para convertirse en raíz, tallo y fruto, la criatura que retorna a la Diosa no desaparece, sino que se dispone a renacer.
La comprensión de la vida como círculo es central en toda espiritualidad que reconoce a la Diosa como origen y destino. El círculo no es repetición mecánica, sino renovación permanente de la forma en fidelidad al principio. Cada vuelta al inicio implica un nivel más profundo de consciencia, una participación más plena en el ser divino.
La idea de la línea recta (progreso sin retorno, tiempo que se agota, existencia que concluye) es una construcción ajena a la teología de la Diosa. En la Divinidad femenina no hay término, solo tránsito. Por eso, la vida es rito, ritmo y regreso.
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